En la madrugada del 26 de febrero de 2024, un cómic recopilatorio de Batman que estaba en la librería del salón, sobresaliendo un poco, se terminó venciendo a un lado, a eso de la 1.40 horas, despeñándose sobre una escultura sedente de Tintín, provocando la caída de ambos personajes, causándole al segundo, al menos a su imagen esculpida, la muerte por traumatismos irreversibles y roturas varias. El estruendo del impacto contra el suelo de ambos objetos, especialmente del que se fragmentó en dos decenas de pedazos, me despertó repentinamente. Milú permanecía en la librería, en esta ocasión sin decir nada.
Me costó entender lo que había sucedido, porque estaba
medio dormido y porque la posición de los objetos convertía en inverosímil el
suceso. Supuse que era todo cosa de ella. Que lo había hecho para llamar mi
atención. Es algo propio de la persona que marcó de tantas formas nuestras
vidas. Cuando me dormía, en ese momento incierto entre la vigilia y el sueño,
noté cómo el fantasma de mi madre, que ahora se viene a mi casa y a las de mis
hermanos, me decía, con más sorna que acritud: "¿dónde quieres que esté si
unos albañiles no paran de hacer ruido en la Beata?".

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