Un golpe de Estado, perpetrado en septiembre de 1923 por el general Miguel Primo de Rivera desde su capitanía general de Cataluña, puso punto y final al régimen constitucional [todavía, por poco tiempo] más duradero de la historia de España. El levantamiento militar guardaba un gran parecido con cualquiera de los típicos y castizos pronunciamientos decimonónicos. Hoy resulta evidente que lo acontecido en esas fechas no puede compararse con las sangrientas intervenciones militares que, en España y fuera de ella, han jalonado la historia del siglo XX (Álvarez Rey 2006, 17). Por esos años no solamente España, sino también Hungría, Italia, Grecia, Portugal, Polonia y Yugoslavia se convirtieron en dictaduras contrarrevolucionarias (Quiroga 2007, 1).
Los regímenes militares de principios del siglo XX apelaron a la represión física y a las ideas nacionalistas para ganarse el apoyo de las masas, legitimarse y socavar la popularidad de la izquierda. Se dirigió la atención pública hacia enemigos internos y externos para integrar a las clases baja y media. De esta forma se integraban las masas en la política sin pagar el precio de la democratización. Para ello se utilizaron no sólo las tradicionales instituciones para adoctrinar, en este caso la escuela y el Ejército, también se utilizaron maquinarias de propaganda, partidos políticos oficiales, milicias nacionales y miles de ceremonias patrióticas. España fue de los primeros países europeos en pasar por ese proceso (Quiroga 2007, 1–2). La España de Primo de Rivera fue uno de los primeros estados sometido a un cirujano de hierro, algo deseado desde los trabajos intelectuales de Oswald Spengler y Alcides Arguedas, y hecho realidad en la Turquía de Mustafa Kemal Atatürk.
Hubo distancia, por lo tanto, entre los militares
españoles que controlaron la política española en algunos momentos del siglo
XIX y Primo de Rivera. Como también la hubo entre éste y la dictadura de Francisco
Franco. Por ejemplo, Primo de Rivera nunca incurrió en la hipocresía
de justificar la ilegalidad de su sublevación. En multitud de ocasiones repitió
que su acto del 13 de septiembre fue ilegal pero necesario (Álvarez Rey 2006,
17). A fin de cuentas, el rey Alfonso XIII seguía
en la jefatura del Estado y la dirección de Primo de Rivera debía durar tan
sólo unos meses. Tal y como Primo de Rivera publicó en el diario El
Sol, el Directorio tomaría el poder quince, veinte, treinta días, los que
fueran necesarios para que el pueblo mismo facilitara hombres públicos civiles,
pero no pertenecientes a la clase política, capaces de gobernarlo (Pérez 2006,
562).
Para ello había que transformar al pueblo español. La
percepción era que existían enormes diferencias entre una minoría surgida del
mundo urbano e industrial, y una mayoría rural tenida por incivilizada en todos
los sentidos de la palabra. Esa es una forma de ver la dictadura de 1923 a
1930, que se prolongaría ya sin Primo de Rivera hasta 1931: la minoría de
europeos residentes en España debían imponerse a las tribus, tal y como había
anunciado en su día Miguel de Unamuno. Hacia 1905,
Unamuno ya veía claro que liberalismo y democracia eran
contrapuestos, y que ésta última implicaba la aniquilación de la individualidad
ante la masa y la colectividad. Cada vez estaba más convencido de que las
elites debían tomar a su cargo el destino del pueblo e imponerle la cultura.
Las masas le parecían la personificación de la barbarie y la incultura (Pérez
2006, 558–9).
Una lucha de oposiciones, de cambios dirigidos desde
arriba que tuvieron amplia resistencia dentro de un orden de cosas autoritario
que se suponía podía meter en cintura a cualquier oposición. Una particularidad
de esa oposición fue que utilizó el mismo discurso patriótico
nacionalista que el del régimen.
