Durante algún tiempo me gustaron aquellas salidas. Los viernes por la tarde, mi madre venía a buscarnos al internado. Si Marek –mi medio hermano– y yo salíamos y ella todavía no había llegado, la esperábamos bajo el porche de la entrada principal. Luego se presentaba derrapando, como si el asfalto del aparcamiento estuviera mojado. Marek y yo nos adueñábamos del asiento de atrás, lo convertíamos en nuestro reducido y bicéfalo reino. Teníamos que apartar las latas de cerveza, alguna que otra botella de ginebra o de bourbon: tintineaban al chocar entre ellas, en una sinfonía etílica. Los demás chicos se asomaban a admirarla. Notábamos su envidia sobre nuestros hombros infantiles. Nosotros nos sentíamos orgullosos de ella, como si belleza y bondad fueran una misma cosa. Luego nos dejábamos llevar, carretera adelante, dispuestos a recuperar en esos dos últimos días la dosis semanal de amor materno. Si los demás internos nos preguntaban por nuestro padre, decíamos que era diplomático. Inv...