La infancia era la calle. Jugar con tus amigos con los bolindres al boche y al guá. O si llovía y se formaba barro en el suelo, al pincho en las piedras de los altos de la calle Calvario, enfrente del colegio que pasó de llamarse Ibáñez Martín a García Lorca, pero que es el colegio Calvario de toda la vida.
A esas piedras romanas a las que llamábamos "las piedras" es un
sitio de obligada visita turística conocido como Castellum Aquae. Parece ser
sirvió hace dos mil años para distribuir el agua de Proserpina -la Charca de
toda la vida- por el acueducto de Los Milagros que a saber cómo se llamaban en
época de los romanos. Nadie se imagina la de cantidad de aventuras que vivimos
arriba del todo.
Muchos niños de la calle subíamos casi a lo alto del todo de las columnas
del acueducto. Y también nos tirábamos al río Guadiana desde las pilastras del
puente de hierro. Lo hacíamos porque lo hacía todo el mundo. Lo peor que se
podía ser en la infancia era un cobarde, casi peor que ser un chivato.
Había otras piedras romanas por las que saltábamos sin control. Unas
estaban enfrente del cementerio, cerca del huerto de Bernabé que ahora son
urbanizaciones de adosados y pisos. Si no jugábamos al fútbol en un descampado
cercano, buscábamos entre sus recovecos de la hierba que las rodeaba alacranes
-diferenciamos los sexos porque las hembras tenían como una pelota blanca
detrás y es porque decíamos, estaban embarazadas-, saltamontes, lagartijas,
ratoncillos o conejos, lo que encontráramos.
Otras piedras -las llamábamos así siempre-, más alejada que visitábamos
menos, eran las del circo romano que era conocido como el Hipódromo. Tenían
libre acceso. De joven destrozamos los graderíos laterales subiendo y bajando
mientras entrenábamos con el equipo de fútbol.
La muralla de Vía Ensanche encima de la cuál a unos dos metros de altura,
echábamos carreras y jugábamos a pelearnos, estaba cerca del cuartel de la
guardia civil y del teatro romano. Siempre estaba llena de niños y niñas
jugando.
Luego estaba la explanada que conforma ahora la casa del Mitreum en donde
había una cueva hecha con una especie de bloques como de cemento, creo
recordar, en la que vivía un enigmático personaje.
Mientras las niñas jugaban al balón prisionero, a la comba, al un dos tres
pollito inglés, a saltar sobre unos cuadrados pintados con tiza blanca en el
suelo -con los años me enteré que ese juego se llamaba rayuela, como el título
de la novela de Cortázar- a tocar las palmas entre ellas cantando el
Maisefoyuti, tú eres ancla, por eso yuti, maisefoyu, ayu, ayu, nosotros
teníamos que ser héroes, pero a cual más bruto.
Y si ellas estiraban y destensaban el yoyó, nosotros hacíamos el bestia
intentando darle al centro del repión (trompo lo llaman otros) de los demás
para romperlo o rajarlo por la mitad y si lo conseguíamos, lo celebrábamos como
si hubiéramos ganado un Mundial, de fútbol, por supuesto.
Alguno le mangaba unas cuchillas de afeitar a su padre para luego poder diseccionar ranas que cogíamos en las
orillas del Albarregas. Normalmente las que se libraban de
las que poníamos en mitad de la carretera del puente romano de ese riachuelo o
de las vías -raíles o rieles- del tren. Ganaba el que veía que se salvaba su
rana.
Y le dábamos de fumar a los huesudos murciélagos hasta que se asfixiaban
porque no conseguían quitarse de la boca el Celta corto sin emboquillar. Y lo
hacíamos porque lo hacía todo el mundo. Y si alguien aparecía con un
paracaidista, bolindres, petarnos, una rana de hojalata o estampas (cromos) de
Panini de la liga de fútbol o chicles de bola, tú también pedías dinero a tu
madre para ir ancá la Anamari a comprar, para no quedarte fuera del grupo.
En reyes y también en la feria de septiembre solían aparecer juguetes más
sofisticados -más caros- como por ejemplo los soldados de plástico, los juegos
de agua en los que, si apretaba fuerte en unos botones de abajo, hacían que con
el aire subieran unos anillos que había que meter dentro de una especie de
pinchos. Por no hablar del que tenía un Exin castillos en casa, los juegos
reunidos Geyper o un Scalextric, el juego que nunca me trajeron los reyes.
No veíamos el peligro. Yo ni siquiera me acuerdo de haber tenido la
varicela o haber estado enfermo. O sí, pero de que cuando me operaron de
anginas -en el antiguo Hospital que es ahora la sede de la Asamblea creo que
fue- me daban polos y helados todos los días para que cicatrizaran antes las
heridas de la garganta.
La calle era todo. Por las tardes, una madre llamaba para merendar pan con
chocolate o con mortadela con aceitunas y, sin que nosotros lo supiéremos, el
efecto llamada hacía que todas las madres empezaran a asomarse al balcón o a la
puerta de la casa - esa a la que las noches de verano sacaban las sillas de
anea para sentarse a platicar y pasar mejor las calores- y nos iban llamando en
mi caso, a los tres hermanos mayores a la vez.
Y mientras ellas, las madres, las vecinas, por las noches hablaban entre
sí, nosotros mirábamos al cielo para ver pasar ovnis. Nunca veíamos ni uno,
pero aprovechábamos para contarnos historias de desaparecidos y de miedo. Y
hacíamos planes. Mejor no contar lo que le hacíamos al Morta y a la Linda, los
dos perros mil leches que vivían en la calle.
Y nos hacíamos amigos para toda la vida. Y sin saberlo, aprendíamos ética y
moral. Y escuchábamos hablar a los hermanos mayores para poder revivir luego lo
que ellos nos contaban. Y la gente reía y lloraba, bueno, los niños no, que
llorar era de niñas. Se vivía como si no hubiera un mañana.
Y es que al final solo somos lo que la infancia hizo de nosotros.

Que bien Guillermo, que bonito, que tierno, que audaz rememorar. Ya sabes, en mi libro, esta estampada esa última frase, con letras de oro.
ResponderEliminarR. agradecido siempre, por leer (me). Gracias.
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