La idea de Dios excede las posibilidades del lenguaje y la razón. De ahí que en la Antigüedad se adoptaran perspectivas rudimentarias e insuficientes para dotarla de contenido. Las civilizaciones del Mediterráneo atribuyeron a Dios las características de un sátrapa oriental, describiéndolo como omnipotente, perfecto, omnisciente y providente. Rey de reyes, había que arrodillarse ante él y nadie podía mirarle a la cara sin perder la vida. Esos gestos y temores eran habituales ante los reyes de Persia y Mesopotamia. La predicación de Jesús de Nazaret, un joven rabí de Galilea, intentó desmontar esa imagen de lo divino, enseñando que Dios no es un rey, sino un padre y reconoce la autonomía de la Naturaleza y la Historia. Jesús, que no fue engendrado por el Espíritu Santo, sino por el amor que unió a José y María, un humilde matrimonio de trabajadores, redujo la experiencia religiosa al amor a nuestros semejantes, la lucha contra la injusticia y la expectativa de que la muerte no fuera la ...