Estás leyendo una novela sobre la pena de muerte. Qué pena la pena de muerte. Qué exceso y qué suavidad la de la novela excesiva y suavemente erótica, quizás, delicada, brutal y sincera como una niña. Estás ahora esperando el mejor momento para seguir leyendo esa novela. Un instante de luminosa realidad herida, sin la asfixia de la necesidad: un nadar desnudo en el interior de un sueño. O quizás te baste con haber descansado de ti misma, de la novela y de la vida atestada donde has ido a parar. Donde caíste. Una prisión, la ceguera de las leyes de los hombres, la ceguera de los humanos y la ceguera redimida de la protagonista, una ceguera recuperada con los ojos de un padre al que no puedes ver tú tampoco, lectora que arañas la montaña donde quisieron enterrarte. Tus uñas, tu carne. Negras, de abismo. Despierta, despierta, despierta. Sigue leyendo. Sigue nadando. Levántate. Y anda. Camina hacia la ventisca. Suculento amanecer. Coge otra vez el libro. Ahora puedes leerlo, ya. Hazl...