Era la aurora todavía una chiquilla adormecida en el silencio moderno de la ciudad continental, y yo caminaba hacia mi sustento artificial desde mi sustento emocional, que seguía durmiendo en nuestra cama; me detuve un instante sorprendido por la presencia de ese ser gigante, atraído por aquella blanca destreza tan cercana desde su inmensidad sideral, la miré y quise decirle algo pero no pude, no supe, sí quise, sí recité para mi corazón de plata algún verso que no recuerdo ni quiero ni sé ni puedo; llegué hasta ese hueco subterráneo donde duermen los trenes urbanos y, ya despierto uno de ellos, me acercó hasta la estación del padre de la Luna para seguir yo mi ruta hasta un lugar llamado Tres Cantos; y en el transcurso de este viaje diario entre mi vida y la vida di en meditar sobre el poco caso que le hacemos a la Luna y en lo mucho que ella nos contempla desde allí arriba, desde el reino de las estrellas, el teatro que hipnotizó a los seres humanos cuando no sabían serlo, el drama...
Tengo siete libros publicados, también escribo mi segunda novela. Me gusta (mucho) Nacho Vegas, Jonathan Coe, Rodrigo Sorogoyen, MARGA y reírme. Dijeron que era un agitador cultural, pero lo que prefiero ver escrito sobre mí es eso, que soy un escritor. Ibáñez escribe.