Cada vez que tiene lugar el gol de Iniesta
todas las cien mil razones cesan de
repente
y dejamos de ser nosotros de uno en
uno
para convertirnos en una zamarra de
sangre,
en un solo domador definitivo de la
furia
capacitado para extender de una vez
por todas
la democracia a través del aire
irrespirable
del porvenir interesado en el
progreso.
Cada vez que tiene lugar el gol de
Iniesta
lo que acaba ocurriendo en verdad
no es más que la sublime constatación
de que la realidad se nos da un
ardite
y lo que ciertamente nos importa
es que los sueños los tengan otros
y uno solamente tenga que rezar
para que los echen por televisión.
El gol de Ferran lo metí yo cuando
jugaba en La Pradera,
lo metió Quique cuando jugaba en el
Unamuno.
El gol de Ferran llegó tras un pase
de Manolo en el campo B,
y lo celebramos como si la vida fuera
a ser eso.
Muchos años habían pasado desde lo de
Pelé,
desde lo de Panenka, desde la muerte
de la muerte
cuando yo llegaba a mis doce años.
Muchos desde que mi primo Chuchi,
que estuvo a punto de jugar en el
Alcoyano
para subirnos la moral a los Salas
derrotados,
me regalara aquellas botas negras
suyas
con sus tres rayas blancas
inaugurando el tiempo.
Algunos años desde aquel gol de
Iniesta
que ya tiene su poema.
Pocos desde que a España volvió a
vérsela el plumero
de la dialéctica de los puños y las
pistolas
sin puños, sin pistolas y sin
correajes.
Por eso el gol de Ferran seguirá
siendo, por fin,
aquel gol que yo debí meter alguna
vez
pero del que ahora mismo no me acuerdo.

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