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De Panza de burro a Pajaritos preñados: la literatura de Andrea Abreu


La segunda novela de la escritora española Andrea Abreu se titula Pajaritos preñados, apareció en 2026 y lo primero que se me ocurre decir de ella según la disfruto con esfuerzo es esto: qué gran literatura se va a perder casi todo el mundo. Abreu, que ya apuntó maneras de gran escritora en su debut novelístico seis años anterior, la meritoria Panza de burro, crece con Pajaritos preñados como artista literaria hasta límites muy elevados y respetables.

¿Que por qué digo entonces eso de qué gran literatura se va a perder casi todo el mundo? Muy sencillo. Mira cómo está escrito el libro (miento, este es un ejemplo extremo de la oralidad desbocada y a la vez contenida por la autora que es la esencia narrativa de la novela):

 

“Se mandó a llover sin ton ni son arriba del terrero inventado, tan en barranquera que no se veían los unos con los otros, y de la arena mojada de la plaza empezó a salir una peste a sacos de papas meados por los ratones, + d kince pibes a la trompada limpia y zumba y dali, una surumba de las grandes y,, dali dali,,mas de kince pibes a la trompada limpia y el sudor.las.babas... los chingazos de sangraza a presión...un mochazo por el centro la espalda, eso eran las patadas por abajo el payo el higo piko que estaba de lengüín con las manos todas machukadas ,, el churrero celoso kathaysa k te crees la gran hermosura¡ y eres nmas k un kuero vivo¡ tremenda¡¡ jedionda¡¡¡ el higo piko kon los ojos amarillos guisado todo de la rabia por lo k acababa de decir el churrero,, un chiko de los ventorrillos arrastrándose pol los suelos como una lisa k no podía 000 respirar que no 000 puedo hermano 00000 k no hermano k 0 0 0 me agarró un golpe duro d los malos ya las viejas no estaban tan privaditas mi niña viendo la sangre haciendo bombitas ,,, en la punta de los labios po,,popi como agüita con gas en un vaso te mando un machetazo cabrón k t kito la fantasmada ¡¡¡¡ el churrero emputado agárrame compadre,,,,,,agárrame socio,,,,,,, agárrame pork hoy lo mato¡¡¡ a ese tremendo kabrón y a esa puta ...,,,,,dddd,s,,,s hij de la puta tu madre ke ers mas puta k las gallinas la puta de dios pasa co000ompadre[…]”.

 

¿Tengo razón o no? ¿Cuántos lectores serán capaces de leer completa una novela con esas dificultades de lectura y podrán así comprobar la inmensa calidad literaria de una narración arriesgada en la que lo que se nos cuenta aparece ante los ojos lectores con un deslumbrante ritmo narrativo a la altura de pocos escritores?

Centro un poco el argumento. Estamos en la isla canaria de Tenerife, en algún sitio del norte de la isla, cerca del Teide, en una barriada donde “nadie era normal, porque tampoco nadie tenía dinero pa aparentar normal”, hace pocas décadas:

 

“No era solo la familia de Cathaysa. Todo el mundo en el barrio pensaba que las cosas iban a mejorar de un momento a otro, que iban a ganar más perritas con el turismo en los Sures, que iban a crecer más cumplidas las coles, más altas las matas de millo, más florida la rama de las papas; que iban a caer del cielo duros y pesetas y se les iban a meter por los canalillos directos a los bolsillos rotos y faltos de remiendo, pero nada de eso llegaba. Las mujeres seguían teniendo que levantarse a las cinco de la mañana para prepararles el termo a los maridos y para ponerles las ropas, porque cada día tenían aquellos hombres menos capacidad de doblarse para espicharse ellos solos los calcetines, de tantas horas que se pasaban de ajuste arrodillados, colocando piso y rejuntando, encalando y azulejiando en los metros y metros que tenían que hacer para ganar las perritas, las buenas perritas, sí, pero que como mismo entraban se iban marchando, y así el cuerpo se les iba asemejando cada día más al cemento cuartiado, y por eso lo único que cambeaba, lo único que aparentaba distinto por aquel entonces, era el esmojecimiento de las cosas. La humedad, la humedad que había llegado demasiado antes de la cuenta ese maldito año”.

