Si hay un libro en el que se puede aprender (y mucho) sobre el pasado de la ciudad de Madrid ese es La historia secreta de Madrid, del arquitecto Ricardo Aroca, publicado en 2013.
La historia secreta de Madrid es un título que lleva a la
confusión pues en él de lo que se nos habla, con una escritura magnífica y una
profusión de información perfectamente jalonada, es de la historia (nada
secreta) de Madrid. Imagino los intereses de la editorial al ponerle ese marbete
para mí injusto y confuso.
“Yo llamaría a la
presente obra Claves de Madrid o, más modestamente, Algunas claves de
Madrid, pero los de la editorial seguro que saben más, o eso espero…”
Ricardo Aroca utiliza todas las
herramientas propias de los historiadores para, incorporando a ellas sus
notables conocimientos urbanistas y arquitectónicos, explicarnos cómo ha
llegado hasta aquí (hasta aquel año 2103 en que lo publicó) la capital de España.
Lo que no quita para que cometa algunos errores de bulto, como confundir el
califato de Córdoba con el emirato de Córdoba.
Si hay un epígrafe del libro
de Aroca en que merezca la pena centrarse ese es el titulado ‘El crecimiento de Madrid’.
Madrid se fundó a finales
del siglo IX sobre una fortaleza musulmana (compuesta por una
alcazaba, propiamente militar, y una almudaina, palaciega) situada donde hoy se
encuentra el Palacio Real, que ocupaba unas siete hectáreas, con una puerta en
el este (“de la que arrancaba el camino que conducía a Alcalá de Henares, la
población grande más próxima”, llamada más tarde por los cristianos Puerta de
Santa María) y otra en el oeste que permitía llegar al río Manzanares (conocida
después como Puerta de la Vega). Había otra puerta más (de la Sagra para los
cristianos que conquistarían la ciudadela), ésta en el interior del recinto
fortificado, que comunicaba la almudaina con el patio de armas de la alcazaba.
“El
desnivel de sesenta metros de altura sobre el Manzanares al oeste y los
barrancos del arroyo Arenal al norte y el de San Pedro al sur ayudaban a
defender el recinto, que constaba de una alcazaba al norte y la almudaina al
sur, con el patio de armas entre ambas; dentro de la almudaina había
viviendas y en el centro estaba situada la mezquita”.
Aquel Madrid que no se
llamaba Madrid fue durante dos siglos musulmán.
“Al amparo
de la fortaleza fue formándose un núcleo de población extramuros que comprendía
una medina atravesada por el camino de Alcalá y un barrio mozárabe situado al
sur del arroyo de San Pedro, en las actuales Vistillas, que contaba con su
propia iglesia, la de San Andrés”.
Aquellos habitantes de las
dos barriadas “eran los cultivadores de la zona, que tras haber sido romanos y
visigodos, sin ser probablemente muy conscientes de ninguna de las dos
cosas, se encontraron tras la conquista musulmana en la disyuntiva de abrazar
una nueva religión y pagar menos impuestos o mantenerse en su fe”. Si los
conversos pudieron asentarse cerca de la fortaleza, en la medina, aquellos que
mantuvieron su religión (a los que conocemos como mozárabes) hubieron de poblar
el sur del arroyo de San Pedro, quedando así más desprotegidos “durante las
ocasionales incursiones de los reyes cristianos del norte”.
Cuando aquel Madrid
pequeñito fue conquistado por los cristianos, a finales del
siglo XI, su extensión era de unas veinte
hectáreas.
“Los nuevos
señores se asientan en el recinto amurallado y en la antigua medina, al
este de la fortaleza. La mezquita de la almudaina pasa a ser la iglesia de
Santa María (probablemente Santa María de la Almudaina), mientras que la
población musulmana (ahora mudéjares y más tarde moros) es desplazada al sur
del arroyo de San Pedro, ocupando parte del antiguo arrabal mozárabe, la
morería vieja, en el que, sin embargo, parte de la población mozárabe,
entre ellos san Isidro, permanece, quedando la iglesia de San Andrés en la
frontera entre la morería y el barrio mozárabe”.
Se levantó entonces la
primera muralla cristiana, “que no impidió un saqueo por parte de las
huestes almorávides en 1110”. Una muralla peor y más difícil de defender que la
de los musulmanes, que seguía teniendo las tres puertas originales (“de las que
solo una, la de la Vega, daba directamente al exterior”), a la que se sumaron
otras cuatro: “al norte la Puerta de Balnadú (nombre que tal vez tenga que ver
con el de su primer guardián); al este la Puerta de Guadalajara, en el camino
de Alcalá ya convertido en calle en su primer tramo, y la Puerta Cerrada (se
cerraba por las noches), en el camino de Atocha y Vallecas; y al sur la Puerta
de Moros, próxima a la Morería, en el camino de Toledo”.
