No es extraño que las distopías del excelso novelista británico Ian McEwan (La cucaracha y Lo que podemos saber) estén dedicadas a su amigo Timothy Garton Ash, historiador, periodista y ensayista británico, profesor emérito de Oxford, testigo y cronista de las revoluciones democráticas de 1989 en Europa central y oriental, destacado por su compromiso en la defensa de la libertad y la democracia.
En
2026, Ash recibió el Premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales, uno
de los ocho galardones internacionales que concede anualmente la Fundación
Princesa de Asturias (prestigiosa institución española, creada en 1980, que
reconoce la excelencia internacional), que evidencia contribuciones destacadas
al conocimiento y la investigación en disciplinas como la historia, la
filosofía, la sociología, la economía, el derecho o la ciencia política. El
jurado destacó tres aspectos fundamentales de la trayectoria del británico: su
capacidad para combinar la investigación histórica rigurosa con el
testimonio directo de acontecimientos decisivos de la Europa contemporánea;
su defensa pública de la libertad y los valores democráticos, y sus
advertencias frente al autoritarismo y el populismo; y su compromiso con el
proyecto europeo y su contribución intelectual a la comprensión del presente.
Impresionante fue
su discurso el día 23 de octubre de 2026 en la ciudad de Oviedo al
recoger dicho premio en el Teatro Campoamor.
“Europa
y la libertad son los temas centrales del trabajo al que he dedicado mi vida”.
El historiador
consideró que “nunca, a lo largo de los siglos, habíamos estado tan cerca de
hacer realidad la visión de una Europa unida y libre como en aquel
momento dorado, en torno al año 2005” (el año de nacimiento de la princesa de
Asturias (Leonor de Borbón y Ortiz, la heredera española a la Jefatura
del Estado).
Pero las crisis se
han ido sucediendo desde entonces, “y ahora nos enfrentamos a tal cúmulo de
amenazas externas e internas, que todo lo conseguido desde 1945 —esa Europa
que muchos miembros de su generación, Alteza, daban por sentada— se encuentra
hoy amenazado en su propia existencia”.
El intelectual
británico prometió que tratará “de seguir aportando cuanto pueda”, si bien admitió
y advirtió que “el futuro tanto de Europa como de la libertad dependerá cada
vez más” de la generación de europeos a la que pertenece la hija del rey Felipe
VI y Letizia Ortiz.
Tres son las
principales cosas necesarias “para defender, reformar y ampliar una Europa
libre” a decir de Ash: truth, trust y tiquitaca. Verdad,
confianza y trabajo edificante en equipo. Sí, tiquitaca.
La primera tiene
que ver con “un compromiso profundo con la búsqueda de la verdad (en
inglés, truth), sustentado en el examen crítico de las pruebas y en hechos
contrastados. En su libro Apología para la historia o el oficio de
historiador, el gran historiador Marc Bloch señala varios periodos
de la historia europea en los que «era como si una vasta sinfonía de engaños
resonara de un extremo a otro de Europa». Hoy nos estamos adentrando
probablemente en un periodo semejante, en el que las redes sociales, la
inteligencia artificial, las potencias hostiles y algunas personas en puestos
de poder interpretan otra «vasta sinfonía de engaños». El papel de las
profesiones dedicadas a la búsqueda de la verdad, como la mía, la investigación
académica o el periodismo, pero también el derecho —representado, por ejemplo,
por la Corte Penal Internacional de La Haya—, será más importante que nunca”.
La segunda es la confianza.
Ash habla de cómo “la democracia liberal atraviesa hoy una profunda crisis de
confianza en casi toda Europa, especialmente entre los europeos más jóvenes” y
manifiesta que “es preciso recuperar esa confianza. Para ello, no basta solo
con buenas políticas: hacen falta también instituciones respetadas,
capaces de adaptarse continuamente, así como las aportaciones de personas
individuales en todos los ámbitos de la sociedad”.
La tercera cosa
necesaria la define una recentísima palabra española: tiquitaca.
“La
lección que el fútbol ofrece a Europa es que el éxito requiere tanto del genio
individual como de un sofisticado trabajo en equipo. Cada jugador posee su
propio talento, ya sea en defensa, en ataque o en el centro del campo, pero
todos actúan como uno solo cuando despliegan ese asombroso estilo de juego
español de pases rápidos, en el que todos parecen saber, de manera casi
milagrosa, no solo dónde están los demás, sino dónde estarán dentro de cinco
segundos. Ojalá las naciones, Estados y regiones de Europa fueran capaces de
hacer lo mismo, combinando, como siempre ha hecho Europa en sus mejores
momentos, la diversidad y la unidad. Seríamos imbatibles”.
Ojalá.

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