La presencia angustiosa y fatal del destino en la obra que nos ocupa ha hecho que sea interpretada y calificada, por importantes estudiosos de la misma, como “drama del destino”, un género muy conocido en Europa por las fechas en que Ángel de Saavedra, exiliado por entonces en Tours, parece que escribió la primera versión del texto. Y, efectivamente, don Álvaro se encuentra predestinado por nacimiento, tal y como anuncia la gitana Preciosilla —que ha leído las líneas de su mano— en las primeras escenas de la obra. Este sino, que da nombre al título del drama y fue recogido en la versión operística de Verdi, constituye el fondo filosófico que subyace tras la romántica historia de un amor trágico e imposible, el cual constituye su principal o más inmediato atractivo. En cualquier caso, ambos núcleos temáticos se encuentran fatalmente relacionados y no se puede comprender plenamente el Don Álvaro sin atender a la confluencia de estos.
Considero interesante reflexionar sobre la actitud de
la familia del marqués de Calatrava, cuyo peso es fundamental para explicar ese
supuesto destino trágico que persigue al protagonista de la obra. Don Álvaro
resulta un personaje simpático a nuestros ojos y nos identificamos con él, pues
lo sentimos como una víctima inocente de unas situaciones que no desea y en
todo momento trata de evitar con todas sus fuerzas. Es cierto que su origen
desconocido, sin nombre que lo respalde —pues lo oculta—, hacen de él un
pretendiente, para su hija, indeseable a los ojos del marqués de Calatrava; y
que el amor de ambos jóvenes se antepone a cualquier convención social, e
incluso a la voluntad paterna (ese es su único delito); pero la actitud
violenta e irracional del marqués, quien se niega a escuchar siquiera al joven
que tiene enfrente, a quien desprecia, insulta y vilipendia con virulencia
antes del fatídico accidente que le arranca la vida, tiene una gran parte de
responsabilidad en la tragedia que conlleva su muerte. Don Álvaro comete el
error de sacar su pistola, es cierto, pero solo para defender su vida; y,
rendido y postrado humildemente ante el padre de su amada, es solo un fortuito
accidente el causante de la muerte de este. E igual actitud violenta, vengativa
e irracional —ligada asimismo a una convención social muy arraigada en España,
la defensa del honor— es la causante de la muerte de los hijos del marqués,
quienes persiguen implacables a don Álvaro para darle muerte; así como a su
hermana, a quien consideran igualmente causante de su deshonra y de la muerte
de su progenitor.
A lo largo de toda la obra, don Álvaro manifiesta una actitud ejemplar y heroica, muy humana, incluso piadosa; siendo víctima, si no del destino, al menos de seres humanos que no le dejan otra opción que matar. Con la mentalidad de la época en que el texto fue escrito y es ambientada la historia, resulta del todo punto imposible evitar las muertes que tuvo que ocasionar. La del marqués fue, simplemente, un accidente al que el propio don Álvaro llama destino: “Yo a vuestro padre no herí, / le hirió solo su destino” (vv. 1520-1521); y la de sus hijos, el resultado de su actitud vengativa: “que solo anhelo venganza / y sangre…” (vv. 1500-1501), afirma don Carlos; “Soy un hombre rencoroso / que tomar venganza sabe” (vv. 2266-2267), ratifica don Alfonso. Aunque el tema del destino tiene un peso importante en la obra —tanto el sino funesto de don Álvaro como el de Leonor son anticipados por Preciosilla en la escena segunda del drama—, no podemos obviar que los sucesos acaecidos en el texto tienen poco de sobrenaturales y son las pasiones humanas, como el rencor y la venganza que mueve a los hijos del marqués, las que mueven los hilos de la trama, ahondando cada vez más en la tragedia.
No obstante, resulta difícil deslindar venganza y
honor en el universo calderoniano en que se desarrolla este drama, así que, en
buena medida, sentimos también como víctimas al marqués y sus hijos —sin
olvidar a Leonor—, pues su comportamiento responde al esperado asimismo de un
caballero en su tiempo. He ahí otra tragedia, netamente romántica, por otra
parte: la imposición de unas normas que hay que cumplir, por encima del propio
hombre y de los sentimientos individuales. Nos hallamos ante la lucha del yo contra
la sociedad, tema esencial del Romanticismo.
Vemos que las posibilidades interpretativas de Don
Álvaro o La fuerza del sino son, pues, muy numerosas; tanto que
podríamos calificarla como una tragedia de tragedias:
tragedia del amor imposible, tragedia de honor y venganza, tragedia del
destino, tragedia del yo frente a la sociedad…
[Este texto pertenece al libro de 2014 de José Luis González Subías titulado Don Álvaro o La fuerza del sino. Estudio y edición de un manuscrito “apócrifo”.]


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