El
golpe de Estado
¿Por qué se produjo el golpe de septiembre de 1923? Las razones son múltiples: la precariedad de los gobiernos de turno; la incapacidad del sistema de la Restauración para atraerse y asimilar nuevas fuerzas políticas; el caciquismo y corrupción tan denunciados por los intelectuales; la aguda crisis económica posterior a la Primera Guerra Mundial; el ambiente de guerra social que caracterizó al período inmediatamente anterior a la implantación de la dictadura; la incidencia del problema catalanista; o las consecuencias que en el Ejército, la política y la sociedad española de aquellos años desencadenó el revés colonial de 1921en Marruecos (Álvarez Rey 2006, 17–8, Pérez 2006, 545). Sobre esto último, el golpe permitió a Alfonso XIII eludir su responsabilidad personal en el desastre de Annual porque la comisión investigadora, encabezada por el general Juan Picasso, tenía que informar a las Cortes el 1 de octubre siguiente, cosa que nunca se produjo. El Gobierno, como veremos de inmediato, fue sustituido por el Directorio militar y el rey —encantado de perder de vista a todos los políticos— disolvió las Cortes (Beevor 2005, 23).
Unos diez meses antes del golpe de Primo de Rivera se
había constituido el Gobierno de Concentración Liberal,
presidido por Manuel García Prieto. El propósito de este
gabinete no era otro sino el de llevar a cabo una amplia democratización del
régimen de la Restauración y de la propia Monarquía. Algunas de las reformas
propuestas fueron acabar con el sistema caciquil, impulsar las obras públicas,
o la educación de la mujer (Álvarez Rey 2006, 22–3). Pero el 12 de septiembre
de 1923 Primo de Rivera lanzó un llamamiento al país y al Rjército, y el día 15
era nombrado por el rey presidente del Directorio militar encargado
del gobierno ((Pérez 2006, 545–6).
Es posible que el golpe de septiembre de 1923 no fuera
la sentencia de muerte de un cadáver político, sino la estrangulación de un
bebé democrático que estaba empezando a surgir del mismo parlamentarismo
español. En cualquier caso, el golpe no cogió a casi nadie por sorpresa. De hecho, se hablaba de ello abiertamente en los
periódicos. Los militares tenían el factor de unión que necesitaban, una
oposición radical a la clase política, y un dirigente lo suficientemente
ambiguo como para que fuera aceptado por todos (Pérez 2006, 25). Incluso las
organizaciones obreras se mostraron indiferentes, al principio, ante el golpe
de Estado (Beevor 2005, 23).
Afianzamiento
e intento de institucionalización de la dictadura
Las clases dirigentes, incluidas las de Cataluña, con
las que el general Primo de Rivera había mantenido una excelente relación como
capitán general, recibieron con simpatía la dictadura. Pero la alegría duró
poco en Cataluña: ante su insistencia en la autonomía, el dictador prohibió el
uso público de la lengua catalana y clausuró la Mancomunitat (Beevor 2005, 23).
Las manifestaciones patriótico-nacionalistas fueron
uno de los elementos dirigidos a sostener el nuevo sistema. El otro fue la
creación de un partido oficialista para el régimen, en este caso la Unión
Patriótica, erigido a partir de las uniones patrióticas que había
impulsado Ángel Herrera Oria y su Asociación
Católica Nacional de Propagandistas con el fin de formar un gran
partido católico (Beevor 2005, 24).
Otro de los elementos clave, la paz social, se
consiguió a base de perseguir organizaciones anarquistas como la Confederación
Nacional del Trabajo, aunque ésta ya se encontraba muy desmantelada,
con sus militantes presos o exiliados (Beevor 2005, 24). Desde hacía unos años
Barcelona vivía en medio de un régimen de terror. Los medios conservadores
temían que los disturbios se extendieran al conjunto del país y que
desembocaran en una revolución bolchevique, temor exagerado, sin duda (Pérez
2006, 545). Por otro lado, Primo de Rivera realizó acercamientos con la Unión
General de Trabajadores (UGT), cosa que llevó al sindicato socialista
a colaborar con la dictadura en un organismo corporativo: el Consejo
Superior de Trabajo. Y, en septiembre de 1924, el secretario general
de la UGT Francisco Largo Caballero aceptó
ser consejero de Estado (Beevor 2005, 24, Pérez 2006, 548).
Ese acercamiento al mundo sindical respondía al
interés que la dictadura tenía en querer regular la economía y la sociedad
imitando la organización corporativa fascista (Pérez
2006, 548). En efecto, el régimen primorriverista puso en marcha una ambiciosa
campaña de obras públicas, con especial atención a la construcción de
nuevas carreteras y mejora de las existentes, y al regadío y a la energía
eléctrica mediante la construcción de embalses. Carente, sin embargo, de los
instrumentos fiscales necesarios porque no existían, y no podía crearlos
enfrentándose a la oligarquía, tuvo que recurrir al expediente del presupuesto
extraordinario, que pretendió financiar con deuda pública y que significó a la
postre la creación de una gran deuda pública (Beevor
2005, 24).