 

Ese es el ámbito del reducido elenco de personajes de la novela. Y, en el centro, Cathaysa…

 

“Pensó ella que sí, que ya tenía dieciséis años y los dieciséis años eran la edad buena pa tener un novio como Dios manda. Le subieron unos fuegos por las patas parriba, unas ganas de enamoriscarse, de reventarse como un conejo. Tenía una fuerza dentro, pero no sabía cómo usarla. Era una quemazón, una especie de desatino, ¿un amor?, sí, un amor desbandado, como una fila de caballos acabante de escuchar un tiro en el aire”.

 

Cathaysa y su padre (“que pensaba que podía generar la realidad según le salía por los labios, como un donde Dios, un acuerdo del alma”)…

 

“Era esa la hora preferida de El Tiznado. La luz suavita suavita y dorada sobre todas las cosas del mundo atravesaba la panza de burro. Sintió un descanso en el alma, como si algo se hubiese marchado. Pensó en Cathaysa y le vino un dolor, ya yo patrás no vuelvo ni pa coger resuello, ¿oístes?, se dijo, y siguió caminando”.

 

Cathaysa (y “el marido que ella siempre soñaba: José Vélez”) y El Tiznado (que “tiene namás que puros pajaritos preñados en la cabeza”): va a ser difícil que leas otra novela reciente con semejantes personajes literarios, repletos de verdad, como esos actores buenosbuenos, de personalidad artística acabada, trazados con esa magia que únicamente está al alcance de los escritores, de las escritoras, que tienen algo que contar, que saben hacerlo sin recordarnos a nadie y que además nos conmueven con ese cachito de realidad iluminada por la imaginación, la memoria y la sabiduría creado por ellos, por ellas.

Cathaysa, que puede tener “las bragas pegajentas de pensar en aquel chico”, cuya madre es retratada con la precisión deslavazada de la literatura hecha de asombros y certezas descuartizadas:

 

“Alzó la cabeza, Engracia, por vez primera en todo el día. Los ojos eran negros, enterrados, abiertos como cuevas húmedas y hermosos, la cara surquiada, cascada por el sol, las cejas y el bigote negros peludentos, el pelo negro grueso tupido que le nacía y le nacía como una fuente de agua del centro de la frente. Llevaba siempre un pañuelo de flores amarrado en la cabeza que le aguantaba el pellejo tieso. Era una mujer antigua, tan antigua como un drago. Tenía cincuenta años, pero parecía lo menos de setenta. Era vieja desde que Cathaysa tenía recuerdo”.

 

¿No es magnífico este párrafo? No es fácil describir a nadie, y aquí Engracia parece existir como existimos tú y yo. Qué digo, más. Más aún. ¿Y qué decir de esta descripción paisajística?

 

“El Tiznado siguió callado, mirando por el ventanillo cómo iban cambiando los colores del camino, del olor a pino y monte grueso a la tierra seca, las hierbas rasas, las llanuras de millo y trigo atemorizadas por el espesor de la bruma”.

 

Pajaritos preñados, la novela donde escucharás llorar a alguien “que ya no sabe cómo se llora después de aguantarse el llanto toda una vida”, donde huirás (“pa un sitio”) junto a alguien que huye de sí mismo, la novela que te mostrará como de soslayo “la sensación de no saber estar viva”. La novela en la que la angustia le podía llegar a su protagonista femenina “como por olas a la playa del alma”. Una novela que te cuenta “cosas sobre la vida y sobre el dolor de ser persona”. Sobre los deseos, sobre por qué alguien podría sentir que “por más que las quisiera él, las cosas, las cosas no lo querían a él y se mantenían alejadas e intocables, como otra isla”.

Y la isla de La Gomera ahí enfrente, “como la isla deseada, como San Borondón”, lejos de “la brumacera del barrio”, lejos de “aquella posma, de aquella nube negra aposada desde por la mañana”, de aquella panza de burro eterna. Y el libro de José Luis Concepción Nombres propios guanches: historia y leyenda.

[…]


 

Este texto pertenece a mi artículo ‘Asombros y certezas descuartizadas: Andrea Abreu deslumbra con Pajaritos preñados’, publicado el 27 de septiembre de 2026 en Letras 21, que puedes leer completo EN ESTE ENLACE.

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