El 23 de septiembre de 2026, Maricarmen Abascal, de ochenta y siete años, fue desahuciada del piso madrileño en el que había vivido más de siete décadas. Salió de allí en unas condiciones penosas. Las imágenes televisivas alcanzaron a todo el país. Ingresó en el hospital Gregorio Marañón y murió el 7 de octubre, sin haber podido regresar a la vivienda pese al acuerdo logrado para hacerlo.
La sucesión de
acontecimientos resulta estremecedora. El desalojo, la hospitalización y la
muerte se produjeron en apenas dos semanas. Esa secuencia no autoriza por sí
sola a establecer una responsabilidad médica o jurídica determinada, pero
tampoco permite desentenderse de las condiciones en que se desarrolló el
conflicto. La tragedia irrumpió en una ciudad cuya marca política lleva años
vendiéndose como una combinación de dinamismo, oportunidades y libertad.
Maricarmen no era
una figura de la oposición diseñada por un gabinete de comunicación. Era una
inquilina anciana, y precisamente por eso la escena desbarataba la comodidad
del decorado.
Se puede proclamar
que Madrid es el lugar donde nadie le dice a uno lo que debe hacer. Resulta
algo más difícil explicar qué libertad concreta disfruta quien no puede
permanecer en su propia casa.
No es que el
Gobierno autonómico dictara aquella orden: confundir competencias,
procedimientos judiciales y responsabilidades políticas sería hacer el mismo
truco que se pretende criticar. Es que la imagen obliga a preguntar por el
alcance real de las promesas y por la responsabilidad de cada administración
ante el problema de la vivienda.
El 8 de octubre,
Isabel Díaz Ayuso llamó “políticos buitres” a sus adversarios de Más Madrid y
el PSOE madrileño, acusándolos de aprovecharse de la muerte de Maricarmen. Y
responsabilizó a una “ley socialista” del desahucio. Hay en esa reacción un
mecanismo reconocible para quien haya leído a Fernández y para quien haya
reflexionado sobre el fenómeno Ayuso.
¿Qué mecanismo es?
Convertir una
interpelación en un contraataque, desplazar el foco de la situación padecida
por una ciudadana hacia la mala fe atribuida al rival. Se puede discutir
legítimamente el uso partidista de una muerte. También cabe exigir a los
responsables públicos que no conviertan la discusión sobre vivienda en un
certamen de ultrajes. Lo singular es la velocidad con que la pregunta por una
vida concreta se transforma en otra reyerta de la Corte.
El detalle más
mordaz lo proporcionó la propia Maricarmen, sin necesidad de que nadie le
escribiera el guion. En una entrevista concedida a TVE, grabada antes del
desahucio y emitida el 23 de septiembre, se le preguntó por las
responsabilidades. Ella mencionó a Pedro Sánchez, a Isabel Díaz Ayuso y a José
Luis Martínez-Almeida.
Circuló, sin
embargo, una versión recortada del vídeo que conservaba la censura al
presidente del Gobierno y omitía las críticas a los dos gobernantes madrileños.
VerificaRTVE documentó la manipulación. He aquí una pequeña enseñanza sobre la
política de los fragmentos: una mujer habla, y la maquinaria de la disputa
procura que diga únicamente aquello que conviene.
El problema no es
que Maricarmen tuviera razón en todas sus imputaciones, sino que ni siquiera se
le concediera el derecho a repartir sus reproches como le viniera en gana. En
la era de la autenticidad tantas veces proclamada, hasta el testimonio de una anciana
necesita pasar por la sala de montaje.
Punto y aparte.
La otra cuestión
no nace de un desahucio, sino de una competencia. Ayuso ha sabido convertir la
confrontación en un idioma reconocible: identifica adversarios, simplifica
dilemas, se muestra asediada y transforma cada respuesta en una prueba de
energía. Pero los idiomas políticos se aprenden y se imitan.
Vox participa
también de una retórica que privilegia el agravio, la denuncia de enemigos y la
impugnación de consensos. No son organizaciones idénticas, ni sus programas se
superponen por completo. Precisamente por eso interesa observar los puntos de
fricción entre una presidenta que gobierna y una fuerza que puede permitirse
denunciar desde fuera lo que considera insuficiente.
La política del
enfado ofrece una recompensa inmediata: convierte el malestar disperso en una
emoción compartida. Su coste es menos visible. Si la legitimidad se obtiene
presentándose como el más dispuesto a desafiar a todos, siempre habrá alguien
decidido a desafiar todavía más.
El gobernante que
habla como un insurgente conserva, pese a todo, una agenda, un presupuesto,
unas competencias y una administración. Debe negociar con las resistencias del
mundo. El competidor que no carga con idénticas obligaciones puede acusarlo de
haberse domesticado. En esa asimetría se encuentra un problema de estructura,
no un pronóstico electoral.
¿Puede la
indignación que Ayuso ha cultivado dirigirse algún día contra ella? Desde luego
puede plantearse la pregunta; lo que no se puede es contestarla como si el
futuro hubiera entregado ya el acta.
Tampoco está
demostrado que la protesta por la vivienda vaya a desembocar políticamente en
Vox. Se trata de movilizaciones, agravios y públicos distintos, aunque todos
participen de un clima de desconfianza hacia las instituciones. La rabia
colectiva no es una sustancia homogénea que circule de una sigla a otra por
vasos comunicantes. Tiene causas, lenguajes y destinatarios diversos.
Precisamente ahí
reside el interés de la paradoja: Ayuso ha mostrado una gran destreza para
alentar y organizar ciertas emociones, pero no dispone de un monopolio sobre
ellas. Ha contribuido a normalizar un lenguaje de confrontación cuyos efectos
no puede controlar enteramente. El estilo político que sirve para impugnar a
los adversarios puede ser utilizado por otros para impugnar a quien gobierna.
La tentación de
anunciar su caída sería, además, una forma involuntaria de homenaje a su
propaganda. Su trayectoria enseña que las predicciones sobre el agotamiento han
resultado poco fiables. Más fecundo que preparar el obituario político de una
dirigente en ejercicio es preguntarse qué ocurre cuando la excepción se vuelve
norma.
El insulto
repetido pierde novedad, así como la bravata exige otra bravata. Por su parte,
el adversario deja de escandalizarse y empieza a competir en decibelios. En ese
punto, la ventaja comunicativa puede transformarse en una carrera de obstáculos
que el propio corredor ha colocado.
Este texto pertenece al artículo de Justo Serna ‘Isabel Díaz Ayuso. El poder en escena’, publicado el 16 de octubre de 2026 en Historia 21, que puedes leer completo EN ESTE ENLACE.
Comentarios
Publicar un comentario
Se eliminarán los comentarios maleducados o emitidos por personas con seudónimos que les oculten.