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Rápidos burros son los últimos de la fila


A cualquier puede sucederle que le toquen en septiembre con una navaja de papel en la ruta del Sur.


Los dulces sueños del dios de la lluvia lejos de las leyes de los hombres son insurrección de aviones plateados.

No puedo más, vamos a ver Portugal o el faro del fin del mundo o Disneylandia.


MALOS TIEMPOS PARA DISNEYLANDIA

Disneylandia es el país de nunca jamás,

un ámbito de cincos y azules diéresis

desde donde cantarle abanicos a los siete años,

a los diez, a los cincuenta amortajados.

No es una canción de la época de la ETA,

o también,

no es un pretérito desierto ni un solsticio,

en absoluto.

Sí y No. Ní y So.

Allí los animales saben hablar

y los humanos sonreírle a la muerte:

allí todo arde como los sueños de un pez,

en un silencio de fuegos artificiales

enmudecidos por las insoportables comillas

que los adultos le ponemos a la vida.

A la vida y a los colores salvajes olvidados.

Nunca acabamos de llegar a Disneylandia

porque somos incapaces de ignorarla.

No todo son certezas y pensamiento:

en el umbral de los días finales

aprendemos casi todo

lo que ya no podrá salvarnos la vida

ni devolvernos aquellos salvajes colores

olvidados en los siete años, en los diez…

Por la noche iré a Disneylandia.


Nuestra querida Milagros ya no danza al son de los tambores, su llanto de pasión es el de un mar antiguo.

No me acostumbro a aquella astronomía razonable de Sara ni a su risa tonta en los árboles que es la de un zorro veloz.

El loco de la calle, que llevará la patria en sus zapatos cuando el mar le tenga, canta por mí.

A veces se enciende cada cuatro días ese músico loco que huele a jazmín y sigue amarrado en la puerta del baile, como un burro, como un rápido, como el último de la fila.


El que canta su mal espanta a base de trabajo duro y sus palabras son cansancio que van como la cabeza al sombrero.

Porque eres huesos, solo huesos, eres mi novia, te llamas Ramón y te quiero bastante: no me hagas sufrir, tú me sobrevuelas.

Moscas aulladoras, perros silenciosos, conflicto armado… y la piedra redonda.



 

MI LOCO DE LA CALLE


a la sombra de un sueño

canta desde su locura de loco

todos podemos escucharle

incluso los que no quieren

redobla la esperanza al oírle

no está en su sano juicio

ni parece afectarle la lluvia

baila ahora y se desnuda

nos despertamos sin él

lejos de su bendita demencia

dispuestos a besar la nuestra

 

Comentarios

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