Aquel recinto tenía ya una
superficie de 33 hectáreas (“al noreste, el arrabal de San Martín, alrededor de
la abadía cisterciense, separado del núcleo y con su propia cerca, tenía una
extensión de cinco hectáreas”.
En las siguientes tres
centurias, “el arrabal de San Martín duplica su superficie, creciendo en
dirección sur hacia el borde norte del camino de Alcalá, hasta las diez
hectáreas”; también “aparece un nuevo arrabal extramuros, el de la Santa Cruz,
entre los caminos de Alcalá y Atocha, con una superficie de cuatro hectáreas”;
y “al monasterio de San Martín, al norte, se le une el de San Francisco, al
sur”.
Es a mediados del
siglo XV, cuando reinaba en Castilla el primer monarca que aposentó en
Madrid la corte regia, Enrique IV, cuando se construye una nueva muralla
que dejó en su interior una superficie que casi doblaba la que tenía la ciudad.
“El fuerte
desnivel con la vega del Manzanares impedía la expansión al oeste y el barranco
del arroyo Arenal dificultaba el crecimiento hacia el norte, de manera que la
expansión se hace sobre los caminos de Alcalá, hacia el este, y Atocha, hacia
el sureste”.
Aquella muralla dejaba
ligeramente extramuros el monasterio de Santo Domingo el Real, pero ya dejaba
dentro de la ciudad los arrabales de San Martín y de la Santa Cruz. Aquel
Madrid se extendía ya por cincuenta hectáreas (“menos de la mitad del actual Parque
del Retiro”, como apunta Aroca). Fuera de ella siguen “al sur el monasterio de
San Francisco, al que se une, al este, el de los Jerónimos, mucho más lejos, al
otro lado del arroyo de la Fuente Castellana”. Lo añadido al recinto se une a
lo anterior por medio de la Puerta de Guadalajara. Son cinco por aquel
entonces las puertas de Madrid: al norte la de Santo Domingo y el Postigo de
San Martín; al este, la Puerta del Sol, en el camino de Alcalá, y la Puerta de
Atocha; al sur, junto a Puerta Cerrada, la Puerta de Toledo, “de donde arranca
un nuevo ramal que entronca algo más abajo con el antiguo camino hacia el sur”.
A finales del siglo XV,
reinando Isabel de Castilla y Fernando de Aragón (los Reyes Católicos), Madrid
era ya un lugar cuya preponderancia crecía debido a su relación directa con la
Corona que estaba poblado por doce mil habitantes.
“Las calles
principales siguen siendo los caminos de Alcalá y de Atocha, ambos hacia el
este; el primero ligeramente inclinado hacia el norte y el segundo hacia
el sur, arrancando de la antigua puerta del recinto musulmán rebautizada como
Puerta de Santa María, y a ellas se une la calle de Toledo, que corta en
dirección norte-sur. Al este de la calle de Toledo y muy próxima a la de Alcalá
se abre un gran espacio sin forma definida, la plaza del Arrabal, en alusión al
inmediato arrabal de la Santa Cruz, que se convierte en plaza del mercado y
centro de relación de la población”.
Hasta la expulsión de los
judíos que no se convirtieran al cristianismo de los reinos aragoneses y
castellanos, en 1492, en Madrid existieron dos barrios judíos (juderías): “la
vieja, al norte, junto a la Puerta de Balnadú, y la nueva, en el antiguo recinto
de la almudaina, ambas rodeadas por tapias”. Por su parte, “la morería vieja
seguiría en el mismo lugar, al suroeste, junto a la iglesia de San Andrés, y a
ella se añadió una morería nueva junto a la Puerta de Toledo”. Ambas morerías
persistieron hasta la expulsión de los moriscos en los comienzos del siglo
XVII.
En 1535, explica Aroca, “la
ciudad había crecido algo más, añadiendo al sur unas veinte hectáreas con una
rectificación de la muralla que engloba al hospital de la Latina y dos grandes
monasterios; aun así la muralla encerraba solamente 72 hectáreas y la ciudad
seguía cabiendo en el Retiro”.
Llegados al gran hito que es
el año 1561, cuando Felipe II decidió instalar la corte en Madrid de forma
permanente, la ciudad tenía ya unos 25 000
habitantes (“menos de la mitad que Sevilla, entonces la ciudad más poblada de
la Península”), pero es a partir de ahora cuando todo cambia.
