Valencia, otoño, hacia 1979. Calle Ramón Gordillo. Sábado por la tarde. Ahí estoy yo, entro acompañado en el Vanessa . Ingreso con la valentía torpe de quien confunde el atrevimiento con el estilo. Al poco pido una Coca-Cola… en un mar de gin-tonics. El mío es un gesto de pureza gaseosa. El pub es un rincón pijísimo con ínfulas de galaxia: humo denso, luces de neón que por supuesto parpadean y una fauna de muchachos que juegan a ser modernos sin saber muy bien en qué consiste. Yo, por supuesto, me siento un impostor entre impostores. Pero me sobrepongo: con la dignidad aún efervescente de quien cree que el azúcar o la cola dan carácter. Ella, mi novia, se retoca el carmín con precisión, mientras yo me debato entre mi coca o pedir un cubata, condenando la integridad adolescente. Me aferro a la Coca-Cola: mi símbolo de resistencia pasiva. El camarero me mira con esa expresión de veterano que ya ha visto demasiados aspirantes al mundo adulto fracasar por culpa de las burbujas. ...
Tengo siete libros publicados, también escribo mi segunda novela. Me gusta (mucho) Nacho Vegas, Jonathan Coe, Rodrigo Sorogoyen, MARGA y reírme. Dijeron que era un agitador cultural, pero lo que prefiero ver escrito sobre mí es eso, que soy un escritor. Ibáñez escribe.