De 2011 es la novena novela de la escritora española Belen Gopegui, titulada Acceso no autorizado.
“En
esos días el sistema integrado de interceptación de telecomunicaciones
se encontraba operativo para un elevado porcentaje de las conversaciones
telefónicas, mensajes cortos e intercambio de datos electrónicos. Desde
diferentes salas distribuidas por todo el país, usuarios autorizados de las
fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado accedían a la información almacenada
en los dos centros de monitorización. Los bits viajaban por cables y por ondas.
De cerebro a cerebro una suave neblina de gotas pequeñas, imaginarias, se
extendía por la ciudad, atravesaba rejillas y ventanas y entraba en los
corazones”.
Así que esas tenemos. Pregunto. Una novela sobre el poder y sobre el ejercicio temible del poder. Pues sí.
Pero Acceso no autorizado es algo más. Es una historia donde lo
esencial, lo que más me ha concernido a mí al menos es cómo la autora nos
sitúa ante ese errar entre las nieblas forcejeando que es la política, aquello
que nos concierne a todos.
Una novela repleta de asuntos que me
interesan poco o nada, más bien que soy capaz de atender mal, sin ganas de
tener ganas, con más esfuerzo del que quería dedicar a su lectura: los
dedicados a aquellos chicos que “habían cruzado la adolescencia jugando en
máquinas que ahora parecían prehistóricas pero que tenían el encanto de haber
sido pioneras; cerrados tras la puerta de su cuarto, de noche, oyendo de vez en
cuando el módem como un sonar submarino”, aquellos chicos que “llegaron a
sentirse pequeños dioses con acceso a centrales remotas donde se controlaba el
poder, el ejército, el conocimiento”. Y todo lo que lleva aparejado ese
mundo de accesos sin autorización a los ordenadores (y los móviles) de los
demás, uno de los dos ejes narrativos centrales del libro. Pero una novela
notable, tensa, directa, sinuosa y comprometida.
“En
el modo gráfico los ordenadores se colgaban, las órdenes tropezaban entre sí.
En la intimidad gráfica de la vida real, el relato desaparecía por exceso de
información, yo no quiero saber todo lo que te gusta si no estás conmigo porque
duele, yo necesito un poco de oscuridad”.
De sus dos principales protagonistas
me fascina el personaje de la vicepresidenta del Gobierno español, la
socialista Julia Montes, de la que pronto sabemos que siente “en el pecho el
dolor de algunas de las cosas que no hizo”.
El poder, sí, ya digo…
“El
ejercicio del poder se caracteriza, entre otras cosas, por un continuo ir y
venir de secretos que hay que administrar.
Secretos
retenidos, secretos para ir soltando muy lentamente, secretos compartidos por
un núcleo mayor o más pequeño, secretos troceados. Hay que tenerlos en la
cabeza recordando cuál es su radio de acción, quiénes saben, quiénes pueden
llegar a saber, quiénes no deben conocerlos bajo ningún concepto”.
En este caso, estamos (sin datar,
pero sí nombrando alguna personalidad política y a los dos principales partidos
españoles, el PSOE, que había dejado atrás hacía décadas “la voluntad de
transformar”, y el PP, que si hubiera gobernado “en los últimos tiempos
en lugar de los socialistas, habría aumentado el número de personas
desprotegidas”) ante el ejercicio del poder en la España reciente.
“La
vicepresidenta argüía que cada mal resultado electoral dejaba un rastro de
medidas sociales abandonadas, propiedades públicas vendidas y negocios sin
freno cuyas consecuencias recaerían en cuerpos vivos, con sus nombres y su
desolación”.
Ya sabes, lo público y lo privado
como principales cimientos enfrentados del gobierno en esta España del siglo
XXI. Con, además, “la chapuza haciendo su aparición” y “adueñándose de
todo”, de vez en cuando.
“A veces agitando
banderas imposibles como si hubiera paraísos”.
El poder y los que se rebelan, que,
como dice un personaje de la novela cuando le preguntan por ellos: “no están, o
ceden o se largan”.
“¿Qué
pasa con las consecuencias”?
“Luego
vienen las justificaciones”.
La política, en fin, que es
definida por alguien en el libro como “la organización de la vida”. Porque Acceso
no autorizado es una novela política, una novela sobre política, una
novela entregada en cuerpo y alma a lo que la política hace y a los que la
hacen. Y en ese aspecto es una novela sensacional que, en un momento se
pregunta/nos pregunta: “¿por qué los débiles son tan fuertes?”.
“Solamente
los locos hacen su destino”.
Los diálogos de Gopegui son muy
cinematográficos (ella, su escritura, lo es). Mira este:
“-Cuando
te desengañas ya no te puedes engañar. Una putada.
-Creer no siempre
es engañarse”.
Me gusta cuando se dice de un
personaje, un hacker (otro más, de esos de “noches con un termo de café
y el universo entero al otro lado”), que se negó a entrar en una empresa de
telefonía que quería contratarle porque “quería estar al otro lado, no donde se
controla y se cobra y se convierte la riqueza en escasez sino donde abren las
verjas que estaban cerradas y lo que es abundante se distribuye”. Porque
considero que lo mejor de la novela es ese mostrarnos la opción de estar al
otro lado, del que distribuye, no del que se lo queda. Luchar
contra esas empresas que lo que hacen es “crear escasez y sacarle beneficio”.
Tomar partido, como hace Belén Gopegui. Como nos invita a hacer.
“Al
fin y al cabo, reía, ser comunista es eso, ¿no?, organizar la
insignificancia”.
De lo que no cabe duda es de que,
finalmente, no hay “un votante medio”, pues todos tenemos sin excepción nuestra
propia angustia, nuestro rencor, nuestro “pedazo de felicidad”. Y que somos
incapaces de explicar nuestros actos sin justificarlos.
¿Los ricos no piensan? ¿No se
dedican a ello porque no lo necesitan? Eso dice uno de los personajes de la
novela de Gopegui.
“Pensáis,
claro, pero es un pensamiento simulado. Vais andando por el cable con red, y no
os caéis. ¿Significa eso que mantenéis el equilibrio? No puedes responderme
porque la red forma parte de tu horizonte, y no te interesa ni necesitas saber
cómo tendrías que sostenerte en un mundo sin ella”.
Imaginemos por un segundo que “vivir
consiste en averiguar lo que tienes delante, no en elegirlo”. Fin. Bueno
no, escuchemos a la vicepresidenta para terminar:
“Ya
nadie ignora que el bienestar general tal como lo hemos conocido es imposible
de sostener. Pero continuar con el expolio de lo común mientras aumenta el
control de la ciudadanía y se recorta su capacidad de decidir no debe ser la
única opción, no puede serlo. Es nuestro país, el espacio temporal de nuestras
vidas, es nuestro derecho a organizar un bienestar distinto y compartirlo”.
Ahora, sí, fin. “Y seguimos errando en esas nieblas”.

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