El arte de la ficción, publicado en 2018 en español (con la excelente traducción de Eugenia Vázquez Nacarino) por la editorial Salamandra, es un libro que recoge (leamos lo que el editor dijo de él) las “tres conferencias dictadas en la Universidad de Virginia” por el escritor estadounidense James Salter “a los ochenta y nueve años, pocos meses antes de morir” (falleció en junio de 2015), donde “desmenuza los aspectos esenciales de su oficio con el mismo tono íntimo y directo tan apreciado por los amantes de la buena literatura”. El libro fue publicado originalmente en 2016 con el título The art of fiction.
Esta brevísima obra produce una enorme delicia
lectora, a la que une un incalculable valor como pequeño ensayo sobre lo que
la escritura es.
La edición española se abre con un prólogo a cargo del
distinguido escritor español Antonio Muñoz Molina (quien recoge que otro
gran escritor estadounidense, Richard Forddijo que “las mejores frases de la
prosa americana las ha escrito James Salter”)¸ titulado ‘Lecciones de
escritura’ (que había sido antes un artículo de Muñoz Molina para El
País aparecido el 10 de marzo de aquel año 2018), donde podemos leer este
lacónico “enseñar literatura es poco más que leer en voz alta y animar a la
lectura atenta de lo que uno considera admirable”. La gran lección de
Salter, “la única”, es “el trabajo incesante” de un oficio que “es una mezcla
de exigencia y de abandono, de diciplina sin excusas y temeraria libertad”.
El primer capítulo del libro, la primera conferencia,
lleva su mismo título: ‘El arte de la ficción’.
“Hay quien se desmaya con
sólo ver algo, o al oír una noticia o la voz de alguien al que daba por muerto,
pero nadie se desmaya por leer un libro. Y eso no quiere decir que los libros
carezcan de poder sobre nosotros; su poder es de otra índole. Cuando lees,
no ves ni oyes nada, y, sin embargo, te parece que sí”.
Para James Salter, “los libros son contraseñas”
que “nos regalan el milagro de un mundo completo”.
Tiene un especial interés la división entre los dos
tipos principales de escritores que existen. Salter se vale de la que hizo el
escritor turco Orhan Pamuk, “inspirado por un influyente ensayo de Schiller,
Sobre poesía ingenua y poesía sentimental”, que distinguía dos clases de
escritores: ingenuos y sentimentales. Los ingenuos serían “los
escritores que son naturales, como un manantial, espontáneos”, que carecen de conciencia
de cómo escriben, ya que “les sale de dentro”; por ejemplo, Dante, Shakespeare,
Cervantes, Sterne y Goethe. Los escritores sentimentales, por su parte, son
los que “se enfrentan a diversos problemas de estilo y técnica y parecen, en
consecuencia, un paso por detrás de los más agraciados, como estudiantes
tenaces, pero más lentos; escritores como Flaubert, Tolstói, Gógol, Virginia
Woolf, Thomas Mann “y prácticamente todos los demás”.
A diferencia del habla, “escribir es mas difícil”, pues “precisa de la elección de la palabra justa”, en tanto que el habla es un mero atributo natural de los humanos que “en gran medida sale espontáneamente, casi al tuntún”. No en vano, “el estilo es el escritor en su totalidad”. Aunque Salter prefiere la palabra voz a la palabra estilo, porque esta última parece remitir a adorno o moda:
“El estilo es una
preferencia, la voz es casi genética, absolutamente distintiva”.
No solemos tener una voz propia cuando comenzamos a
escribir (como escritores), estamos influidos o atraídos por algún “escritor
consolidado” que nos deslumbra. Llegamos incluso a adoptar “su forma de ver las
cosas”. Luego, muy lentamente, ese “vínculo se debilita” hasta que nuestra “propia
escritura, a fuerza de práctica, cambia”, hasta que llega un momento en que al
escribir somos ya nosotros mismos, “del todo, sin mediación”, y sonamos tal
como somos.
El segundo capítulo del libro, la segunda conferencia,
se titula ‘Escribir novelas’.
“La narrativa cuenta una
historia, y las historias son la esencia de las cosas, el elemento
fundamental”.
El motor de la literatura son las ganas de saber.
Es esa petición del lector al escritor: “por favor, sigue contando la
historia”.
La trama, con sus elementos causales y sus
sorpresas, “es algo más que la historia”.
¿Por qué escribimos? Por
placer, sin duda, pero como éste finalmente no es tan grande, se necesita un
impulso más. ¿Cuál? “Complacer a otros”. Para que otros nos admiren (eso admite
Salter): “para que me quieran, para ser elogiado, reconocido”.
Admitir que inspirarse en la vida no es una
renuncia al arte:
“Por supuesto, muchos o la
mayoría de los personajes de ficción están tomados de la vida, o al menos en
buena medida”.
Los escritores, según Salter (y tantos y tantas),
“siempre han tomado lo que necesitaban de la realidad y a veces más de lo que
necesitaban”.
Salter reproduce las sabias y emocionantes palabras de
otro escritor, el británico Evelyn Waugh, en torno a este asunto de la
realidad como fuente de la escritura de ficción:
“Si los aficionados
pudieran meterse en la cabeza que escribir novelas es un oficio laborioso y
muy cualificado… No consiste en sentarse detrás de un biombo y anotar las
conversaciones de los demás. El material en bruto es el cúmulo de todo lo que
has visto, oído o sentido en tu vida, y debes examinar ese inmenso montón de
escoria humeante que es la experiencia, medio sofocado por los vapores y el
polvo, rascando y escarbando hasta encontrar entre los descartes unos pocos
objetos de valor. Entonces hay que ensamblar esos fragmentos deslucidos y
abollados, pulirlos, ordenarlos y tratar de disponerlos de un modo coherente y
significativo. No se trata de llenar a la brava un bidón de basura y luego
vaciarlo de nuevo”.
Precisamente, el tercer y último capítulo del libro,
la tercera y última conferencia, se titula ‘Convertir la vida en arte’.
Sencillo. Escribir es sencillo, nos explica
James Salter.
“En el fondo, escribir es
sencillo. Es básico, como un martillo y unos clavos, o por decirlo de otra
manera, como cantar una canción. O hablar solo. Hay reglas, eso sí. Hay
gramática y sintaxis, la forma y la estructura de las frases y la relación y la
disposición de las palabras, que aprendes, mal que bien, de pequeño escuchando
e imitando, por repetición”.
Se puede aprender a escribir. Se puede enseñar
a escribir, pues “se parece a enseñar a bailar”. Pero para aprender a bailar
hay que tener sentido del ritmo. Como para aprender a escribir hay que tener…
Los libros, que “señalan un periodo o un lugar” acaban
convirtiéndose “en ese lugar y ese momento”.
Sobre cómo y cuándo escribe Salter:
“Escribo más o menos como todo el mundo, creo. Intento escribir con regularidad. Cada día me cuesta arrancar. Si consigo dejar una línea o unas pocas palabras que me ayuden a retomar el hilo, va un poco mejor. A veces el día va bien. A menudo, no. Me he resignado a la certeza de que lo que escriba me decepcionará. Escribo cuando no me apetece, pero no cuando me asquea. Creo que escribo para cierto tipo de persona —no voy a definir exactamente quién, aunque tal vez sea una mujer—, pero no para todo el mundo. Para una mujer inteligente”.
[[arte de Pedro Arjona]]


Gran libro este, sí señor.
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