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Las canciones de Tu sonrisa sin temblar (uno)


De
Tu sonrisa sin temblar, el cuarto libro de Víctor Colden, el editor y escritor Javier Castro Flórez dijo que es “una historia de amor delicada y que se deshace como las semillas de dientes de león que flotan por el aire: un libro precioso”. Fue publicado en 2022 y está lleno de canciones. De música. La misma música, o casi, que escuchaba yo cuando su protagonista, Michi, vivía lo que se nos cuenta en la novela. Voy con esas canciones.

 

“La historia de lo que me pasó aquellos años del 82 al 85 todavía no ha terminado. Es verdad que las historias tienen siempre su origen un poco antes del punto a partir del cual decidió uno iniciarlas. Yo ahora podría decir que la mía empezó justo cuando escuché aquella canción de los Jam. Fue oír las primeras notas del bajo limpio, seco, contundente, acompañadas por los golpes de la batería, y darme cuenta de que algo había comenzado, algo que no era sólo la canción, pero que aún no sabía muy bien qué era. Una energía nueva, diferente. Al concluir, yo era ya otro: el que tenía que ser. No, quizá mi relato no debiera empezar en septiembre del 82 cuando, conocí a Virginia, sino la tarde en noviembre de 1981 en la que, encerrado en mi cuarto, escuché Start¡: la tarde del día en que me hice amigo de Mario Ugarte, quien esa mañana me había regalado la cinta […] después de enterarse de que a mí me apasionaban tanto como a él los primeros discos de Mamá y de Los Secretos. Así que esta historia empezó cuando vi por primera vez a Virginia y me enamoré de ella en septiembre del 82, pero también la tarde en que escuché esa canción de los Jam”.




“Me enamoré de Virginia como se enamora uno a los 15 años, sí. (¿Es que eso no es amor?). […] Siempre que volví a escuchar el It must be love de los Madness me daba cuenta de haberme enamorado. Y creo poder afirmar que sucedió el día en que la vi por primera vez”.

 

Me basta escuchar de nuevo el primer disco de Mamá, las canciones de Aztec Camera o de Psychedelic Furs o Las 7 menos cuarto de los Pistones para sentir lo que sentía cuando tenía 15, 16. 17 años. […] Y si al mirar las fotos de la obra de teatro me detengo en esa en la que sale Virginia tras la función en el Florida Park se me viene a la cabeza otra canción, una de Nacha Pop. También sucede al revés, escucho la voz de Antonio Vega y me acuerdo de la foto”.

 

“Podía emocionarme tanto la calma de ese sitio, encontrar tanta belleza en esa estampa melancólica y al mismo tiempo gustarme el sonido específico de los Jam o el pop gamberro de Glutamato Ye-yé. ¿Cómo era posible que amar a uno el filo de la guitarra eléctrica y la quietud del silencio? Ya otras veces no había sentido incómodo porque ninguna de las canciones de mis grupos favoritos hablara de árboles, de montaña o de naturaleza. O casi ninguna. Estaba el Branquias bajo el agua de Derribos Arias sí, pero no era eso. De repente me acordé de otra canción y empecé a reproducirla en la cabeza. Desde que unos meses atrás Radio Futura había sacado La estatua del jardín botánico la cantaba a todas horas y alguna vez Baquetti y me había dicho que mi voz le recordaba a la de Santiago Auserón. El tono pausado de esa melodía si se ajustaba al sitio y al momento. Me acerqué a la orilla sintiendo cómo el silencio unía en mi cabeza armoniosamente al ritmo envolvente de la batería y las palabras y me puse a cantar en voz alta. ¿No sería yo también algo así como un ser metálico en el jardín botánico, una mezcla de cosas dispares? Asomándome a la superficie del agua vi en ella un reflejo tembloroso y pensé sin saber lo que eso significaba que no podía engañarme a mí mismo”.

 

“Lo de Fredo Mesina parecía diferente. Diferente a pesar de las puyas ,de las miradas de loco y de burlarse de mí porque me gustaran Los Secretos y Mamá. ‘Eres de los babosos’, decía, y eso que yo también escuchaba a las hornadas irritantes”.

“A mí también me daba miedo pensar que el tiempo pasaba y todo seguía igual, como cantaba Enrique Urquijo en el segundo disco de Los Secretos, que acababa de salir. Escuchaba yo sus canciones una y otra vez, y las seguía escuchando en mi cabeza cuando callejeaba a solas”.



 

“También estaba la música. A Mesina le encantaban los Jam, los Madness y los Specials, como a mí. Las canciones de Killing Joke que él me había grabado me daban escalofríos por lo siniestras que eran, en cambio me habían gustado mucho las cintas de los Clash, los Sex Pistols y Décima Víctima. Y los Psychedelic Furs, por influencia suya, se habían convertido ya en uno de mis grupos favoritos: no paraba de escuchar las canciones de su último disco de una tristeza densa y metálica (President Gas, Love my way), una clase de tristeza que era nueva para mí”.



 

“La vez que habíamos ido en autobús con Mario a Pozuelo, a casa de Almudena, probablemente no significará nada para Luis. Yo la recordaba como toda una aventura. Una aventura que se había iniciado cantando los tres el Boy about town de los Jam en los asientos del fondo mientras el autobús subía la cuesta de las Perdices rumbo a algo que debía de parecerse mucho a la felicidad… […] Mario y yo éramos amigos desde que me había grabado el Sound affects: ahí había comenzado todo y la amistad se había ido consolidando con otros discos a pesar de… a pesar de ser el un facha".



 

“En casa de Armando sonaba Her name is Rio, de Duran Duran.



 

“Creo que fui el primero en irse de la fiesta. […] Ya había hablado con casi todos evitando a Carabias y hasta había bailado el Souvenir de OMD con Sara, la amiga de Eva, mientras espiaba muerto de celos como Mario lo hacía con Virginia”.



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