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Kilgore y la Guerra de Vietnam (por Justo Serna)


Vuelvo a ver Apocalypse Now (1979), de Francis Ford Coppola. Vuelvo a tener sensaciones parecidas a las que experimenté la primera vez. En otro momento dije cosas… Ahora añado y me corrijo.

En este film, todo cobra dimensiones míticas. Una parte de la cinematografía está en su celuloide, en la sucesión de sus planos. En nuestra memoria. No recuerdo el número de veces que la he visto. Me descuento. Volver a verla es descubrirla una y otra vez. Es rememorar la adaptación libre de Heart of Darkness (1902), de Joseph Conrad.

Es regresar a Vietnam, a la guerra, a la jungla. Es remontar un  río. Es tropezarse de nuevo con el teniente coronel William “Bill” Kilgore. Es enfrentar, mucho después, el rostro de Kurtz.

¿Quién es Kurtz, ese personaje remoto al que hay que alcanzar? El apellido resulta exótico, de resonancias difíciles. ¿Quién es? Insisto. Es un personaje remoto al que aún no hemos llegado, al que todavía no conocemos. Lo envuelve una tenebrosa leyenda.

Tardaremos en verlo, tardaremos en remontar todas las dificultades que nos opone la naturaleza para acceder a ese último refugio en el que se guarece, en el que es tirano o mandamás absolutamente enloquecido.

Le precede una aureola inquietante. Se dice que era un militar corajudo y sensato y que ahora, con el grado de coronel, se ha convertido en un ser bestial: alguien o, mejor, algo que incumple las normas básicas de la civilización.

La jefatura militar manda a alguien que lo busque, que lo encuentre. Tiene el encargo de sorprenderlo, capturarlo, someterlo, liquidarlo.

El capitán Willard, joven oficial de Inteligencia, debe perseguir su rastro, su estela; debe remontar el río entre la jungla sorteando y evitando a ‘Charlie’, el enemigo inmediato, inminente, camuflado; debe hallar a Kurtz.

El recorrido es infernal. Hay fuego, bombas, proyectiles, incendios inacabables. Las detonaciones enajenan, provocan fatiga, la fatiga de combate. Willard habrá de sobrellevarla aturdiéndose con alcohol y narcóticos y descubriendo el horror.

Pero antes de Kurtz… está William “Bill” Kilgore. Llegan helicópteros que traen repuestos y transportan también a un personaje impresionante, que se agiganta con su demencia bélica. Destruye lo que controla.

¿Quién es ese individuo? Kilgore. Lleva gafas American Optical (AO) Original Pilot FG-58. Se cubre con sombrero de fieltro negro, el sombrero de la US Cavalry. Parece un tipo tronado. Según proclama enérgicamente, aspira a hacer surf en medio del combate: en una playa vietnamita, en medio del horror.

Ese individuo fuma un cigarrillo perpetuo. Bebe cerveza Budweiser. Es macho, macho man. Lleva el pelo completamente rasurado. Lo dicho: es el teniente coronel Bill Kilgore.


Lo interpreta Robert Duvall y apenas necesita aparecer para adueñarse de la película. No es el protagonista, desde luego. Tampoco es el personaje que Willard busca. No es el misterio que mueve el relato. Y, sin embargo, cuando Kilgore entra en escena parece que Apocalypse now se detiene para dejarlo pasar.

¿Qué tiene? Tiene autoridad. Tiene seguridad. Tiene una seguridad monstruosa. A su alrededor explotan las cosas, silban los proyectiles, corren los soldados. Él permanece erguido. No parece sentir miedo. Quizá no lo sienta. O quizá el miedo haya dejado de significar para él lo que significa para nosotros. Los demás se agachan; Kilgore permanece de pie. Ese detalle importa.

El oficial se mueve por el campo de batalla como si estuviera en casa. Da órdenes, observa, decide. Habla de surf. Se interesa por las olas. Reconoce a un surfista célebre entre los hombres que acaban de llegar y, de pronto, aquel encuentro parece importarle tanto como la operación militar.

¿Es un fanfarrón? Sí. ¿Es un loco? Probablemente. Pero no es un cobarde ni un inútil. Tampoco es un bufón. Y ahí está una de las perturbaciones mayores de Apocalypse now.

Kilgore no parece haberse apartado de la guerra. No ha desertado, no se ha refugiado en la jungla, no ha creado un reino propio. No es Kurtz. Todavía no. Kilgore obedece y manda, organiza y da órdenes. Cumple su cometido. Conserva la jerarquía, el uniforme, los modales del oficial. Es eficaz. Extraordinariamente eficaz. Quizá eso sea lo más inquietante de todo. Tiene incluso su código.

Puede ordenar la destrucción de un poblado y, poco después, preocuparse por un herido. Puede mostrarse brutal y caballeresco. Puede dispensar agua a un enemigo moribundo y al instante siguiente olvidarse de él porque alguien le presenta a un surfista que admira.

