Frente a la llamada historiografía progresista (así se refiere el historiador Rafael Núñez Florencio para hablar de quienes escriben Historia con el objetivo nada disimulado de salvaguardar las bondades de la Segunda República), existen otras visiones del pasado reciente español, algunas en absoluto situadas en el otro lado del espejo ideológico, historiográfico, sino más bien en lo que muchos llaman despectivamente equidistancia y unos pocos, en el peor de los casos, también blanqueadora del franquismo.
Visiones del pasado (escuelas
historiográficas) como la que en cierta manera representa el historiador Guillermo
Gortázar, vitoriano nacido en 1951, miembro destacado del Partido Popular entre
1990 y 2001.
En su artículo del 18 de febrero de
este Segundo Año de la Pandemia para Revista de Libros titulado ‘Romanones, el eslabón perdido de la transición democrática’, Núñez
Florencio escribe sobre el libro Romanones.
La transición fallida a la democracia, de Gortázar (Espasa, Madrid, 2021).
Núñez Florencio analiza el asunto
de fondo de un volumen que es mucho más que la biografía política de uno de los
principales políticos españoles del siglo XX, Álvaro Figueroa y Torres (nacido
en Madrid el 9 de agosto de 1863 y fallecido en la misma ciudad el 11 de
septiembre de 1950), primer conde de Romanones (título de nobleza que la reina
regente María Cristina de Habsburgo le concedió en enero de 1893 en recuerdo de
un antiguo señorío de su familia en la localidad homónima de la provincia de
Guadalajara), presidente del Gobierno en tres ocasiones (en 1913, 1917 y 1919),
alcalde de Madrid a finales del siglo XIX (1894-1895), presidente de las dos
cámaras del Parlamento y, atención, diputado durante cincuenta años, incluyendo
los tiempos de la Restauración y los de la mismísima Segunda República
(1886-1936) ,pero también procurador de las primeras Cortes franquistas (entre
1943 y 1946). Y resume así ese asunto de fondo:
“En pocas palabras: si, como repite Gortázar, el gran reto del primer
tercio del siglo XX, aquí y en muchos otros países, fue la transformación del
liberalismo en democracia, el resultado en el caso español no pudo ser más
frustrante. Ahora bien, si usamos la fórmula de ‘crisis española del siglo XX’,
el foco, argumenta el autor del libro, no debe ponerse en la guerra civil, que
es una mera consecuencia del fracaso anterior. El período clave, según estas
páginas, estaría en los trece años que median entre 1923 –pronunciamiento de
Primo de Rivera– y 1936 –golpe militar de Franco–, por cuanto en ese lapso se
ensayan las dos fórmulas alternativas al asediado –y finalmente abortado–
reformismo del período anterior (1917-1923): primero, la dictadura militar
regeneracionista, cuyo desplome arrastra a la monarquía que la había aceptado;
segundo, el régimen del 14 de abril que, llevado por su radicalidad y sectarismo,
terminará igualmente en fiasco trágico, el alzamiento del 18 de julio que
conduce a la guerra civil”.
Porque Gortázar, quien critica su
libro parece que también –este hincapié es mío–, no libra a la experiencia
republicana del siglo XX de ser considerada como un fracasado proyecto radical
y sectario. Continúo…
Existe un problema de España,
faltaría más. ¿Cuál? Muy sencillo (es un decir), ese problema, originado por
una serie de causas en las que Núñez Florencio (imagino que tampoco Gortázar) no
se detiene, es que todos los propósitos políticos, todos los proyectos, acaban
por malograse en ese transcurso (1923-1936) “y todos los actores o grupos
implicados –políticos de la vieja guardia, militares, partidos republicanos,
intelectuales– no saben, pueden o quieren establecer un sistema político de
libertades que fuera a la vez inclusivo, moderado y de alternancia pacífica en
el poder”.
Estaríamos ante (mejor dicho, somos
herederos de) “un inmenso fracaso colectivo que perdura hasta que después de la
muerte de Franco se logra esa transición, que se convierte así en la transición
por antonomasia”.
Para Gortázar, la época del conde de Romanones es la época de la “transición fallida a la democracia”. En aquellos tiempos se produjo un fracaso que fue claramente responsabilidad de toda una clase política: “la del liberalismo, unos personajes intelectualmente sólidos pero a los que le faltó generosidad, altura de miras y comprensión de los nuevos tiempos”. Entre ellos, claro, el propio Romanones.
Escribe Núñez Florencio que de
resaltar el nombre de algunos de aquellos hombres (sí, hombres, varones,
¿cuándo aparecieron las mujeres en la escena política del siglo XX, lo hicieron
con carácter protagónico?) más que al conde de Romanones deberíamos acercarnos
al mismísimo rey Alfonso XIII:
“Sus intromisiones, su apuesta continuada por el militarismo y, por
encima de todo ello, la aceptación de la dictadura en 1923, hicieron imposible
la transición a un régimen democrático bajo la forma de monarquía
constitucional.”
Algo de verdad tiene que haber en
eso de que conocer la Historia, comprender el pasado, nos ayuda a los seres
humanos: Gortázar considera que al menos alguien aprendió algo de todo aquello,
de la actitud de Alfonso XIII, su nieto:
“En 1975, viene a decir el autor del libro, Juan Carlos I demostró que
había aprendido la lección.”
Sí, cuando la Transición con
mayúsculas por fin fue la definitiva transición española del siglo XX.


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