La sonrisa de un niño, la de mi primer hijo, cantarle una canción de Madness cuando le seco después de su baño y subirle hasta la luna donde están los bafles para que sepa que la lluvia nunca vuelve hacia arriba . 1999. Y 2001, o ya 2002, cuando su hermana, mi hija María, la hermana de Arturo, me obliga a escuchar mi colección de discos de jazz porque no quiere dormirse y en casa ya está durmiendo todo el mundo, menos ella… y yo. Menos ella y yo y Ella Fitzgerald y la seda de cristal del mundo de la música, sin el que no somos capaces de vivir quienes somos de música, se estremece alrededor del ámbito donde María es una sonrisa que puede acercarme las montañas y esparcir todo el agua de los océanos. [de ella, de María, no de Ella, escribí: Ella no cumple 16 como la María de Loquillo , cumple hoy catorce años (estamos en 2015), porque María nació poco después de que el mundo pareciera que se iba a venir una vez más abajo. Pero no lo hizo, venirse abajo. Yo estoy convenc...