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Explicar el pasado es necesario para fundamentar la democracia

Los dos volúmenes de la obra historiográfica colectiva De la dictadura a la democracia, coordinados por Carme Molinero y publicados en 2026 por el Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, incluyen un número notorio de artículos de sumo interés (cuarenta), aunque yo me limito ahora a destacar algunos. ‘Una alianza contra la libertad. Los pilares de la dictadura’, de Ismael Saz; ‘El partido único (FET-JONS/Movimiento Nacional): evolución, funciones e implantación’ de Julián Sanz Hoya; ‘Genocidios contemporáneos y la ocultación de los perpetradores en España (1936-2026)’ de Lourenzo Fernández Prieto y Antonio Míguez Macho; ‘Donde no hay documentos: la represión contra las mujeres durante la Guerra Civil y el franquismo’, de Laura Muñoz Encinar; ‘Una tiranía a la sombra de la ley: opinión, disidencia y oposición durante la dictadura de Franco’, de Javier Muñoz Soro; ‘Los movimientos sociales y sus legados democratizadores en la España de las décadas de 1960 y 1970’, de Juan Sisinio Pérez Garzón; y ‘El movimiento obrero en España. Del franquismo a la democracia’, de José Antonio Pérez Pérez.



En la presentación de la obra, escrita por Molinero y Fernando Martínez, se nos explica que es el resultado posterior a “un ciclo de coloquios dirigidos principalmente a los estudiantes bajo el título De la dictadura a la democracia” repartido en siete jornadas que se celebraron entre el mes de marzo y el mes de mayo de 2025, de forma consecutiva en las universidades del País Vasco, La Laguna, Las Palmas, Valencia, Zaragoza, Granada, Autónoma de Barcelona y Complutense de Madrid, coordinadas por los historiadores Antonio Rivera, José Antonio Pérez Pérez, Inmaculada Blasco, Marta García Cabrera, Ismael Saz, Julián Sanz Hoya, Ángela Cenarro, Miguel Ángel Ruiz Carnicer, Miguel Ángel del Arco, Teresa María Ortega López, Carme Molinero, Pere Ysàs, Gutmaro Gómez Bravo y Diego Martínez López, en las que intervinieron cuarenta y siete ponentes.

 

“El deber ciudadano de las y los historiadores es trasladar al conjunto de la sociedad los conocimientos acumulados en la investigación histórica. La necesidad de esa actuación todavía se hace más evidente cuando se observa la difusión que obtienen algunos libros y otros formatos de comunicación, que vienen a ser una adaptación modernizada de la propaganda franquista. Así, uno de los retos de los historiadores es conseguir que la historia penetre en la memoria, aportando, desde el rigor del estudio, conocimientos sobre lo que supuso la dictadura franquista para la sociedad española. Explicar y contextualizar el pasado es necesario para fundamentar los valores democráticos del presente”.

 

Quedan claras la utilidad y necesidad de este tipo de aportaciones librescas.

Julián Sanz Hoya argumenta que “el partido único resultó decisivo no solo en la legitimación simbólica y discursiva del franquismo, sino también en la construcción de un sistema político de aspiraciones totalitarias, fundado sobre la exclusión y la persecución de toda alternativa partidista”.

Las funciones de Falange que el dictador Francisco Franco privilegió fueron “el encuadramiento, la vigilancia y la socialización de las masas, la canalización, la organización y la movilización de los apoyos del régimen, la provisión de cuadros políticos y el control de las instituciones provinciales y locales, la colaboración en la represión y la violencia contra los rivales políticos, la supervisión de la prensa y la propaganda, así como un importante papel en las políticas sociales, laborales, agrarias y educativas, entre otras”. Casi nada, para que luego creamos que FET y de las JONS era un mero adorno. Cuando lo que en realidad supuso fue ser “un instrumento clave para garantizar la estabilidad y la perduración de la dictadura, la cual adquirió una notable coloración azul perceptible en el uso, en especial durante el primer franquismo (1939-1957), de denominaciones como «Estado nacionalsindicalista», «dictadura franco-falangista» o «régimen falangista»”.

 

[…]

 

Por su parte, Lourenzo Fernández Prieto y Antonio Míguez Macho escriben sobre el hecho de que “la violencia ejercida por los golpistas contra sus «enemigos» comenzó en el mismo momento en que se hicieron con el control efectivo del poder en aquellas zonas de España donde triunfaron, a partir de los días finales de julio de 1936”.

Quienes dirigieron el golpe “diseñaron una violencia destinada a eliminar a sus enemigos, a quienes ubicaron en un mismo grupo destinado a ser destruido”. La cúpula golpista “se atribuyó la orden de desencadenar la matanza”, una jerarquía militar que supo imponerse a sí misma, desde octubre de 1936, “la ascendencia de uno solo: Francisco Franco”. Esa pretendida autoridad legítima única delegó a nivel territorial, no podía ser de otra forma, en las autoridades militares:

 

“Los mandos que lograron imponerse se convirtieron en señores que asumieron todas las funciones del poder civil y militar en los territorios que controlaban. […] Bajo las órdenes de los superiores, los mandos «a pie de obra», sobre el terreno, decidían la suerte de los detenidos. Conocían de modo general quiénes eran los enemigos que debían abatir, pero los detalles eran cosa de cada uno”.

 

Aquellos auténticos verdugos “manejaron el relato y también la memoria pública”, pero, mira por dónde, “la Historia es más poderosa y también más peligrosa cuando despliega todas sus formas de conocimiento complejo del pasado, lo cultural sin lo social, lo social sin lo político, fragmenta el conocimiento”. Es así que “la reconstrucción del espejo roto del pasado, manipulado por los golpistas y verdugos durante cuatro décadas de dictadura, es cada vez más posible”.

