De 2026 es el interesante libro La muerte del Homo sapiens, escrito por Ernesto Montoya. Un libro que comienza preguntándose, preguntándonos: ¿Quién no teme a la muerte?
“Me
llamo Ernesto Montoya y me dedico a la divulgación del patrimonio histórico y
natural, sobre todo de las zonas donde crecí y me desarrollé como ser humano,
Extremadura y Andalucía. Desde que tengo uso de razón le tengo pánico a la
muerte”.
Centrémonos, con la ayuda del autor:
“Podría
decirse que la muerte nos hace humanos. La conciencia de la propia
muerte es consecuencia de la complejidad mental del Homo sapiens desarrollada
durante un extenso y complejo proceso de evolución a lo largo de nuestra
historia filogenética.
En esa necesidad
que nos caracteriza como especie de explicar lo desconocido hemos generado
infinidad de mundos a los que viajar después de la muerte, y no solo
eso, sino que hemos creado una serie de ritos funerarios (ligados a
factores emocionales, sociales y espirituales) para hacer que ese tránsito
entre el plano terrenal y el más allá se complete satisfactoriamente y sirva de
consuelo a los vivos”.
Lo que pretende quien lo ha escrito
con este libro es narrarnos su percepción de la propia muerte, cómo ha marcado
su vida y cómo ha aprendido a convivir con la idea de la desaparición de sus
seres queridos y la suya propia “a través de la búsqueda de respuestas como
especie”.
Los ritos funerarios que aparecen en
el libro “son una selección consciente y personal, elegida no por su
exhaustividad, sino por su capacidad para expresar” lo que Montoya quiere
contar.
“El libro no busca
explicar la muerte. Busca compartir una forma de mirarla, apoyándose en la
experiencia acumulada de quienes, mucho antes que nosotros, también intentaron
entender qué significa perder y desaparecer”.
La eternidad es, leemos en el
libro, “no volver a existir nunca, nunca, nunca…”.
Recordemos: ¿quién no teme a la
muerte? “Quizás el miedo sea clave para entender cómo el ser humano concibe
la muerte”. Ya lo dijo aquel filósofo y poeta romano a quien conocemos como
Lucrecio, para quien “el miedo fue la primera madre de todos los dioses.
Miedo, sobre todo, a la muerte”. Temor y fascinación, esa mezcla incómoda que
siempre ha provocado la muerte.
“Evitar
la muerte es la causa principal de la actividad humana, ya que en mayor
medida la vida de todo ser que la posee consiste en sobrevivir y, por
ende, diseñar y llevar a cabo las acciones posibles para evitar, por desgracia,
lo inevitable. Es por ello que cuando la muerte ocurre, todo se desmonta y un
pánico terrible nos recorre la espalda y nos revienta el estómago.
Desde una
perspectiva evolutiva, el sentido fundamental de la vida es la supervivencia
y la reproducción”
En nosotros, en los humanos, la
necesidad básica de “sobrevivir para reproducirse ha trascendido, dando lugar a
impulsos más complejos, como el pensamiento simbólico, la cooperación social,
la cultura y la búsqueda de sentido a la vida y a la muerte”. Solo
nosotros, nuestra especie, los homo sapiens, tenemos la capacidad “de
ser consciente de la muerte, de construir una cosmogonía en torno a ella y
crear espacios destinados a los muertos”.
Las comunidades humanas tenemos un
proceso cultural común: la muerte. La forma de ese acto cultural, de ese hecho
cultural, depende de factores históricos, geográficos, sociales y políticos.
Montoya hace un recorrido, bastante
detallado, sugerente y completo, desde nuestros más remotos ancestros hasta la
antigua Roma y el tiempo muy posterior de los incas, para mostrarnos cómo los
seres humanos hemos ido abordando, conviviendo con ellos, estos asuntos,
este asunto: el asunto de la muerte. Me interesa resaltar que el libro
hace hincapié en algo esencial en todo esto, que “en los momentos más
antiguos de nuestra historia la muerte ya era un acontecimiento social, cargado
de significado y compartido por toda la comunidad”.
Los enterramientos, analizados
con el foco de los historiadores, informan más allá de la muerte, pues lo que
hacen es hablarnos de “cómo una comunidad se pensaba a sí misma”, al dejar a la
luz que “quién merecía ser enterrado, cómo, con qué objetos y junto a quién son
decisiones profundamente sociales”.
