Este artículo podría haberse titulado ‘Indiana Jones se despide de ustedes’, pero es que ese parafraseo sempruniano ya lo había (mal)gastado yo antes (véase lo que escribí sobre la última novela de Valgas Llosa, sobre la última temporada de la serie Ted Lasso y sobre la última película de Robert Redford). Así que no, dejémoslo en ese también manido Hasta siempre…
Indiana Jones, el personaje cinematográfico ideado/creado por George Lucas y Philip Kaufman, es casi con seguridad el personaje cinematográfico genuino, en tanto que cinematográfico, más popular para varias generaciones. Por ejemplo, y sobre todo, la mía.
1981-2023: En
busca del arca perdida, de 1981, dirigida, como las tres siguientes, por
Steven Speilberg, con guion de Lawrence Kasdan; Indiana Jones y el templo
maldito, tres años posterior, escrita por Gloria Katz y Willard Huyck; Indiana
Jones y la última cruzada, estrenada en 1989, cuyo guion fue de Jeffrey
Boam; Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal, que tardó en continuar
la saga diecinueve años, escrita por David Koepp; y la despedida del personaje,
el cierre de la serie, ya en 2023: Indiana Jones y el dial del
destino, dirigida no ya por Spielberg, si no por James Mangold, con guion
suyo y de Jez Butterworth, John-Henry Butterworth y David Koepp.
Vi las tres primeras en su momento, según se
estrenaban en las pantallas de los cines. La primera protagonizada por nuestro increíble
arqueólogo increíble es la única película a la que haya ido en mi vida
dos veces al cine a verla. Las dos a mis 18 años. La segunda también me maravilló.
La tercera ya menos, pero tenía un encanto aún cautivador, capaz de ensimismarme
como las anteriores desde una propuesta absolutamente desconectada con las
ganas de aprender, conocer, saber, profundamente unidas a la necesidad de
emocionarme en medio de la evaporación de las certezas y la realidad. Puro
entretenimiento dentro del nadameimporta y todocuantonecesitoesunhéroe
más pertinentes.
A la cuarta no fui a verla al cine, ni jamás he
intentado verla en pantalla alguna. Inexplicablemente, bien que lo sé.
La quinta… y última la vi meses después de su estreno, en mi casa, como veo ya todo el cine que veo. Y la quinta es…
La quinta es vértigo encapsulado y un razonable adiós al
personaje interpretado por el grandioso actor que es Harrison Ford, alguien a
quien el reconocimiento de los sesudos críticos enamorados del crecerdelahierbamientrashuelenlapapayaverde
le trae al pairo, porque tiene el mío y el de millones de personas que alguna
vez se creyeron las aventuras de Indiana Jones mientras las disfrutaban
fascinados y con gallina de piel (como diría otro genio reciente, Cruyff,
en lugar de la piel de gallina).
Me gustaría estar totalmente de acuerdo con Elsa Fernández-Santos cuando escribió en El País sobre Indiana Jones y el dial del destino que “Ford se despide de Indiana Jones con la dignidad que se merece” en un “filme que brinda una honrosa despedida al héroe” y que nos ofrece “un final muy hábil (...) que nos recuerda (...) que el traje de héroe de Indy siempre fueron sus cicatrices”; pero me temo que estoy más cerca de creer, como escribiera en el mismo diario Carlos Boyero, que “Indy se merecía una despedida mejor”, y no esas “persecuciones y peleas ya vistas muchas veces”, ni “el desarrollo de un guion tirando a rutinario, demasiado previsible” que menos mal que “en la parte final remonta”. Remonta para despedirnos de HarrisonJonesIndianaFord como nos debería gustar hacerlo: para ese siempre que son las películas de aventuras absolutamente juveniles.


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