Cuando se estrenó en 2023 la película estadounidense Napoleón, dirigida por el exitoso y habitualmente reconocido director Ridley Scott (el creador de Alien, Blade Runner y Thelma y Louise, entre tantas otras), las redes sociales se incendiaron (ya sabes, como se suele decir cada vez que cientos de miles de usuarios de ellas las llenan de diatribas más o menos abominables sobre un asunto concreto) ante el inapropiado valor historiográfico de la misma. Ante sus continuas lagunas explicativas del pasado y, sobre todo, ante sus decenas de errores históricos concretos y perfectamente medibles.
Por aquel entonces, a finales de aquel año 2023, yo
escribí en mi muro de Facebook que “hay que ser muy imbécil para enfadarse
porque un director de cine o un novelista o un cantante pop no sepan explicar
lo que en realidad supuso Napoleón, lo que en realidad fue. También para
creerse que uno va a saber lo que supuso y fue Napoleón viendo una peli,
leyendo una novela o escuchando un disco musical”.
Sigo pensando igual, pero… Sí, siempre hay un pero.
En este caso, el pero de las estúpidas palabras del propio Ridley Scott
para defenderse de aquel alud de críticas demoledoras contra las simples mentiras
de su película… de ficción. Estas palabras:
“Napoleón muere y luego,
diez años después, alguien escribe un libro. Luego alguien toma ese libro y
escribe otro, y así, 400 [sic] años después, hay mucha imaginación [en los
libros de historia]. Cuando tengo problemas con los historiadores, les
pregunto: Disculpa, amigo, ¿estabas allí? ¿No? Bueno, entonces cállate la
puta boca”.
No me da la gana de callarme la … boca. Ridley, en los
libros de Historia sí que hay (a veces) mucha imaginación, pero no hay
arbitrariamente conculcaciones de lo que se sabe a ciencia cierta ni
explicaciones insuficientes. Claro que, a ti, como artista, qué te importan las
explicaciones y la verdad.
El caso es que…
El caso es que un año después he visto por fin el Napoleón
de Scott. Esa autoparodia. Y me ha gustado. No mucho. Aunque valoro
extremadamente que su larguísima duración, 158 minutos, no supuso un baldón a
la hora de disfrutar de la película. Disfrutar relativamente, que quede claro,
pues el guion de David Scarpa no lo pone fácil, con su manera de subrayar
insuficientemente lo que se quiere que veamos.
Salvador Llopart resumió en La Vanguardia lo
que yo acabé viendo meses después:
“Scott recrea -o inventa-
de forma espectacular, con emoción visual propia de su genio cinematográfico,
buena parte de los momentos épicos que marcaron la trayectoria del personaje”.
Napoleón es Joaquin Phoenix, más que aceptable si no en el papel del emperador de los franceses, sí como el personaje que Scarpa y Scott han querido inventarse para entretenernos. Y Josefina, su primera esposa, la famosa Josefina, es asunto de Vanessa Kirby, que está bastante afinada como mujer enamorada de un gigante de su tiempo. ¿No?
Lo mejor, la excelente fotografía, a menudo
prodigiosa, de Dariusz Wolski.
También estoy bastante de acuerdo con uno de los
críticos cinematográficos del diario madrileño El País, Carlos Boyero,
para quien “deslumbra el poderío visual del director” y hay en el largometraje
“momentos brillantes, aunque en general me asalta la frialdad o la indiferencia
hacia lo que me están contando”.
O con Luis Martínez, crítico en El Mundo, para
el cual se trata de “una versión tan espectacular como inane del personaje”; y
con Desirée de Fez (El Periódico), que la estima como “insólita y
obstinada” y cree que su baza principal son “las espectaculares escenas de
batalla”: sí, es “un placer contemplar secuencias tan bien concebidas (...) y
contundentes”.
Antes decíamos eso de se puede ver cuando
queríamos decir que no merece mucho la pena una película.
Se puede ver.



Se puede ver como espectáculo cinematográfico, entonces. Una ficción más, eso sí, bien narrada, La veré en cuanto esté disponible en algún canal de estos... Por cierto, qué cansos son estos fans y odiadores de las redes.
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