La palabra memento, que significa ‘recuerda’, ‘acuérdate’, procede del verbo latino meminisse, ‘recordar’, y es fiel guardiana de una de las preocupaciones más antiguas y persistentes del ser humano, un clásico en estado puro: la inevitable necesidad de conservar en la memoria cuanto el tiempo amenaza con llevarse.
Vamos a lo
importante. Todo esto, ya ves, viene de muy lejos. Como casi todo. (Cada vez
menos). La tradición. Es lo que tiene. La tradición filosófica, literaria y
artística nos dice que memento es un término ceñidísimo a la conciencia
de nuestra propia mortalidad. ¿Cuál es su expresión más conocida? Dímelo tú: memento
mori, que quiere decir ‘recuerda que morirás’. Menuda advertencia sobre
lo inevitable de la muerte y sobre la naturaleza transitoria de la existencia.
No olvides que la vida es un lapso. Y eso que no hablamos de una exhortación
pesimista, solamente, pues es además toda una invitación a vivir, a vivir peor
con la plena conciencia de nuestra condición mortal. Quédate con esto: recordar
que vamos a morir puede ser, paradójicamente, una manera de recordar que
estamos vivos.
Breve inciso. El memento
mori tiene sus antecedentes en la antigua Roma, pero hay que hacer
una aclaración: no sabemos que se utilizara literalmente esa expresión en
aquellos tiempos. Tertuliano nos tiene dicho que, a finales del siglo II
d. C., durante los desfiles triunfales de los generales victoriosos, un esclavo
situado detrás del homenajeado le recordaba su condición humana para evitar que
la gloria lo llevara a creerse un dios. Es la famosa (¿famosa?) advertencia de Hominem
te memento (‘recuerda que eres un hombre’). La expresión memento
mori recogería, digámoslo así, esa idea de la inevitabilidad de la muerte,
y al parecer se consolidaría más tarde, con la tradición cristiana medieval,
como una suerte de invitación para recordar la fugacidad de la vida, la vanidad
de las glorias terrenales. Menudo no te olvides.
Sigo con el
memento.
En sus Coplas
por la muerte de su padre, el poeta castellano del siglo XV Jorge
Manrique habla de tres vidas humanas: la terrenal, la de la fama y la
eterna. La segunda es la que permanece en el recuerdo de los demás, y acaba por
ser una forma de supervivencia que empequeñece la desaparición física. Aun
muertos vivimos, ¿dónde?: en la memoria de quienes nos conocieron. La eterna,
por si la curiosidad te ha dejado a las puertas de algo, como hace ella, sería
aquella a la que llega el alma luego de la muerte gracias a la salvación
cristiana. Es eterna porque no conoce fin, al fin y al cabo es una existencia
junto a Dios. Dios.
Vamos ahora con la
dimensión religiosa del concepto. En la liturgia católica, el memento
es el instante dedicado al recuerdo de los vivos y de los difuntos. Se trata de
recordar, mediante la oración, a quienes han muerto para mantenerlos presentes,
y así prolongar de manera simbólica su existencia y, finalmente, establecer una
continuidad entre el mundo de los vivos y el de los muertos.
En la vida común,
hablamos de memento cuando nos referimos a un objeto, a una imagen, a
alguna anotación o a cualquier tipo de testimonio que nos permita conservar el
recuerdo de alguien fallecido. Nos sirve entonces acercar algún acontecimiento,
alguna experiencia relacionada con quien ya no está. O sí. También algunos
objetos, como una fotografía, una carta, un libro dedicado, cosas sobre las que
depositamos el recuerdo vivificador de quien así sobrevive.
En su pintura Los embajadores, Hans Holbein el Joven escondió en 1533 una calavera deformada entre dos personajes rodeados de objetos (que simbolizan el conocimiento, la riqueza y el poder) que únicamente acaba por ser reconocida desde una perspectiva determinada: ahí está la muerte, en medio de la vida, necesitamos eso sí cambiar nuestra mirada, nuestra manera de ver, para descubrirla. La anamorfosis es lo que tiene.
Más recientemente,
el cine ha explorado también desde el arte (como los poetas, los pintores…)
esta relación entre memoria e identidad. En el largometraje Memento,
el cineasta Christopher Nolan creó en 2000 una historia en torno a un
personaje incapaz de tener recuerdos nuevos duraderos, que se ve obligado a
recurrir a fotografías, anotaciones o tatuajes para reconstruir su mismísima
existencia. Lo que la película plantea trasciende su argumento: hasta qué punto
somos lo que recordamos y qué es lo que acaba por quedar de nuestra identidad
cuando desaparece toda posibilidad de conservar el pasado.
Por supuesto, la
música también ha expresado esa inquietud: la necesidad de los mementos.
Vayámonos a 1986, visitemos a unos clásicos: Queen. En Who wants
to live forever, una canción que formaba parte de la banda sonora de Highlander,
película titulada en España Los inmortales, el grupo británico se
preguntaba por el sentido de la eternidad ante la fugacidad del amor y de la
mismísima existencia. El fallecimiento de Freddie Mercury, cinco años después,
añadió a la canción una dimensión que su autor, Brian May, no pudo prever: la
voz (¿también el alma?) del cantante continúa viviendo entre quienes la
escuchamos.
Porque el memento
adquiere una significación especialmente intensa cuando lo relacionamos con la
muerte. Hay que tener en cuenta que recordar a los muertos no equivale a
devolverles la vida, es más bien, y no es poco, una de las formas más humanas
de resistirse a su desaparición definitiva. De no decir adiós. Nuestra memoria
quiere conservar algo de quienes ya no están, pero… La memoria, no lo olvidemos
(valga la expresión) sobre todo lo que hace es transformar, seleccionar,
idealizar: y, en especial, olvidar. Ni nuestros recuerdos son inmutables ni
quienes recordamos somos eternos.
Otra canción. Año
2005. En I will follow you into the dark, la banda estadounidense
Death Cab for Cutie imagina el amor como algo que no termina
necesariamente con la muerte. He ahí el deseo de acompañar a quien amamos
incluso en su desaparición, como si nuestros vínculos afectivos pudieran
atravesar lo que quiera que nos separa a los vivos de los muertos. Pero aquí
surge una paradoja difícil de eludir: quienes mantienen vivos los recuerdos de
los muertos también morirán. Y con ellos desaparecerán, si nadie los transmite,
las imágenes, las palabras y las experiencias que todavía conservaban.
Stop. Una
pregunta. ¿Cuándo muere definitivamente una persona: cuando deja de vivir o
cuando desaparece el último recuerdo de su existencia?
Adentrémonos en
una de las dimensiones más inquietantes de la muerte. Me refiero a la
progresiva extinción de la presencia de un muerto, de todos los muertos, de
cada muerto, en la memoria de los demás. Sí, la muerte acaba con las vidas,
pero hay algo peor y es la amenaza del olvido y su tenaz afán para
borrar incluso la huella de que esas vidas existieron.
Se diría que quizá
ese el motivo de que escribamos, fotografiemos, levantemos monumentos,
conservemos objetos, contemos historias y pronunciemos los nombres de quienes
han desaparecido. Ya que no podemos impedir la muerte, intentemos evitar que se
lleve consigo todo cuanto hemos sido, todo cuanto han sido quienes hemos amado,
quienes merecen ser recordados. [Quita, al leerlo, ese quizá de la
penúltima frase].
El memento, así entendido, pasa de ser una advertencia sobre nuestra mortalidad a convertirse en la máxima expresión de nuestra resistencia al olvido.

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