¿Contradicción? No necesariamente. En Kilgore las contradicciones conviven sin molestarse: la compasión y la violencia, la cortesía y la barbarie, el valor y la frivolidad, la disciplina militar y el capricho. Todo cabe en él.

No es un loco que la guerra haya expulsado de la normalidad. Es alguien perfectamente adaptado a la normalidad de la guerra. Allí funciona. Allí parece estar en su elemento.

Incluso su apellido parece una broma demasiado perfecta. Kilgore. Kill. Gore. Matar. Sangre. Vísceras. El nombre suena a personaje inventado para una alegoría y, sin embargo, Coppola y Duvall consiguen que tenga cuerpo, presencia, realidad. Kilgore no explica la guerra. La encarna.

‘Charlie’ no hace surf. Se embosca y procura atacar al primer descuido de los americanos. Los helicópteros se disponen a arremeter, pues no pueden arriesgarse a una sorpresa. Con el toque del Séptimo de Caballería, los helicópteros arrasan.

Está amaneciendo. Cuando comience la ofensiva pondrán a Richard Wagner, dice Kilgore. Empieza el baile, la cabalgata. Oímos el comienzo del tercer acto de La valquiria. La música que desde entonces muchos ya no podemos separar de esas imágenes.

¿Por qué Wagner? Kilgore lo explica con una naturalidad escalofriante. Lo emplea para atemorizar. La música precede a los helicópteros, anuncia que llegan. La guerra necesita también una puesta en escena. Y Kilgore es un director de escena.

Llegan en formación los helicópteros a la playa. Los vietnamitas corren. Mientras, los estadounidenses lanzan sus proyectiles. La música se confunde con el estrépito de la munición. El éxtasis es global. El suelo es aniquilado; las imágenes se incendian. Los helicópteros aterrizan; los hombres, cuerpo a tierra, avanzan descargando furiosamente sus ametralladoras.

Es una representación, un espectáculo, una obra de arte de la destrucción. Wagner pone la música. Kilgore dirige. Hay algo más. La guerra de Kilgore necesita espectadores. Necesita música, frases, gestos, sombreros, insignias. Necesita una coreografía. No basta con vencer. Hay que representar la victoria.

El poblado vietnamita ha sido prácticamente eliminado y las heridas y los desastres se amontonan. Aterriza el helicóptero de Kilgore. Todo parece sucumbir. Pero hay olas. Olas de dos metros.

Kilgore está en tierra. Le rodea el humo. Caen proyectiles. Hay muertos, heridos, explosiones. ¿Y qué ve él? Las olas. Van a hacer surf. Los demás quieren protegerse. Él quiere que hagan surf. Le advierten del peligro. Kilgore se irrita. ¿Peligro? ¿Qué peligro?

En eso consiste su demencia y quizá también su cordura. La playa es un objetivo militar, pero es además una buena playa. La guerra destruye el paisaje y al mismo tiempo Kilgore lo contempla como quien ha encontrado el lugar perfecto para practicar su deporte favorito. Nada parece contradecirse. Ni Wagner y las ametralladoras. Ni el surf y los cadáveres. Ni el valor y la barbarie. Ni la disciplina y la demencia.

Entonces llega el napalm. Kilgore se agacha. Huele. Reconoce el olor. Le gusta. Lo asocia con la mañana, con el combate, con la victoria. El napalm es una sustancia incendiaria. Quema. Devasta. Carboniza. Pero Kilgore habla de su olor. Eso es lo espantoso: ha convertido la destrucción en una experiencia de los sentidos. La contempla, la escucha, la huele. Wagner entra por los oídos; el napalm, por el olfato; las olas, por los ojos. La guerra se ha convertido en una experiencia estética.

Y de pronto dice algo todavía más extraño: “Someday this war’s gonna end”. Algún día esta guerra terminará. Hay ahí un instante fugaz, casi imperceptible. Una melancolía. ¿Melancolía? Kilgore parece lamentar por anticipado el final de aquello que a los demás los destruye. La guerra es su circunstancia, su escenario, quizá su hogar. Cuando termine, ¿qué será de él?

Tal vez ahí sepamos finalmente quién es Bill Kilgore. No es simplemente un militar enloquecido. Si sólo fuera eso, resultaría fácil condenarlo, clasificarlo, olvidarlo. Es peor: es un hombre que ha encontrado una coherencia en el horror. Kurtz ha traspasado el límite. Ha abandonado la obediencia y ha levantado en la selva su propia ley. Kilgore, en cambio, permanece dentro. No necesita escapar del ejército para alcanzar el horror. Lo lleva consigo. O, peor aún, el horror forma parte del orden que representa. Kurtz inquieta porque se ha vuelto loco. Kilgore inquieta porque quizá no.

Tiempo después, el barco se encamina por el río hacia Kurtz. Willard debe encontrarlo y reducirlo. Según todos los indicios, el coronel ha enloquecido. Eso dicen. Nosotros acabamos de conocer a Bill Kilgore.

¿Sólo Kurtz ha enloquecido?

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