“Enterrar a los
muertos, cuidarlos, despedirlos y recordarlos no encaja en una visión
simplificada de la prehistoria como un tiempo de pura supervivencia
animal. Encaja en una humanidad plenamente consciente de la fragilidad de la
vida y de la necesidad de sostenerse colectivamente frente a la pérdida”.
Los enterramientos serían algo así
como “una especie de archivo social”. Quedan en ellos registrados “valores,
afectos, tensiones y formas de entender la diferencia”. Existentes desde el Paleolítico,
cada comunidad de aquellos tiempos “sus propios códigos, y la muerte se
convirtió en uno de los principales escenarios donde esos códigos se hacían
visibles”. Aquella primitivísima religión, la del hombre paleolítico, era “un
sistema de orientación vital, un marco compartido” que servía para intentar
“convivir con la escasez, el peligro y la muerte”. Todavía el ser humano no
pretendía con los enterramientos explicar qué ocurriría después de la muerte,
se conformaba con “integrar la pérdida dentro de un relato comprensible para
los vivos”.
En este proceso histórico, pronto, en
el Neolítico, surgió una pregunta: “¿Qué hacer con los muertos cuando
la vida deja de ser fugaz y el territorio comienza a heredarse?” El autor
la responde así:
“Desde un punto de
vista antropológico y sociológico, la muerte constituye uno de los grandes
desafíos de toda comunidad humana. No solo por la pérdida biológica de la
persona que desaparece, sino porque introduce una fractura en el orden social.
Al morir alguien, se rompe una red de relaciones, de funciones y de vínculos. Enterrar,
recordar, ritualizar o monumentalizar son mecanismos para reparar esa
ruptura y devolver la estabilidad que el grupo perdió con el fallecimiento de
uno o varios individuos”.
Todo el libro gira en torno al hecho
de que “la muerte incomoda”, es algo que nos obliga a afrontar “algo que
preferimos mantener en segundo plano”. Algo que nos interpela una y otra vez: “¿qué
ocurre cuando dejamos de estar?, ¿qué queda de nosotros?, ¿cómo se enfrenta una
comunidad a la pérdida?”. Y ahí radica la razón de ser de la obra, pues “el
estudio de las culturas del pasado es una manera de acercarnos a esas
preguntas con más herramientas”.
Ernesto Montoya concluye que dado que
el miedo a morir nos acompaña como especie desde nuestros orígenes, lo
que hemos hecho ha sido “crear múltiples mundos imaginarios para sostener
nuestra presencia terrenal y darle sentido a la vida”. Para él, no cabe
duda de que “la muerte ha sido una gran creadora de culturas” y además “uno de
los motores de la realidad humana”. Muchos avances tecnológicos, muchas
dinámicas sociales, las religiones y las manifestaciones artísticas “giran, en
el fondo, en torno al mismo impulso: sobrevivir”.
Lo curioso, digamos, es que pese a
que “la mayoría de las culturas, aun imaginando mundos distintos después de la
muerte, la entendieron como parte de un ciclo, en la actualidad parece que
intentamos apartarla”. Para el autor la razón de ello la encontramos al
comprender todo un “proceso histórico, cultural y social que se intensifica
especialmente entre los siglos XIX y XX, alcanzando su máximo exponente tras la
Segunda Guerra Mundial”. Montoya explica que…
“Con la revolución
médico-científica del XIX y el auge del modelo hospitalario moderno, el
proceso de duelo y acompañamiento en la muerte se transformó por completo.
Morir dejó de ser un hecho natural y compartido para convertirse en un episodio
médico, casi en un trámite clínico. La gente pasó de morir en casa, rodeada
de los suyos, a hacerlo en el hospital, un lugar extraño, impersonal y
aséptico”.
El fallecimiento de alguien dejó así de ser “un acto
profundamente doméstico y comunitario” para convertirse en lo que hoy, al menos
en esta parte del mundo, ha dado en ser lo que es: “morir se ha convertido
en un fracaso” y la muerte empieza a entenderse como “un error que la
ciencia corregirá tarde o temprano”, porque se supone (eso cree el autor) que
nuestras sociedades idolatran el control y rechazan los límites. Para Montoya,
existe un discurso dominante “de control, de superación constante y de
crecimiento sin fin” que no ve bien lo que de inevitable tiene la
muerte, ese igualador inconquistable.

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