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El arte por el arte


¿Hay que ponérselo fácil al que lee cuando se escribe, al que ve una peli cuando se dirige o un lienzo cuando se pinta, al que escucha una canción cuando se compone e interpreta…?

¿O, por el contrario, hay que considerar que quien nos lee, nos ve o nos escucha es alguien tan listo, tan formado, tan agradecido con el aprendizaje como para saber perfectamente lo que tenemos en nuestras cabezas cuando escribimos, filmamos o cantamos?

¿Y si tratamos a quienes está destinado el arte como personas que acuden al arte para disfrutar del mundo que les aprisiona con todas sus torpezas, sinsabores, euforias, ligerezas, explosiones y atardeceres insufribles para ponerles frente a un mundo sin sus torpezas, sinsabores, euforias, ligerezas, explosiones y atardeceres insufribles?

Claro que, tal vez, ocurre que a quienes creamos nos importa más bien poco lo que necesiten esos seres humanos que acaban por sufrir, disfrutar o, más comúnmente, ignorar cuanto hacemos creyéndonos dioses pequeños.

Por cierto, al hilo de esto (o quizás traído por los pelos), la mejor manera de infravalorar a algo o a alguien es decir que está infravalorado.

Y, aunque esto sí que ya no viene mucho al caso, al fin y al cabo, ya lo decía el siglo pasado el filósofo Theodor Adorno: «El arte es magia liberada de la mentira de ser verdad». Las cosas de Adorno.

[El dibujo es de Eris, luego ya se ha coloreado solo.]

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