Esa gorra deportiva de mi padre que yo uso ahora y que acabo de descubrir que huele todavía a él. A mi padre. Una de la Selección española. De la femenina, porque la de la Selección masculina de fútbol debería tener dos estrellas y esta solo lleva una. Aunque, cuando mi padre la gastaba, era de la masculina. ¿Se me sigue? No es más que una gorra. Y futbolera. Es lo primero que dirá quien lea esto que escribo ahora para que alguien lo lea alguna vez. Lo primero que dirá si no ha leído bien. Porque era la gorra de mi padre, y todavía hay algo suyo en ella, su olor. Antes de que se desvanezca en mi memoria el rostro de mi padre, siempre podré acudir a la gorra. Y olerla. Hasta que… Hasta que yo pierda la memoria y no recuerde nada de mi padre, ni su olor ni que su gorra de la Selección huele a él. Huele a su vida.