Hace casi treinta años, vi sufrir a chicos y chicas como llagas andantes. Yo fui afortunado: fui muy feliz en el instituto. Tiene que ver, creo, con cierta capacidad adaptativa, con ser un camaleón de la identidad ajena. Podía asumir con éxito la jerga y modos, el humor e intereses de los diferentes grupos: los choros y los populares, los timoratos y los expansivos, los borrachines fiesteros y los empollones marginales. Los más agudos intuían mi singularidad (no es que yo fuera un cyborg venido del espacio exterior, pero digamos que mis intereses y mi percepción de las cosas del mundo difería bastante de la del común de púberes, con algún par de felices excepciones que habitan estos lares) pero no se atrevían a desenmascararme, al fin y al cabo todos éramos igual de inseguros y cartesianos en nuestras dudas. Por desgracia, no todos los adolescentes pueden desarrollar ese instinto adaptativo de supervivencia , el inalienable derecho a la felicidad de la primera juventud. Esta...