No basta con las víctimas, a los historiadores nos es necesario saber “¿quién mató a las víctimas, a tantas víctimas?”. La reconciliación ya tuvo lugar entre quienes deberían reconciliarse. Es el momento de la Historia. Ese es el meollo del artículo de Fernández Prieto y Míguez Macho. Consigamos que los verdugos dejen de esconderse, de difuminarse en su propio relato. Acabemos con “el relato de ocultación de las matanzas y de sus responsables”.

 

 

[…]

 

Javier Muñoz Soro comienza por decirnos en su artículo-ponencia que “pertenecemos a una generación que ha visto la democracia y la dictadura como dos sistemas absolutamente excluyentes, como una fotografía en blanco y negro, con unas fronteras definidas de manera nítida y sin confusión posible”, también “sabemos que la democracia puede funcionar de manera poco eficiente y que no ha evitado ni la corrupción ni el clientelismo, pero en sus valores liberales de participación política, de alternancia en el poder, de igualdad de la ciudadanía, de libertad de conciencia y expresión, de trasparencia de lo público, de separación de poderes y respeto a las minorías no puede haber transacción posible ni medias tintas”. Pero a lo que nos enfrentamos en la actualidad es “a la erosión de las democracias parlamentarias desde dentro de sus propias instituciones, una erosión alentada por fuerzas políticas elegidas o sostenidas por los votos, pero mucho menos interesadas en el respeto de esos valores, por no hablar de la redistribución de la riqueza”; algo que “nos debe llevar a reflexionar sobre la naturaleza de las dictaduras, sobre el valor del disentimiento político y de su contrario, sobre los apoyos y sobre el consenso social que lograron”. Por eso es imprescindible la labor de los historiadores.

El texto de Juan Sisinio Pérez Garzón parte de la premisa de que “existe bastante consenso historiográfico sobre el peso tan decisivo que los movimientos sociales, desde la década de 1960, tuvieron por haber agrietado los soportes socioculturales del franquismo y desbordado sus férreos corsés”. Movimientos que fueron desplegados por “una pluralidad de sujetos colectivos que reclamaron derechos y participación”, lo cual acabó abriendo “espacios propios de libertad al margen del Estado” y, lo que es más importante, forzando (¿impulsando?) iniciativas reformistas/aperturistas “entre las élites del régimen”. Durante buena parte del llamado segundo franquismo, las movilizaciones feministas, estudiantiles, ecologistas, pacifistas y de liberación sexual, “en sintonía con los movimientos sociales que, a escala global, impulsaron valores post-materialistas en las democracias occidentales”, estuvieron relacionadas/conectadas “con el nuevo movimiento obrero de las Comisiones Obreras y también con movilizaciones específicas como las vecinales o las del mundo de la cultura, sin minusvalorar los apoyos provenientes de sectores eclesiásticos con curas y monjas de activa militancia social”. Su enfrentamiento más o menos frontal con la dictadura y su vitalización de la ciudadanía a base de “un nuevo tejido asociativo” y de la expansión de prácticas de convivencia y espacios de sociabilidad fueron esenciales a la hora de que tuviera lugar la transición democrática de la segunda mitad de la década de 1970.

 

“Destacó la coincidencia de católicos y comunistas, de hijos de vence­dores con hijos de vencidos en la guerra civil, de mujeres y hombres, de vecinos de distintos orígenes”.

 

Los movimientos sociales más masivos y estructurantes fueron, lo explica muy bien Pérez Garzón, el obrero, el vecinal y el estudiantil (“aportaron unas organizaciones plurales con una sólida capacidad de presión”); por su lado, “el feminismo irrumpió exigiendo la igualdad de las mujeres, factor insoslayable para la democracia; el pacifismo impulsó un nuevo horizonte ético; el ecologismo sembró la conciencia medioambiental; la ciudadanía LGTB amplió las libertades y la inclusión de la diversidad sexual; los presos comunes visibilizaron el derecho a la reinserción social, y, como pegamento transversal de todos ellos, el mundo de la cultura rompió trincheras y corsé para configurar una auténtica contraesfera de libertad creativa”

El artículo dedicado por José Antonio Pérez Pérez al movimiento obrero en aquel tránsito desde el franquismo a la democracia, e incluso a los propios años de la dictadura, considera que “el nuevo movimiento obrero surgido a partir de los conflictos laborales que estallaron en el segundo franquismo” fue uno de los más importantes protagonistas, ya lo adelantaba Pérez Garzón, “de la transformación que comenzó a fraguarse durante la transición a la democracia”. Resalta ese texto “la pérdida de peso que han tenido las organizaciones sindicales y el notable descenso de la conflictividad laboral, pero también la mala fama que se ha extendido sobre el sindicalismo de clase, alimentada por determinados sectores y medios de comunicación, empeñados en extender una imagen absolutamente distorsionada de este movimiento durante los últimos años”. Por eso, añado una vez más, es tan necesaria la labor de los historiadores.

 

[…]

 

Sin duda, la ponencia de José Antonio Pérez Pérez merece un tratamiento especial que llevaremos a cabo en otro ámbito. Por no alargar en exceso esta aproximación a otra de esas obras que vienen a demostrar por qué es necesario que los historiadores sigan explicando qué fueron el franquismo y la Transición.

Continuará, sí

 

Este texto pertenece a mi artículo ‘El franquismo, la Transición y el deber ciudadano de los historiadores’, publicado el 6 de septiembre de 2026 en Historia 21, que puedes leer completo EN ESTE ENLACE.

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