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Grabar ruido en el orden adecuado (segunda parte)

Viene de Grabar ruido en el orden adecuado (primera parte)

 


Hablemos de las grabaciones. En su Breve historia de la música, leemos a Javier María López Rodríguez…

 

“En 1857, el escritor, impresor y librero Édouard-Léon Scott de Martinville patentó en Francia el fonoautógrafo, artefacto destinado al estudio de la acústica con el cual se podía grabar una imagen física del sonido en un papel ahumado, aunque no existía un sistema para una reproducción del mismo. En 2008, gracias al uso de un sofisticado programa de ordenador, se consiguió conocer el sonido de estas imágenes. De esta forma, el fonoautógrafo ha terminado ganándole el puesto al fonógrafo inventado por Thomas Alva Edison (1847-1931) en 1877 como el medio más antiguo conocido para registrar sonido. Resulta llamativo que Edison considerase a su invento, capaz de grabar sonidos en cilindros con superficies de estaño o cera dura, una mera curiosidad sin valor comercial. De hecho, le aterraba la posibilidad que tanta mala música pudiese quedar registrada para la posteridad”.

 

Al fonógrafo le seguirá el gramófono, “patentado en 1888 en Estados Unidos por el inventor de origen alemán Emile Berliner (1851-1929)”, gracias al cual surgió el disco, formato que, con diversas variaciones, estuvo presente como principal soporte hasta finales de la década de 1980. Después, tras la aplicación de la electricidad en los años veinte del siglo XX, la cinta de casete, el cartucho… “hasta llegar al CD y a los masivos sistemas de almacenamiento digital actuales. La expansión de los sistemas fonográficos resulta capital para entender la recepción y la percepción que de la música ha tenido el siglo XX, puesto que esta trepidante evolución tecnológica ha puesto a disposición de grandes masas de oyentes una inmensa y variada fonoteca de estilos”.

Para David Byrne, según leemos en su extraordinario libro Cómo funciona la música, las grabaciones desarraigan y conectan al mismo tiempo. Un concierto “forma parte de la emoción; ocurre delante de ti, y en un par de horas ya no estará. No puedes apretar un botón y sentir la experiencia otra vez. Dentro de cien años será un recuerdo lejano, en el mejor de los casos”. Pero lo que habitualmente consumimos, lo que escuchamos más a menudo, continuamente en mi caso… son grabaciones:

 

“Del mismo modo que la fotografía cambió nuestra manera de ver, la tecnología de grabación cambió nuestra manera de escuchar”.

 

En la reproducción musical, “la tecnología neutral no existe”. No obstante, aunque “las grabaciones congelan la música y hacen posible su estudio, la música sigue siendo una tradición oral y física ligada de una persona a otra”:

 

“La historia y la cultura no se pueden preservar mediante la tecnología sola. Las grabaciones desarraigan la música de su lugar de origen”.

 

En efecto, desarraiga, pero las grabaciones musicales también conectan mundos mentales y físicos:

 

“Oír por primera vez una pieza musical extraña y nueva abre una puerta que ni siquiera sabías que existía. Recuerdo escuchar Mr. Tambourine man de The Byrds siendo adolescente y, tal y como volvería a ocurrir tantas otras veces después, fue como si una parte oculta del mundo se revelara ante mí de repente. Aquella música no sólo sonaba diferente, sino que era socialmente diferente. Daba a entender que había todo un mundo de gente que vivía de forma diferente y tenía valores diferentes de la gente que yo conocía en Arbutus, Maryland. De repente, el mundo era un lugar más grande, misterioso y emocionante, y ello se debía a que me había tropezado con una grabación”.

 

Nos preguntamos con David Byrne si ha acabado Internet con la música grabada:

 

“Puede que el futuro de la música grabada como fuente de ingresos significativa para los artistas sea cosa del pasado. Tal vez sea rentable o no, pero en cualquier caso no es el fin de la música”.

 

Él cree firmemente que “una vida dedicada a la música es aún posible”. Y muestra las vías por las que los músicos circulan en ese sentido hoy en día.

Byrne (que me deleitó con un inolvidable concierto el 10 de julio de 2018, en el Real Jardín Botánico Alfonso XIII de la Ciudad Universitaria madrileña) no hace prisioneros cuando se refiere a la calidad del sonido de la música que venimos escuchando los humanos:

 

“A lo largo de la historia de la música grabada hemos tendido siempre a supeditar la calidad a la conveniencia”.

 

Lo que mejor suena es el directo, luego los vinilos, después los cedés y, finalmente, la música digitalizada en formatos tipo mp3. A la pregunta “¿dónde termina esa serie de concesiones, e importa realmente si perdemos un poco de calidad por el camino?”, Byrne se responde un poco cínicamente, pero a mí sus palabras me sirven:

 

“Quizás [un sonido] suficientemente bueno no esté mal”.

 

Puede que nos baste con apreciar “los componentes extramusicales que la música lleva consigo”. Resulta indudable que “la tecnología ha cambiado cómo suena la música, cómo se compone y cómo la experimentamos. También ha inundado de música el mundo” saturándolo, y si antes era algo inusual por lo que había que pagar y acudir a un concierto o interpretarlo uno mismo, “ahora escucharla es universal y el silencio es la rareza por la que pagamos y que saboreamos”.


Sabemos del inevitable componente industrial, de creación para el negocio, que tiene la música pop en tanto que el arte de masas que es. Un negocio de reproducción de copias desmoronado desde hace décadas que se mantiene casi exclusivamente en estos días por su capacidad de interpretación en vivo ante audiencias más o menos masivas.

Dedicaré algunas palabras más al pop como industria que ignora o valora, vilipendia o exalta su valor artístico con el único objeto de arrojar dividendos que permitan vivir de él a algunos y enriquecerse a unos pocos. Ignoró o valoró, vilipendió o exaltó, mejor dicho. Porque conviene no olvidar que, al menos, durante la existencia del gran imperio de las compañías discográficas, el de las grandes empresas del espectáculo de la música pop (que duró décadas), el mercado fue el que determinó en gran manera el devenir artístico de la música pop. No en vano, el gran llenapistas y muy exitoso músico Barry White, la gran figura del soft soul de la década de 1970, reconoció que “las verdaderas superestrellas son los que compran los discos”.



¿Vender música es vender sentimientos?

Este texto pertenece a mi libro La música (pop) y nosotros. Sílex ediciones, 2021

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