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Anagramas, la novela de las palabras más valiosas (gracias, Lorrie Moore)


El segundo libro de la escritora estadounidense Lorrie Moore fue también su primera novela, apareció en 1986, se titulaba Anagrams y es excelente. Traducido por segunda vez a mi idioma, nuevamente como Anagramas, por la argentina Cecilia Pavón en 2020 —con ciertas dificultades, según se ve cuando uno entra en la complicadísima literatura de Moore, aparentemente intraducible—, que es la edición que yo he leído.

Escribí excelente antes de acabar de leerlo. Es magistral, admirable, una obra maestra.

Gerard y Benna, mejor dicho, Benna y Gerard, ella es la que cuenta, son los dos protagonistas de esta novela dividida en cinco partes, la quinta, la más larga, la definitiva (lo entenderás al leer el libro, las primeras cuatro son historias de ellos como si ellos fueran cada vez unos ellos distintos: pero, finalmente, ellos son esos ellos literariamente superlativos, dos personajes como los seres humanos que pueblan la vida… de la literatura).

 

“Se dio cuenta de que cuando uno se enfrentaba con las grandes preguntas de la vida y no encontraba grandes respuestas, debía conformarse con respuestas pequeñas, improvisadas, de la misma forma en que en un día cualquiera una persona tiene que comer al menos algo, aunque no sea maravilloso y grande”.

 

Las grandes respuestas de la vida son a menudo las pequeñas respuesta de la Gran Literatura. Moore sabe de lo que hablo. Por eso uno de los protagonistas, Gerard, puede decir que a veces piensa “que sin niños somos como bestias o polvo, que somos como algo perdido en el mar”. ¿Y si fuera cierto? ¿Y si ese fuera el mensaje central de una novela dedicada al amor (“algo que la columna vertebral recuerda”, “esa monotonía encantadora, el secreto de los cuerpos, privado como el dolor”), a la pérdida (“todo en la vida me parece un sueño extraño sobre perder cosas que, para empezar, nunca te pertenecieron”), al esfuerzo por saber cómo vivir, con quién…?

 

“Me daba cuenta de que la vida era demasiado corta como para ser capaz de superar ciertas cosas de forma absoluta y sincera, pero estaba claro que algunas personas estaban esforzándose más que otras”.

 

Un buen lema en la vida: “es importante no tener miedo de parecer un idiota”. Todo el mundo quiera una única cosa en la vida, a decir de Benna: “alguien que te tome de la mano cuando mueras”. Lo que ocurre, ocurre raras veces de forma que lo entendamos: la mayor parte de las veces las cosas “emergen paralelamente a lo que pensamos que estaba pasando y luego se hunden azarosamente en alguna otra dirección”. Las respuestas… Por eso en Anagramas hay quien a veces se ríe “como si ya estuviera listo para ser feliz”.

Gerard “tiene una forma de transmutar lo que es esencialmente autodestrucción en una especie de encanto sencillo y pintoresco”.

Benna les pregunta a sus alumnos si “somos todos vagabundos en un basurero cósmico” o si simplemente es que no estamos prestando atención. También ¿qué le debe la poesía al mundo? ¿Es la escritura un acto público?

 

“–No pongan ninguna línea que sea un cacareo estúpido y superfluo en su poema. –La última clase había usado su comparación del bote salvavidas: solo una cantidad limitada de palabras entran en él y deben decidir las vidas de qué palabras son las más valiosas; el resto muere.

 

Tal vez “este lugar”, el mundo, sea el infierno y los humanos hayamos sido arrojados aquí “desde cualquier otra parte porque la cagamos y no lo sabemos”.

¿Y si la vida fuera “un sueño sobre intentar encontrar tus anteojos cuando no puedes ver porque no tienes tus anteojos puestos?

Es difícil de explicar después de leer todo esto que Anagramas resulte un libro vitalista en el que la esperanza no es necesaria. Quizás lo que ocurre es que toda la empatía necesaria para amar una obra literaria queda reducida a añicos poco a poco por la certeza de que nunca uno ha sido alguien, ni lo será, que necesite decir que…

 

“Quizás, pensaba, no exista nada en lo que colocar inteligentemente la propia fe. Quizás solo había ruido y sueño. Todo es inútil, dijo una vez Fred Astaire en una película. Pero no es grave. Esa era la única línea que recordaba”.

 

Las grandes novelas no necesitan que hablen de uno. Solamente precisan que le hablen a uno.

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