Tengo escrito un cuento en el que un muchacho baila. Frente a una chica baila una canción de Los Secretos. Baila sin la música porque la canción está en ellos, en esa parte del cerebro donde respira la música, al lado de donde guardamos los dibujos de los bailes. Baila en el cuento el chico como si no fuera un cuento, o mejor, baila como si fuera el cuento en el que baila. Se deja llevar en el subsuelo madrileño para impresionarla, para mostrarle lo mejor que puede darle, su baile, sus sueños de chaval en forma de danza y susurros. Y ahora que releo ese cuento donde él baila, sonrío porque me imagino a mí siendo baile y deseo, me reconozco en el personaje de un cuento mío, en el chico que soy todavía hoy.
Olvido Gara, sí, Alaska, distinguía muy bien
los diferentes niveles, las distintas clases, que protagonizaban la Movida. La Movida madrileña. Nacha Pop, Mamá o Los Secretos, cuenta ella, que dice
habérselo escuchado precisamente a uno de los de Mamá, pertenecían al bando
de quienes no se teñían el pelo. Entre los que se teñían el pelo, estaban “los
Pegamoides, los Zombies, los primeros Radio Futura y, bueno, Aviador Dro como
si se lo hubiesen teñido”. Alaska no hablaba de bandos, que conste, hablaba de
“mundos completamente distintos”. Y Los Secretos estaban en el mundo de Nacha Pop, de Mamá. En el
mío. (También Alaska estaba en mi mundo, que conste: vaya lío.)
A uno de sus miembros fundamentales, uno de
los hermanos Urquijo, Enrique,
le escribí yo un entregado poema de amor. De amor por su música, que no es
poco. Este poema:
Acaricias un sueño y resbalas...
se despedaza con violencia el espejo
y la luna sangra sangres de mil mareas,
se rasga el mineral silencio,
un petirrojo muere abyecto,
el despertar te devuelve a la arena de un río
hermético,
del sueño caen los paraguas, las escafandras
y el alma,
suena el suero elástico,
el que te alimenta invicto en ese portal
donde
Enrique te desvaneces para siempre
en el Madriz de los sueños
sin poder agarrarte a nadie y menos a tu María de plata.
Más versos que me han inspirado las canciones
de Los Secretos, estos salidos del recuerdo de una de sus primeras canciones:
Esta es otra tarde. Así
comenzaba la canción.
Otra tarde de aquellos días, los de las
bodegas San Juan, los de las canciones silbadas, los días del descubrimiento
del nuevo mundo, las chicas…
Los días de hacerse el importante, los de
engolar la voz y ser alguien, los de esconder las canicas, los de estrenar
botas de fútbol, los de limpiarlas con grasa de caballo.
Otra tarde cuando todo podía ocurrir, cuando
nada era igual a nada, cuando aprender a cantar a Los Secretos. Cuando nos
reíamos por todo, cuando La Cuadra y Don Eusebio, cuando las borracheras
amables, cuando besar con los ojos cerrados.
Tardes de los quince años, no os echo de
menos, únicamente os recuerdo. Ahí es nada
Esos últimos versos están muy trucados. Yo no
tenía quince años la primera vez que escuché en 1980 a Los Secretos. Tenía dos
más.
Los Secretos ya no son lo que fueron, pero siguen acunando en sus hombros de lágrimas y
arena un repertorio maravilloso. Aquellas canciones de los Tiempos de Oro:
déjame, pero a tu lado, quiero beber hasta perder el control, y no amanece, no digas que no, ojos de
perdida, sobre un vidrio mojado, la calle del olvido, volver a ser un niño, no
me imagino, colgado, agárrate a mí María, otra tarde, te he echado de menos, buena chica, soy como
dos, por el túnel, no sé si se acuerda, siempre hay un precio, cambio de
planes, el primer cruce, todo sigue igual, no supe qué decir, qué
solo estás,… Secretos, gracias por elegirme.
Gracias: Álvaro Urquijo (voz y guitarras), Ramón Arroyo (guitarras), Jesús Redondo (teclados), Juanjo Ramos (bajo), Santiago Fernández (batería). Hasta siempre, Enrique Urquijo, José Enrique Cano (Canito) y Pedro Antonio Díaz. Gracias también a ti por aquellas primerísimas canciones, Javier Urquijo.

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