Aquel balón lo capturó Kempes en su propia área. Arrancó por el sector izquierdo, cabalgó, siguió cabalgando… A medida que se acercaba a la portería del Sevilla el murmullo iba ganando intensidad, con ese estruendo cavernario tan singular del viejo Mestalla . Diría que avanzaba sorteando contrarios, pero es posible que ningún rival hiciera más que acompañar inútilmente a Mario en aquella épica travesía de sur a norte del estadio. Al llegar al vértice de la frontal, cuando lo prudente era un pase, enganchó un zurdazo feroz a media altura. Solo recuerdo, antes de romper el balón contra la red, a Superpaco lanzándose inútilmente en pos de un misil que ya le había superado. La intensidad del estallido de júbilo colectivo que desató aquel gol sólo puede explicarse a quien alguna vez en su vida ha sucumbido a alguna forma de estremecimiento. Nada que ver con la razón , no hay nada previsible, nada que pueda calcularse en ese delirio colectivo. Cuando el héroe, brazos al cielo, se acercó a c...