Grabado entre febrero y junio de 1974 en dos estudios londinenses (Trident, Ramport) y mezclado en otro de la misma ciudad (Scorpio Sound), el tercer elepé del grupo británico Supertramp, Crime of the century, aparecido en octubre de ese año (el día 25), es considerado habitualmente uno de los mejores discos de la historia de la música pop. También es el álbum que lanzó a la banda al estrellato mundial, refrendado por sus tres elepés posteriores: los también portentosos Crisis? What crisis? (de 1975); Even in the quietest moments (dos años posterior, cuando yo los descubrí a mi catorce años) y Breakfast in America (publicado en 1979).
Todas las canciones de Crime of
the century fueron compuestas por los dos líderes principales de
Supertramp, Rick Davies y Roger Hodgson, no siempre al alimón. Ambos han
admitido que nunca superaron la compenetración artística a la que llegaron
grabando esta maravilla musical.
Cuando veo que se incluye semejante
obra de arte entre las mejores del llamado rock progresivo me entran los
siete males. Lo que grabaron desde entonces, ya en este tercer álbum,
Supertramp es la clase de música pop que vive de todas las músicas nacidas
desde la explosión del rock en la década de 1950, muy por encima de la música a
menudo inane y artificiosamente aparatosa de los auténticos grupos de
rock progresivo. Y no miro a nadie.
En la grabación de Crime of the century, producido por la propia banda junto con Ken Scott —quien, como ingeniero, había trabajado con los mismísimos The Beatles y había coproducido algunos de los mejores discos de David Bowie, de comienzos de aquella década de 1970, por citar algunas de sus destacadísimas aportaciones—, intervinieron tres nuevos componentes, el baterista Bob C. Benberg, el clarinetista y saxofonista (también cantante en algunos momentos) John Anthony Helliwell y el bajista Dougie Thomson, además de, por supuesto, Hodgson (cantante en algunos temas, guitarrista y pianista) y Davies (cantante también, teclista y armonicista).
Las ocho canciones que formaban parte
del elepé eran las portentosas School
y Hide in your shell, y las sensacionales Bloody well right, Asylum,
Dreamer (la cara A del único sencillo extraído del disco, su primer gran
éxito, que fue decisivo para que cuando se lanzó, ya en febrero e 1975, las
ventas del álbum se dispararan), Rudy, If everyone was listening,
además del prodigio que cerraba el álbum, la que le daba título: Crime of
the century. ¿Un cruce feliz entre Pink Floyd y The Beatles? No,
Supertramp.
El periodista musical Phil Alexander
es una de las personas que más saben sobre este disco (cuando en 2014 se remasterizó
el álbum, el lanzamiento de aquel cedé se acompañó por un ensayo suyo) y en la
revista Mojo, en su número de diciembre de 2024, publicó un artículo
titulado ‘Supertramp, el arte del robo’ del que aprovecho su contenido para
seguir hablando de aquel elepé inolvidable.
Supertramp —que después de llamarse,
muy brevemente, Daddy, adoptaron su nombre tirando del título de las
memorias del del poeta y escritor galés W. H. Davies, publicadas en 1908, The
autobiography of a super-tramp, ‘La autobiografía de un súper-vagabundo’— dieron
“un giro improbable” a lo que había sido hasta entonces su discografía, se
reconstituyeron en 1974 y grabaron Crime of the century, “un álbum que
combinaba el poder armónico de los Beach Boys de finales de la década de los 60
con la ambición musical y las texturas excéntricas del rock progresivo
británico”. Consiguieron eclipsar creativa y comercialmente a dos de los
lanzamientos de aquellos meses, el Caribou de Elton John y el Heroes
are hard to find de Fleetwood Mac.
Antes de entrar en los estudios de grabación donde registraron aquel prodigio, la banda se había recluido a ensayar y componer, en noviembre de 1973 a una granja de Southcombe, en el condado inglés de Somerset. Los demás miembros de Supertramp (los nuevos) fueron con sus esposas, Davies y Hodgson, sin pareja entonces, acudieron solos.
Cuando se le preguntó cuatro décadas
después sobre el impacto del álbum, Hodgson no creía que se propusieran ningún objetivo
claro al comenzar a grabarlo, “y tampoco nos dimos cuenta de lo que habíamos
creado inmediatamente”. Lo que está claro es que, mientras los dos primeros elepés
sugerían una banda en busca de un sonido, Crime… mostraba la cohesión
recién descubierta, por fin, entre Hodgson y Davies. El coproductor, Ken Scott,
cuenta que la asociación entre ambos le recordó a Lennon y McCartney: “esas personalidades
diferentes hicieron que la música sonara de la manera en que lo hizo”.
“Rick y yo éramos muy diferentes”,
admite Hodgson. “Y había una gran diferencia en nuestras influencias, pero
también éramos muy parecidos porque éramos muy disfuncionales. Recurrimos a la
música para sentirnos bien con nosotros mismos”.
Le dejo a Phil Alexander despedir
estas palabras sobre aquel elepé memorable:
“Las asombrosas
cualidades espaciales y sonoras de Crime… se combinaron con una
escritura emocional que surgió de las esperanzas y temores de Hodgson y Davies.
Nunca antes, tampoco, habían estado los dos tan bien equilibrados. El barítono
terrenal de Davies casó con el tenor ligero de Hodgson, produciendo un efecto
embriagador, y aunque en los discos anteriores habían sido las composiciones de
Davies las que habían predominado, en Crime… cada uno asumió los roles
principales en cuatro canciones respectivamente.



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