Ante las deficiencias del capitalismo español, Primo
de Rivera utilizó los recursos del Estado para apoyarlo. Así, subvencionó los
ferrocarriles —que entonces eran de propiedad privada— y algunas compañías
navieras, y concedió el monopolio de teléfonos a la ITT norteamericana, el de
petróleo a la Compañía Arrendataria del Monopolio de Petróleos Sociedad Anónima
(formada por un consorcio de bancos privados) y el de tabaco de Ceuta y Melilla
a Juan March, que ya era dueño de la compañía de transporte marítimo
Transmediterránea (Beevor 2005, 24–5). Aunque sería justo decir que muchas de
las medidas económicas de Primo de Rivera ya estaban presentes en los
postulados regeneracionistas de Joaquín Costa (Pérez
2006, 547). Unas medidas económicas que pusieron más énfasis en considerar a
los obreros industriales, dejando a un lado a los trabajadores agrícolas (Pérez
2006, 562).
En cuanto al enemigo exterior, los sucesos de Marruecos continuaban
preocupando a los responsables civiles y militares. Después del desastre de
Annual, la zona oriental del protectorado español seguía amenazada por los
hombres de Abd el-Krim (Pérez 2006, 545). Primo de
Rivera no gozaba de las simpatías de los militares africanistas, no veía al
Ejército español lo suficientemente capaz de derrotar a las tribus rifeñas
rebeldes. Pero fue entonces cuando, en abril de 1925, los rebeldes norteafricanos
cometieron el error de atacar la zona francesa de Marruecos, ocasión que
aprovechó Primo de Rivera para convencer a Francia de emprender una acción
conjunta (Pérez 2006, 551). El resultado de esa colaboración sería el desembarco
conjunto en Alhucemas en septiembre de 1925. Fue el primer
desembarco militar con mando unificado de tropas de tierra —con tanques, por
primera vez—, aviación y marina. En otras palabras, fue el primer desembarco
anfibio de la historia. Desde la posición privilegiada de Alhucemas las
diferentes columnas, entre las que se encontraba la del coronel Francisco
Franco, derrotaron a la oposición rifeña.
A parte de esto, la única innovación que incorporó la
dictadura en el campo de la diplomacia fue la concerniente a las relaciones con
las repúblicas de América Latina. En 1899 ya se había
instituido la Fiesta de la Raza para conmemorar la llegada de Cristóbal Colón a
las Antillas, el 12 de octubre de 1492, y exaltar, inmediatamente tras el
desastre de Cuba, los valores espirituales frente al materialismo encarnado por
Estados Unidos. Primo de Rivera recuperó esta orientación e intentó darle un
contenido: una oficina de relaciones culturales, los institutos
hispanoamericanos y, en 1929, se celebró en Sevilla la Exposición
Iberoamericana (Pérez 2006, 551, Roy 1999, 11–2).
Los partidos políticos tradicionales, como no eran más
que meros comités electorales, perdieron su razón de ser al ser disueltos el
Congreso y el Senado. Quedaron, eso sí, otro tipo de partidos, como el Partido
Socialista Obrero Español (PSOE) y la Lliga Regionalista (Pérez
2006, 546). Los militares, a los que Primo de Rivera había colocado en todas
las administraciones, no estaban preparados para la labor que se esperaba de
ellos. Así, el 3 de diciembre de 1925 el Directorio militar
fue reemplazado por otro civil, cuyos miembros recibieron
el título de ministros y pasaron a formar parte de un Consejo de Ministros
presidido por el dictador. Más que políticos parecían tecnócratas (2006, 562).
