La cuarta novela protagonizada por el policía griego Kostas Jaritos, esa magnífica invención literaria del gran literato Petros Márkaris, es el quinto libro escrito por éste en el que aparece aquél (el cuarto era un libro de relatos), se titula El accionista mayoritario, se publicó en su versión original en 2006 y dos años después fue muy bien traducida a mi idioma por Montserrat Franquesa i Gòdia y Joaquim Gestí Bautista (que de momento han sustituido solamente en esta ocasión a la habitual Ersi Marina Samará Spiliotopulu).
La historia reciente de
Grecia, especialmente la de Atenas, claro (territorio Jaritos), sigue a
la vista en la serie de Márkaris. Los primeros Juegos Olímpicos del silgo XXI
ya han tenido lugar en el país un año antes (“un milagro dura tres días, a lo
sumo cuarenta, decía mi difunta madre: los Juegos Olímpicos duraron cuarenta
-lo máximo-, después hemos vuelto a las andadas”) y las vicisitudes de Jaritos
y su familia (cada vez más protagonista de estas novelas, afortunadamente) se
enmarcan brillantemente en aquellos días ante nuestros satisfechísimos ojos
lectores, que asisten conmovidos por la cercanía de personajes literarios de
carne, letras, hueso y ficción naturalista. Espléndida ficción naturalista, al
alcance de muy pocos escritores.
“Hoy en día, las tradicionales tiendas griegas
se han visto engullidas por los supermercados y las grandes superficies, y yo
persigo mafiosos, que son de algún modo supermercados del crimen en los que se
vende de todo, desde chicas ucranianas y drogas hasta diversión nocturna o
grandes complejos de oficinas”.
Jaritos (cuyo mayor defecto
es que sólo conoce “dos maneras de dialogar: discutiendo o callándome; y como
no quiero echar más leña al fuego, prefiero callar”) afirma en un pasaje de
esta novela fabulosa aquello de:
“Yo sólo sé que no sé nada”.
Sabio hombre a pie de calle.
Un ser humano cabal pleno de ese sentido que es el menos común de los humanos:
el sentido común. Un hombre sabio, sin necesidad de rodearse de más libros que
su diccionario de consulta obligada e instructiva, que vive en la Grecia de su
tiempo, la de las avenidas “de tipo griego, o sea, un camino de cabras de un
solo carril bautizado como avenida”.
“El prestigio internacional del país no ha
mermado ni crecido, sea porque, como todo el mundo sabe, es tan bajo que nada
lo altera, o porque está tan hundido que ya no puede caer más bajo”.
Un policía que se sabe a
sí mismo “un pequeño-burgués cuya vida transcurre entre pequeñas alegrías y
pequeñas venganzas”.
Estas novelas policiacas protagonizadas por el comisario de policía Kostas Jaritos (“las alabanzas me importan un pito; creo que por eso nunca ascenderé en el escalafón”), auténticas cumbres de la novela negra europea, que yo me he decidido a leer una a una desde la primera hasta la que de en ser la última, son sencillamente un pequeño privilegio literario sencillo y certero para todos cuantos asumimos su realidad de auténtica ficción magnífica. Y El accionista mayoritario está entre las muy notables.
“En el fondo, en cualquier competición, en
cualquier enfrentamiento o lucha, hay tres cosas que siempre ganan: el
cansancio, el sueño y la muerte”.
Seguimos sin olvidar el
pasado griego, el de Jaritos, el de los años de la dictadura militar (“cuando
eres poli y alguien te estropea el día con menosprecios, se te disparan algunos
automatismos y añoras los años de la dictadura”):
“Esto lo hacíamos en época de la Junta
Militar, cuando nos presentábamos en casa de algún disidente y forzábamos la
puerta gritando «¡Abran, policía!», para intimidar a la familia y que nadie se
atreviese a chistar cuando nos llevábamos al padre, o al hijo”.
Seguimos también viendo
a los profesionales del periodismo con los ojos de Jaritos:
“Los periodistas poseen dos grandes talentos.
El de vender las conjeturas como ciertas y el de vender las mentiras como
verdades”.
No lo olvides, esta
Grecia, considerada como la considera Jaritos, es la Grecia donde aun así y
pese a todo viven personajes como él y los suyos.
“Hay policías y policías. Una parte de mis
compañeros se sitúan siempre del lado del poder, sea éste el que sea; otra
parte, que son íntegros y honestos patriotas, creen en el deber; un tercer
grupo no cree en nada y se toma las cosas tal como vienen; y, finalmente, hay
un cuarto que sigue el principio de «jódete y trabaja, ya deciden otros».
Guikas, mi jefe, pertenece al primer grupo, yo al cuarto”.
Yo, por mi parte, de
quien no me olvido es del coche de Jaritos. Porque Márkaris ya había conseguido
crear un personaje inusual: un automóvil, el anticuado y superviviente
Mirafiori de nuestro comisario griego, tan presente en esta novela marcada por
el terrorismo griego ultranacionalista (y no cuento nada más):
“Mi relación con el Mirafiori es como la
relación yerno-suegra. Reniega, murmura, me amenaza, pero al final siempre
acaba haciéndome caso”.
Tampoco puedo olvidarme al hablar de una novela de Jaritos del majestuoso personaje de su esposa, Adrianí. Inigualable. Ni de la hija de ambos, Katerina, tan protagonista en esta novela, y su novio el doctor Fanis.


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