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Las canciones de Tu sonrisa sin temblar (cuatro)

[Tu sonrisa sin temblar es el cuarto libro de Víctor Colden, publicado en 2022, y está lleno de canciones. Sigo con esas canciones.]

 


“Me asomaría a la ventana para, desde ahí, a salvo, mirar la vida, como en la canción de los Jam. O, mejor aún, bajaría la persiana y así no vería la frialdad de los bloques de pisos y los patios que había al otro lado del cristal. Intentaría detener el tiempo con mis fantasías. Escucharía una y otra vez mis cintas y mis discos, sobre todo el último single de Nacha Pop que me había comprado hacía unas semanas: en la cara A estaba esa canción, No puedo mirar. Por más que intentaba no pensar en Virginia al escucharla, no lo conseguía: cerraba los ojos, volvía a ver su sonrisa y me echaba a temblar”.


 

“Sucedió un día en que íbamos hacia casa de Fredo, a la salida del colegio. Por fin iba a grabarme el disco de La Broma de SSatán que yo me sabía ya casi de memoria de oírle a él cantar las canciones: Ahógate en el WC, Baila pogo sobre un nazi y otras.

Fredo esa tarde en su casa se disponía a copiarme el disco de La Broma de Ssatán en una cinta virgen. ‘Ahora escucha’, pidió él colocando la aguja sobre el primer surco. Reconocí la letra, era Terrorismo autorizado, otra de las canciones que mi compañero punky me cantaba en clase: la historia de uno al que un facha se le acercaba por la calle para decirle que España no iba a estar orgullosa de él. Baquetti se echó a reír como siempre, abriendo mucho la boca, y al terminar acompañó el estribillo de la canción tocando la batería en el aire”.



“Nos alejamos a grandes pasos hacia Princesa, caminando bajo la llovizna, con la emoción de estar huyendo del colegio. Los dos llevábamos gabardinas, color beis la mía, la que me había regalado mi padre, de un tono más claro la suya, y los dos nos habíamos subido las solapas del cuello.

- We are the mods we are the mods -entonó Mario.

- We are, we are, we are the mods. Jaja. Por cierto, parecemos Paul Weller y Mick Talbot.

- Sí, tú eres Mick Talbot y yo soy Paul Weller.

- Más quisieras.

Había cosas que terminaban y cosas que empezaban. Las cosas que empezaban podían ser las mismas o casi que las que se habían terminado, lo normal sin embargo era que fueran distintas, que aunque conservaran algo de la de las de antes, y eso le añadía al asunto una gota de amargura, hubieran cambiado tanto que ya fueran otras en realidad. Después de separarse los Jam, Paul Weller había creado un grupo nuevo, The Style Council. Su primer single nos lo había prestado Vicente, el amigo de Baquetti. No sonaban como los Jam, pero había en esa canción una energía parecida que estaba sobre todo en la voz de Weller, en el entusiasmo, en la pasión, en la fe con la que cantaba, eso no había cambiado. Justo al pasar en frente de la casa de Virginia, en Alberto Aguilera, la cabeza se me llenó del sonido fresco y chispeante de Speak like a child: tenía la misma alegría de nuestra amiga, la alegría de su risa, de cuando respondía a las bromas de Juanjo o decía tonterías.

¿Y no sería Almudena, la chica que vivía en Pozuelo, a la que no podía olvidar Mario ahora? ¿No sería por ella por la que necesitaba estar solo de vez en cuando para hundirse en la tristeza? Mucho sentido no tenía, pero eso era lo que decía la letra de la otra canción que se había puesto a cantar; el tono melancólico de Party chambers, la cara B del single de Style Council, le iba muy bien a la mañana gris y húmeda de otoño y al sonido de los neumáticos en el asfalto mojado”.



“ ‘Me resultaría difícil elegir’, respondió Mario cuando le pregunté cuál era su canción favorita del último disco de Los Secretos. ‘Ahora sí te digo que esa que se titula De vuelta, tan sencilla, tan humilde, tiene algo, no sé, algo muy delicado y, al mismo tiempo, con mucha fuerza, una especie de melancolía traicionera, no me extrañaría que dentro de 30 o 40 años, y no exagero, eh, nos siga emocionando igual’. […]

O, a lo mejor, lo que pasaba era que los seres melancólicos como él, o como yo, como Enrique Urquijo y su hermano Álvaro, no podíamos desembarazarnos de la tristeza aunque no hubiera nada en nuestra vida que la justificara, la llevábamos siempre dentro. ¿Por qué había personas alegres y personas tristes? […]

Huyendo del ruido del tráfico de los bulevares busqué calles más tranquilas. Iba silbando de vuelta la canción del último disco de Los Secretos de la que me había hablado Mario, no podía sacármela de la cabeza. ¿Cómo iba a sospechar que él tenía razón y que esa canción permanecería ahí dentro más de 30 años? Tampoco podía saber que cuando volviera a escucharla tanto tiempo después recuperaría con ella la lluvia de una extraña mañana de octubre a principios de los 80, la larga conversación con mi amigo y cómo mientras callejeábamos por Madrid, fugados del colegio, le iba yo mirando de reojo intentando comprender…