El
fracaso de la institucionalización de una dictadura
Primo de Rivera cometió el error de querer institucionalizar la dictadura (Pérez 2006, 562). Los conservadores se hartaron del dictador por su insistencia en el Estado corporativo y su retórica sobre el bienestar de los trabajadores; la Iglesia desconfiaba de su regalismo y los banqueros y los industriales de su intervencionismo. Por su parte, tanto los anarquistas como muchos estudiantes presentaron dura oposición al régimen desde 1927 con la creación de la Federación Universitaria Española y de la Federación Anarquista Ibérica (Beevor 2005, 25–6). También hubo impaciencia entre la clase política, formada alrededor de la Alianza Republicana (2005, 25), así como en una parte del Ejército. Esto último quedó demostrado en la protesta de los artilleros en 1926 y los planes de deposición del dictador de algunos militares reunidos alrededor del anciano general Valeriano Weyler. Primo de Rivera creyó que podría superar las dificultades creando en 1927 la llamada Asamblea Nacional Consultiva, formada por tres representantes por provincia: uno por la provincia propiamente dicha, otro por los ayuntamientos, y un tercero propuesto por el partido oficial, la UP. La asamblea se vería completada por representantes del mundo de la cultura, de los empresarios, de los trabajadores, y de otras actividades de la vida nacional, todos ellos designados por el Gobierno. También se consideró la redacción de una Constitución que excluyera cualquier retorno al régimen parlamentario (Pérez 2006, 563–4).
En un último acto de contradicción política del
mandato de Primo de Rivera, esos proyectos no gustaron a nadie, ni siquiera al
propio dictador, que consideraba que el potencial Consejo del Reino y el rey
dispondrían de demasiados poderes. El 26 de enero de 1930 Primo de Rivera pilló
desprevenido a todo el mundo, y dio a conocer sus intenciones a través de la
prensa: consultó a los militares si todavía contaba con su confianza, pero no
recibió ningún apoyo, y presentó su dimisión dos
días después (Pérez 2006, 564, Beevor 2005, 26).
Para liquidar la dictadura, el rey contó con otro
general, Dámaso Berenguer. Se disolvió la Asamblea
Nacional Consultiva, se decretó una amnistía general, y se dispuso que se
reinstaurara la Constitución tal como había funcionado hasta 1923. El error de
Berenguer fue creer que se podía cerrar el paréntesis abierto por el golpe de
Estado y volver a empezar como antes. Además, Berenguer pasaba por ser, con
razón o sin ella, el responsable del desastre de Annual. Fueron muchos los que
tomaron conciencia de los vicios del sistema y vieron cómo la solución no era
volver al pasado, sino cambios mucho más importantes que algunas reformas
anodinas. Una idea se abrió paso, especialmente desde la posición de Alianza
Republicana: la de que la Monarquía se había comprometido
demasiado con la dictadura. En vez de manifestarse como un poder
moderador, por encima de los partidos y garantizando la unidad nacional, la
Monarquía se había identificado con un sistema de gobierno impopular. En otras
palabras, Alfonso XIII y la institución monárquica empezaron a ser considerados
como un obstáculo para la vía de la renovación. En ese momento muchos
depositaron sus esperanzas en un régimen que habría de inaugurar una nueva era:
la república (Pérez 2006, 564–5).
Berenguer presentó la dimisión el 14 de febrero de
1931, y Alfonso XIII formó un nuevo gobierno, presidido por el almirante Juan
Bautista Aznar-Cabañas, quien intentó eludir los obstáculos haciendo
caso de una sugerencia de Álvaro de Figueroa Torres, conde de Romanones: para suavizar el debate sería buena idea empezar
renovando los ayuntamientos. Este tipo de escrutinio, en principio, parecía
presentar menores riesgos políticos, ya que no tenía por qué movilizar
demasiado a los partidos. Se equivocaron (Pérez 2006, 564–65).
Bibliografía
Álvarez Rey, L. (2006), Bajo el fuero militar.
La dictadura de Primo de Rivera en sus documentos (1923–1930), Sevilla,
Universidad de Sevilla.
Beevor, A. (2005), La guerra civil española,
Barcelona, Crítica.
Pérez, J. (2006), Historia de España,
Barcelona, Crítica.
Quiroga, A. (2007), Making Spaniards. Primo
de Rivera and the Nazionalization of the Masses, 1923–30, Nueva York,
Palgrave Macmillan.
Roy, J. (1999), La siempre fiel. Un siglo de
relaciones hispanocubanas (1898–1998), Madrid, Instituto Universitario de
Desarrollo y Cooperación Libros de la Catarata.
Este texto, aparecido el 14 de junio de 2017 en la
revista Anatomía de la Historia, que yo dirigí, iba a formar parte de una breve
historia contemporánea de España que finalmente no pudimos completar, pero que
dio artículos tan excelentes como él.



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