Cuando un bazooka era un chicle, en los años en los que aún hacía frío, los tiempos del anciano Franco de apariencia inofensiva, tan ofensivo en los lutos y en las calles a regañadientes. Cuando los puestos de los mercados eran carretillas de una madera medieval, los tiempos del fútbol lento, muy lento y los curas con sotanas a punto de gritarle al anciano y estropearle su epitafio. Cuando las mujeres sólo eran mujeres, mujeres de sus hombres, de sus maridos, de sus padres, de sus hijos, los tiempos de las amas de casa en los que los delantales no podían ser banderas. Aquellos días de barro en los pies, los del blanco y negro en las televisiones repletas de una paz desvencijada, desventurada, desdentada, los tiempos en que al futuro se le veía el plumero desenfocadamente, los tiempos de olor al formol suicida del trauma, cuando los relojes marcaban una hora detenida en una primavera derrotada, la del mes de abril del año treintaynueve.