“En el salón, Nuria y Margarita se habían hecho fuertes junto al aparato de música. Como habían puesto una cinta de Mecano los amigos de Baquetti se habían reunido en un rincón con gesto de desprecio o se habían dispersado hacia el interior de la casa. Yo no había terminado el vaso que Eva me había llenado de ginebra y limón en la cocina y bailaba mareado ahora al ritmo de Spandau Ballet. Todos nos reíamos con los movimientos estrambóticos de Armando Overo y de Adrián Margallos que imitaban en broma a los ‘nuevos románticos’. No sabía si era una impresión mía nada más pero Sara parecía evitarme, me daba la espalda. Sonaban Depeche Mode, Alaska y Los Pegamoides, el Come on Eileen de los Dexys Midnight Runners. Juanjo lo observaba todo desde una pared, nunca bailaba, le daba tanta vergüenza hacerlo que hasta se resistió sonriente a la existencia de Eva cuando ésta fue a buscarlo a su rincón […] Fredo trasteaba en el tocadiscos el sonido se hizo más rápido y más sucio reconocí el inicio de Autosuficiencia. ‘Por Eduardo’, gritó el punki y se unió a sus amigos, que habían ocupado el lugar del baile abandonado por Nuria, Isabel, Margarita y los demás. […]

Al empezar a bailar, Eva me había puesto las manos sobre los hombros. Ahora debía de haberlas juntado detrás de mi cabeza. Yo percibía el calor y la suavidad de sus manos y aumenté levemente la presión de las mías en sus caderas. Entonces sí sentí como se movía uno de sus dedos. Era como si me rascara un poquito, despacio, Sí, íbamos a besarnos. Solo esperaba que no fuera ahí delante de los demás por muy oscuro que estuviera el salón. ¿Y si entraba Virginia con Mario? Al terminar de sonar el Avalon de Roxy Music, Sara se separó de mí, iba a beber algo. Dudé unos segundos antes de seguirla. Estaba en la cocina, se servía agua del grifo, la abracé, se volvió riéndose y nos besamos”.



“En Camoens había mucha gente. Al avanzar con dificultad hacia el escenario buscando a Juanjo me llamó la atención ver grupos de punkis, de nuevos románticos y de rockers, no me imaginaba que les pudiera interesar Nacha Pop. […] El rugido colectivo de fervor y de alegría cuando salieron por fin al escenario Antonio, Nacho Brooking y Ñete fue aún mayor que el de antes. Hola, gritó Antonio Vega al micrófono y sin dar tiempo a que se apagara el saludo que le devolvieron cientos de gargantas, sonaron los primeros acordes de No necesitas más. El público respondió con otro bramido de entusiasmo. A mi izquierda, Eva me cogió del brazo para acercar la boca a mi oído y decirme con los ojos azules muy brillantes qué guapo es Antonio. Todos coreamos la canción saltando y bailando. Al sonar luego precisas y contundentes Atrás, Déjame algo y Juego sucio pensé con orgullo que los rockers, los punkis los tecnos y los nuevos románticos tendrían que reconocer lo buenos que eran Nacha Pop.

Un tema nuevo, esperemos que os guste, anunció el cantante tras más de media hora de concierto. Yo siempre había creído que era difícil emocionarse con una canción que escuchaba uno por primera vez, por eso en cuanto oí el rasgueo de la guitarra y la voz desnuda de Antonio me sorprendió darme cuenta de que ya me había enganchado a lo que supuse que era una balada. De repente entraron los demás, con fuerza la batería de Ñete, el bajo de Brooking y la guitarra de Nacho rompiendo el comienzo lírico con un ritmo potente. Al buscar con la mirada a Mario para intercambiar una expresión de elogio y asombro vi que Eva seguía bebiendo de una botella que le había pasado Adrián.

La tercera sorpresa de la noche llegó al terminar Una décima de segundo. […] Intentaba concentrarme en la canción que Nacha pop tocaba ahora, que además era una de mis preferidas —Luz de cruce—, pero me lo impedía el placer de sentir de nuevo el tacto y el calor de la piel de Sara mezclado con el placer de lo clandestino. […] Fue justo al oírse los primeros acordes de Chica de ayer, con las notas del bajo de Brooking, y al tiempo que brotaban de la multitud el sonido de los aplausos y un murmullo de emoción noté algo en la mano que tenía libre, la mano izquierda, algo que me tocaba. Al bajar la mirada vi que lo que pasaba como si no me estuviera pasando a mí: vi y sentí en la piel cómo Eva me buscaba la palma de la mano con su mano y cómo entrelazaba sus dedos con los míos. […] Así fue como escuché o medio escuché Chica de ayer, sintiendo en mi mano derecha la piel ya conocida de la mano de Saray en mi mano izquierda la piel suave de la mano de Eva. […]

Había sonado el acorde final. Todo el público rompió a aplaudir. Todo el público menos Sara, Eva y yo. […] No contaba con que en ese instante empezaría a oírse No puedo mirar, la canción que ya asociaba inevitablemente a Virginia. […] Me sentí ridículo, me sentí patético, me sentí culpable, me sentí triste, me sentí derrotado. Solté muy resuelto las manos de mis amigas y sin decirle nada a ninguna de las dos, ni mirarlas siquiera, me acerqué a Juanjo y le propuse que fuéramos a comprar otra litrona. […] En el escenario el grupo ya tocaba Vidas agridulces. Sí, todo era un poco dulce y a la vez un poco agrio, o un poco amargo. ¿Y si me iba a casa sin despedirme? No estaba seguro.

Orinando contra un árbol, a oscuras, oí cómo empezaba Nadie puede parar. Era el momento de estar con mis amigos, con el público, de volver a saltar y a bailar, no iba a darme tiempo, había bebido mucho y no acababa… Sólo había dado unos pasos por fin cuando, de la nada, surgieron dos sombras. Eran dos hombres, uno bastante más alto que el otro. ¿Llevas dinero? Danos la cartera, rápido. […] Eché a andar hacia Marqués de Urquijo. La canción terminó. ¡Adiós Madrid!, oí cómo gritaba Antonio Vega en el escenario, a mi espalda, y la ovación del público. Caminaba deprisa, con miedo, temblándome las piernas y los brazos. No quería más sorpresas”.


Continúa

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