“Probablemente el soberano no era consciente de que
la presencia de la corte suponía duplicar la población de la ciudad, que pasó,
de manera prácticamente instantánea, de 25 000 a 40 000 habitantes,
con los consiguientes problemas de alojamiento, que trata de solucionar sin
éxito, decretando medidas relativas a la regalía de aposento”.
Al final del reinado de
Felipe II, y del propio siglo XVI, la superficie de la ciudad alcanzaba ya las
282 hectáreas para una población de más de 90 000 habitantes. Ya era una
ciudad comparable demográfica a Sevilla.
Dado que el barranco del
arroyo del Arenal impedía el crecimiento hacia el norte, éste tiene lugar hacia
el noreste, destacando los caminos de Fuencarral y Hortaleza que arrancaban de
la Puerta del Sol; en tanto que hacia el sur, Madrid se expande por el camino
de Toledo y el de Atocha; pero lo hace sobre todo hacia el este, por el camino
de Alcalá, “cuyo primer tramo se convierte en la Calle Mayor, llegando casi al
arroyo de la Fuente Castellana”. A la barrera natural que es el desnivel hacia
la vega del Manzanares para el desarrollo de la ciudad hacia el oeste se le
unió el hecho de que Felipe II adquiriese aquellas zonas agrícolas que son
hoy la Casa de Campo.
“Madrid
debe a Felipe II la insólita, para su tamaño, existencia junto a la ciudad
de una gran extensión de tierra en estado natural con unos bordes definidos en
la que no puede construirse; en cierto sentido, lo más parecido al mar o a un
lago. En términos del crecimiento de la ciudad, las posesiones reales han
obligado al tipo de expansión asimétrica de las poblaciones ribereñas”.
Como ese patrimonio regio
debía respetar los derechos de paso, “se consolida el camino a Segovia,
siguiendo la margen derecha del Manzanares, y para acceder a él el antiguo
cauce del arroyo de San Pedro se convierte en la calle de Segovia, que cruza el
río por un nuevo puente, obra de Juan de Herrera”.
Como escribe Aroca, “el
siglo XVII arranca con un sobresalto para Madrid. A la muerte de
Felipe II se produce un traslado de la corte a Valladolid, en los dominios
del duque de Lerma, valido de Felipe III, que tiene como consecuencia la
reducción de la población de Madrid a menos de la mitad”. El Concejo, que regía
la ciudad desde la Edad Media, sabedor de lo vital que es la presencia de la
corte, compra por 250 000 ducados su regreso (un tercio para el valido y
dos tercios para mejorar el Alcázar regio). Todo tuvo lugar entre 1601, lo
primero, y 1606, lo segundo, el retorno.
“Otra
amplia posesión real, esta vez al este de la ciudad, se consolida en tiempos de
Felipe IV, cuando el conde-duque de Olivares regala al monarca los
terrenos adyacentes al monasterio de San Jerónimo el Real y construye en ellos
el Palacio del Buen Retiro”.
El propio rey Felipe IV
se ocupa entre 1629 y 1649, movido por una serie de epidemias que asolan la
villa, de que se complete la cerca (que ya no muralla) de Madrid, la cual
limitará el desarrollo de la ciudad durante más de dos siglos. Es muy detallado
el análisis que de la construcción de dicha cerca (que tuvo “casi noventa
centímetros de grueso y una altura de quince pies, es decir, algo más de cuatro
metros”) incluye Aroca en Historia secreta de Madrid.
“La cerca
se extendía hacia el norte, desde la muralla del Alcázar, bordeando la que más
adelante se llamaría Montaña del Príncipe Pío, y luego giraba hacia el este en
la línea de los actuales bulevares, hasta llegar al arroyo de la Fuente
Castellana, donde volvía hacia el sur hasta encontrarse con la Puerta de
Guadalajara. A partir de esta, la cerca del Retiro seguía hacia el este el
camino de Alcalá y bordeaba la posesión real hasta la situación del actual
Jardín Botánico. Por el sur seguía la línea de las actuales rondas de Valencia,
Toledo y Segovia, para volver a dirigirse al norte desde la Puerta de Toledo y
cerrar el recinto, que en 1650 albergaba una población de 140 000
habitantes en una superficie de 750 hectáreas”.
