¿Qué necesidad tenía yo de escribirle nada a Keith Richards, que perdía o añadía esa ese sibilina, siseante, supina, sabrosa, en su apellido de pirata satánico dueño de la guitarra en la que el rock sostuvo su mirada de efebo pertinaz ante la fiereza sideral de la eternidad?
1982, en el año de Paolo Rossi, Sandro Pertini, Keith Richards y Felipe González; Juan Prada, Santiago Torres, Manolo Acacias y los demás descubrimos el misterio insondable del espacio y del tiempo. Eso escribí yo en uno de mis primeros cuentos, ‘La manta siempre corta’. El año de Keith Richards. Cuando The Rolling Stones llevaban veinte años ensuciando como Chuck Berry manda el planeta Tierra.
Keith, me contaron, sostiene que uno no crea las canciones, sino que las coge del aire, donde se mantienen como esperando a que haya quien las baje y las convierta en himnos, en sueños eléctricos, en alaridos indulgentes, en sonrisas o en lágrimas de viento.
Richards es un Stone desde antes de que yo naciera, y hoy, a mis 60 años,
él sigue siendo un Stone no tan decrépito como la muerte, todavía capaz de
dedicarle un riff del demonio para que le siga esperando. Para que nos siga
esperando.
No olvido que Diego Manrique escribió de él una vez que Keith Richards “más que un insurgente es un niñato mimado”. Nada de forajido.
Su abuelo materno le convenció de que cuando aprendiera a tocar Malagueña
a la guitarra lo demás iba a ser pan comido. Como así fue. (Otro como Leonard
Cohen, o casi.) [El músico cubano Ernesto Lecuona compuso Malagueña en
1933, diez años antes de que Keith naciera en la inglesa Dartford, era el sexto
movimiento de su suite Andalucía]
Al igual que Yesterday le llegó dos años antes a través de un sueño
a Paul McCartney, Keith Richards cuenta de la canción que en 1965 los situó ya
para siempre en un lugar en el mundo al que pocos han llegado que…
“Surgió mientras dormía. No tenía ni
idea de que la había ideado y, gracias a dios, ahí estaba la grabadora
Philips. El milagro fue que esa mañana se me ocurrió fijarme y entonces me di
cuenta. Me acordaba perfectamente de haber puesto una cinta nueva la noche
anterior, y la cinta estaba al final. Así que la rebobiné y ahí estaba Satisfaction”.
¿Durante cuánto tiempo le seguirá durando el truco del rocanrol al guitarrista principalísimo de los Stones, y a su amigoahorasíahorano Mick Jagger, ese danzarín inadecuado y necesario?
“Hay un cierto momento en el que te
das cuenta de que en realidad acabas de abandonar el planeta por un tiempo y
que nadie puede tocarte... Sabes que has estado en un lugar al que la mayoría
de la gente nunca llegará”.
Keith Richards, a quien Patti Smith y Tom Waits le escribieron poemas. El mío es este:
Los que trajeron el blues a
tu ciudad inglesa
tienen el cielo ganado,
porque si no lo de Elvis
se hubiera quedado
almacenado
en un lugar inhóspito y
desvanecido
que no habría servido para
que la humanidad
tuviera derecho a escuchar
eso que haces
con tu guitarra de vino y designio
mientras la noche cae sobre los
vivos
y sobre los muertos (como en un
cuento y una película
que yo me sé),
mientras el tiempo hace todo lo
posible por detenerse
antes de que suene la última canción
de los Rolling Stones,
el grupo donde tú, Keith Richards,
le dices
a Mick Jagger cuándo tiene que
bailar.
Y cuándo no.
Enciéndete satisfecho
Salta. Llega a tu refugio.
Llega a tu refugio a destiempo.
Por última vez.
Nada se interpondrá en tu camino
hacia el cielo.
A la nube donde tú nos expulsaste.


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