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Mostrando las entradas etiquetadas como Mérida

La abeja Maya (por Guillermo Jiménez)

Esto es serio. La abeja maya. Yo de pequeño veía La abeja maya , una serie que duró 105 capítulos. Lo acabo de leer en Wikipedia . Lo del número, no lo de que yo la veía. Una abeja, pero no era maya, de esos sitios que luego se llamaron México, Guatemala, Honduras y El Salvador. Menuda mezcla nos metieron en la cabeza allá por 1975. La serie era japonesa y está basada en el libro del escritor alemán Waldemar Bonsels, publicado en 1912. Gracias a Maya -un cachorrillo de abeja- y gentes como Maya, el Tío Cirilo inventó años en las Hurdes después el ciripolen , no como Willy que era un zángano rechoncho que estaba todo el día comiendo miel y durmiendo la siesta. Y eso que en Japón nadie duerme la siesta, que yo sepa. Willy no removía el polen de flor en flor, Maya, hiperactiva, nunca se cansaba, siempre sonriente y buena persona, sí manoseaba el polen, lo llevaba a cuestas como los bichos que había dentro del cuerpo en Érase una vez el cuerpo humano , las células de oxígeno y la sangr...

Una habitación propia; por Guillermo Jiménez

A finales del siglo XIX una futura escritora disponía de una habitación propia. Ya de mayor, dijo que una mujer ha de tener dinero y una habitación propia para poder escribir novelas. En mi familia teníamos una habitación propia para cuatro : en el mismo espacio, una cama para mi hermano pequeño, otra para el mayor y una litera, en la otra pared, en la que dormíamos, abajo mi hermano el tercero y arriba yo. En la habitación de al lado, mi hermana y en la otra, mis padres. Virginia Woolf , la excelente escritora de diarios y de Orlando -con las otras novelas no pude- que es a quién me refiero, nació, creció y vivió en el barrio de Kensington en Londres, el de los ricos. Yo, siglo y medio después que Virginia Woolf, crecí en las calles del Barrio, junto al Estercolero de Mérida , rodeado de barrios de gente humilde y de las vías del tren, que era como llamábamos a los rieles que salían de la cercana estación. Humo, ruido, malos olores, gente en la calle, vendedores voceando su m...

Olores de infancia; por Guillermo Jiménez

Los olores de la infancia nos traen buenos recuerdos. Es fácil relacionar olores, infancia y felicidad. Al fin y al cabo, lo repito mucho, somos lo que la infancia hizo de nosotros. El primero que me vino a la cabeza es el olor del alquitrán, sería que por aquellos años setenta del siglo pasado empezaron a asfaltar mi calle emeritense , la del Duque de Salas. Enseguida recuperé los típicos, el olor a tierra mojada que presagiaba lluvia, el de la hierba de la orilla del Guadiana después de llover y el de la tinta de los libros del cole, recién comprados en la Imprenta Elena de la calle Muza, además del olor seco y pesado del plástico con el que los forrábamos. De aquí vienen también el olor a lápiz, a la goma de nata mordisqueada y hasta a los efluvios físicos que colocaban del pegamento Imedio. Enfrente de la Imprenta Elena estaba la panadería Luna. El pan recién hecho olía a sano, a limpio. Todo lo que salía de la panadería tenía que estar buenísimo. Y lo estaba. Más arriba esta...

De la infancia (Mérida); por Guillermo Jiménez

La infancia era la calle. Jugar con tus amigos con los bolindres al boche y al guá. O si llovía y se formaba barro en el suelo, al pincho en las piedras de los altos de la calle Calvario, enfrente del colegio que pasó de llamarse Ibáñez Martín a García Lorca, pero que es el colegio Calvario de toda la vida. A esas piedras romanas a las que llamábamos "las piedras" es un sitio de obligada visita turística conocido como Castellum Aquae. Parece ser sirvió hace dos mil años para distribuir el agua de Proserpina -la Charca de toda la vida- por el acueducto de Los Milagros que a saber cómo se llamaban en época de los romanos. Nadie se imagina la de cantidad de aventuras que vivimos arriba del todo. Muchos niños de la calle subíamos casi a lo alto del todo de las columnas del acueducto. Y también nos tirábamos al río Guadiana desde las pilastras del puente de hierro. Lo hacíamos porque lo hacía todo el mundo. Lo peor que se podía ser en la infancia era un cobarde, casi peor que ...

Mi primer cubalibre; por Guillermo Jiménez

Coincido con Dimitri Verhulst , escritor alcohólico y cocainómano —quien, mientras bebe todo lo que entalla, teme seguir los pasos de su padre, borracho terminal fallecido joven—, cuando en su libro Nuestro corresponsal en el vacío cuenta que leer literatura de borrachos le da sed . A mí ya no, pero cuando leí de joven las novelas y cuentos de Charles Bukowski, en fin, pues eso, que me pasaba lo mismo: la Movida emeritense de la calle John Lennon , el Maykel´s, el Menfas, el Picú, el Borsalino, el Ropero, el Juan, el Pablo, el Miguel, la Muralla, la Risa del Cartero, el Mirador, el Travel... ya tú sabes, me daba sed. Pero yo he venido aquí a hablar de la primera vez que me bebí un cubata, un Larios con cola concretamente . Estudiaba octavo de EGB, fuimos a casa de DL, que nos daba Gimnasia (antes no se decía Educación Física o Ciencias del Deporte), Matemáticas y Ciencias Naturales y era el entrenador del equipo de fútbol del colegio. Por las tardes me libraba de ir a clases po...

Colonia Iulia Augusta Emerita

Emerita Augusta, Augusta Emerita, que de las dos formas se escribe el nombre de la que en puridad fue desde su fundación Colonia Iulia Augusta Emerita y a la que ya nadie llama así desde hace siglos pues es Mérida ese ya su nombre de ciudad capital de la comunidad autonóma de Extremadura, con 2.042 años de antigüedad cuando esto escribo el día 14 de marzo de 2017.  Si el primer emperador de los romanos, Augusto, ordenó al legado que gobernaba el área donde iba a nacer Mérida que poblara una ciudad con los veteranos guerreros ya vencedores en las Guerras Cántabras, los emeriti , dicho en el latín de aquellos tiempos, pues ya está el nombre de la futura urbe, colonia también por designio del cabeza del Imperio y diez años más tarde capital de la provincia de la Lusitania. (Lo de Iulia es por el nombre de la gens de Augusto, la familia Julia.)  De entre los restos peor o mejor conservados de aquel esplendor civil ya milenario he destacado su teatro, su impresionante y...

Las ranas del Albarregas; POR Guillermo Jiménez

Las ranas del Albarregas en verano olían a cieno. Junto al puente de hierro pequeño -el grande es por el que pasan los trenes por encima del Guadiana- las orillas se estrechaban. No había más de tres o cuatro metros de distancia entre una y otra. El fondo del río estaba lleno de cieno y barro. Y en las orillas había juncos, basura y piedra. Las piedras eran el lugar favorito de las ranas para sestear. Y era en la siesta cuando más ranas cazábamos. Más fácil era por la noche pero cuando se iba la luz las dejábamos tranquilas porque eran grandes cazadoras de mosquitos -en el Albarregas los había a millones-. langostos (saltamontes) y lagartijas pequeñas. Los del Barrio -calles Augusto, Duque de Salas y 18 de Julio y poco más- pasábamos tantas horas en el Albarregas que las ranas nos consideraban parte de su hábitat natural. Yo creo que por eso nos resultaba fácil atraparlas. La mayoría de las veces las entallábamos con las manos. Nos poníamos en cuclillas al borde del agua y...