Veinticinco obras de arte o pintores, me dice. Yo me pongo lopesca y, aunque José Luis Ibáñez no sea Violante, pienso que “en mi vida me he visto en tanto aprieto”. ¡Veinticinco! ¿Qué hago con todos los demás? Y entonces rizo el rizo, doy una vuelta de tuerca y digo: si es una misión imposible, que lo sea aún más. Quince. Restar, siempre restar: ir a la desnudez extrema. Bien, allá voy. Sorprenderán algunas ausencias, no sé si también algunas presencias. Al margen de los artistas aún vivos, estos son algunos de los que me tocan el alma: dejadme que hable de ellos a mi manera. Giotto, Expulsión de los demonios de Arezzo Giotto da Bondone (1267-1337). La carne, las miradas, los gestos, el desconsuelo de los ángeles, las ciudades de colores. Esos edificios que quiero llevarme a la boca y saborear, porque, sabéis, siempre siento ante la arquitectura, real o pintada, el deseo de comérmela, pieza a pieza. Giotto, puerta abierta para lo que sale y para lo que entra a través de ella: nosotros...
Tengo siete libros publicados, también escribo mi segunda novela. Me gusta (mucho) Nacho Vegas, Jonathan Coe, Rodrigo Sorogoyen, MARGA y reírme. Dijeron que era un agitador cultural, pero lo que prefiero ver escrito sobre mí es eso, que soy un escritor. Ibáñez escribe.