Durante el siglo XVIII,
ya reinando los Borbones, “se formaliza el Salón del Prado, se construyen el
nuevo Palacio Real, las academias, hospitales, cuarteles, etc., y, sobre todo,
el Museo del Prado, pero no se altera la planimetría de la ciudad salvo para
formalizar algunas carreteras y paseos al exterior de la cerca, entre ellos el
tridente arbolado que une el extremo sur del Salón del Prado con el río”.
Siguen siendo vías principales el eje formado por la calle Mayor, la calle
Alcalá y la carretera de Aragón desde el Palacio Real hacia el este, y el
camino del santuario de Atocha hacia el sureste. Mientras, en el sentido
norte-sur, “ninguna calle atraviesa claramente la ciudad: hacia el norte, San
Bernardo parte del convento, luego plaza de Santo Domingo, y los caminos de los
pueblos de Fuencarral y Hortaleza parten de la Puerta del Sol; y hacia el sur,
la calle de Toledo arranca de la Plaza Mayor, mientras que la calle de Segovia,
sin un punto claro de arranque, se dirige hacia el oeste para, cruzando el puente
construido por Herrera, llegar a la carretera de Segovia que circula hacia el
norte siguiendo la margen derecha del río (que discurre en sentido contrario)”.
Llegado el siglo XIX, se proyecta un ensanche de la ciudad que se empieza a concretar cuando en 1860 Carlos María de Castro ve aprobado el Plan que será conocido por su apellido: en él se precisa que Madrid “ocupa 777,90 hectáreas, de las que 270,5175 están ocupadas por el Retiro, Botánico, Huerto y convento de Atocha, Montaña del Príncipe Pío y Campo del Moro, quedando poco más de 500 hectáreas para una población de 271 254 habitantes”. El Plan Castro añade 1494 hectáreas, 158 de ellas parte de la Moncloa, con lo que las posesiones reales dentro de la superficie de Madrid pasan ya de las 400 hectáreas.
“El borde
del Ensanche de Castro consiste en una línea poligonal a unos dos kilómetros de
distancia de la cerca de Felipe IV, salvo al este, donde se encuentra a
esta distancia del paseo que ocupa el cauce del arroyo de la Fuente Castellana
y engloba ampliamente el Retiro. La línea nace y muere en el río Manzanares y
discurre al este en paralelo al arroyo Abroñigal. La ciudad queda delimitada
por un foso de dos metros y medio de profundidad máxima y siete metros de ancho
en superficie y un amplio camino de ronda de cincuenta metros de ancho con un
total de catorce puertas, ocho de ellas principales”.
El antiguo cauce del arroyo
de la Fuente Castellana pasa desde entonces a ser “un potente eje norte-sur de
la ciudad, de la que será en el futuro referencia esencial”. Y dado que el eje
este-oeste del antiguo camino de Alcalá tropieza con el Palacio Real, se
acabará trazando la Gran Vía en el primer cuarto del siglo XX.
“El
Ensanche ocupa la mayor parte del término municipal de Madrid, que en 1940
tenía solo seis mil hectáreas, pese a la compra de unas doscientas hectáreas al
Ayuntamiento de Vicálvaro para el nuevo cementerio”.
Fuera del Ensanche, Madrid
crece “de forma anárquica, salvo en el oasis de orden que supone la Ciudad
Lineal”, y más aún cuando entre 1948 y 1954 se anexionó trece municipios
limítrofes, lo que llevó a la superficie del municipio a multiplicarse por diez
y llegar a los 607 kilómetros cuadrados.
“Una
ampliación del eje de la Castellana hacia el norte, rebasando ya las fuentes
originales del arroyo que le dio nombre, añade un área ordenada a ambos lados.
Ya no cabe hablar de forma ni orden, solo de superficie. Los nuevos elementos
reconocibles son las autopistas de circunvalación, M30 primero y M40 después, y
las seis autopistas radiales, entre las que adquiere especial relevancia la de
Barcelona, que sustituyendo parcialmente a la calle Alcalá produce un nuevo eje
este-oeste desde el aeropuerto hasta enlazar con la autovía del noroeste en el
lado opuesto de Madrid”.
El nuevo Plan de 1963 amplía
en cien kilómetros cuadrados el territorio de la ciudad de Madrid…
Despido este texto con estas
palabras de Aroca, una reflexión sorprendente en la que yo nunca había pensado
antes:
“Probablemente sin la decisión de Felipe II el centro de la península Ibérica estaría tan despoblado como lo está ahora la Meseta Norte, y al sur de la sierra no existiría la gran banda urbanizada que, desbordando las fronteras municipales y autonómicas, aglutina en una compleja trama de intereses comunes a casi una quinta parte de la población de España”.


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