El primer libro que leo del escritor español Marc Colell es el tercero suyo, su segunda novela, Las crines. Publicada en 2026, buena parte de su magia literaria reposa sobre la exactitud del número de sus palabras, de la cantidad de sus páginas, sobre su brevedad exacta. La orfandad y apagar la luz.
Alguien le escribe
a una mujer que le acaba de dejar su casa en la inmensidad de la pampa Argentina.
Empezamos:
“Ya estoy aquí querida, amiga”.
Quien escribe (español,
“como quien se siente contagiado de algún mal”, y catalán, “dando el mal por
incurable”, debiéndose “al descontento y la aspereza”) nos habla de “este mundo
mío, ya casi reducido a palabras”, imagina “un paisaje sin puntuación, sin
acentos, sin ritmo… y puede que sin objeto y sin autor”. Sí, lo de la
literatura dentro de la literatura, lo de la metaliteratura, lo de escribir dentro
de lo que se escribe. Sí, y de qué manera. Porque Colell sabe, domina lo
que sabe y con ello hace ese arte espléndido al alcance de no muchos. Crea un
narrador-protagonista que, buscando los recuerdos de su anfitriona, al
principio, no busca las cosas, confía en su aparición. Y las cosas aparecen.
Pronto, nos dice, la escribe a su amiga, “empiezo a parecerme a algo mejor que
a mí mismo”. Cambiar, salir, ser. No saber por qué se está donde se está, por
qué se ha ido adonde se ha ido: ¿por un simple cambio de aires?
“Siempre
me he sentido transparente, literalmente transparente a los ojos de los demás.
Es una sensación que ha ido en aumento. Tanto es así, que a veces creo que
podría pasear sin ser visto, colarme en los barcos, en los aviones. Poseo la
característica de ser, digamos, poco característico. Nada resalta en mi
aspecto, ni el pelo — o
su nostálgico recuerdo—, ni el rostro, ni la altura, ni la complexión… Si
pudieran meter a todos los sesentones de España en un gran frasco, en un frasco
cerrado, y unas manos gigantescas los batieran, mezclaran y sacudieran durante
algunas horas, terminaría saliendo un tipo como yo. Como una decantación
humana, como un promedio. Pero no culpo a nadie, puesto que nadie (tampoco yo)
repara en el blanco de una pared. Soy un paisaje acostumbrado, querida amiga.
La gente desliza su mirada sobre mí, pero jamás la posa. No ofrezco líneas de
percepción”.
Cuando la escritura
nos describe al escribirnos. Una literatura del yo. Siempre la literatura es
una literatura del yo: ¿a quién le habré leído eso?
Lo mejor, como siempre
que uno lee y disfruta de lo que lee es complacerse en la escritura del
escritor. Ahora el paisaje, el ámbito:
“Camino
con asombro y con cautela. Me siento como un explorador en un territorio
desconocido. Es el campo nada más, el campo abierto, pero creo que las cosas
aparecen en la medida en que soy capaz de verlas. Están ahí, al alcance de los
sentidos, pero solo se revelan cuando estoy preparado. Poco a poco, detalle a
detalle. Es un paisaje monótono desde la distancia. Arboledas lejanas,
horizontes superpuestos. Pero la variedad es enorme y requiere de un enfoque
particular, de un entrenamiento. Si consigo identificar un pájaro, lo veo por
todos lados. Cuando consigo aislar un sonido, lo escucho a todas horas”.
Cómo debe de ser
eso de inventarse una parentela ante tus compañeros expósitos de orfanato como
le ocurre a nuestro narrador, anclado de mil formas a un pasado infantil donde
los traumas todavía no son nada pero ya lo son todo. Inventarse una parentela y
hacer de ello una verdad incuestionable ante los demás. Retrotraerse aún más, a
la propia infancia de humanidad misma y pensar “en la herencia de los
hombres, de las mujeres, en el cobijo, la lumbre de las hogueras, las máscaras,
los cuentos, la espera de la luz”.
¿Cómo se
encuentra uno a sí mismo? ¿Dónde? ¿En medio de la belleza excesiva y
abrumadora de las luciérnagas en su esplendor?
Lo que Marc Colell consigue con Las crines es subirnos a un caballo para ver mejor el estrépito de la soledad y su reconfortante mirarlo todo.

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