Cuarenta años después de su último largometraje de ficción, el reputadísimo cineasta español Víctor Erice estrenó por fin su cuarta película, él que estrenaba cada diez años una, hasta que tras El sur tardó estas cuatro décadas: de 2023 es Cerrar los ojos (entre una y otra varios cortos y un larguísimo documental en el que se veía crecer un membrillo).
Cerrar los ojos también dura lo suyo, aunque inexplicablemente no lo parece. Erice escribe el flojísimo guion junto a Michel Gaztambide y uno de sus méritos (fallidos) es ver por fin como protagonista al hasta ahora siempre sensacional Manolo Solo, aquí excepcionalmente acompañado por Jose Coronado y Ana Torrent, aunque no tanto por Helena Miquel, Mario Pardo, Josep Maria Pou, María León, Petra Martínez y Juan Margallo.
La música original de este flojillo drama del tipo de cine dentro del
cine es de Federico Jusid y la fotografía de Valentín Álvarez.
Me quedo con lo que un aficionado, que firma como Javicaysa, escribiera con
mucho arte en FilmAffinity sobre esta película, quien empieza por
reconocer que se trataba de “un regreso esperado por todos los que amamos el
séptimo arte: El espíritu de la colmena y El sur son dos obras
maestras indiscutibles”, de forma que afrontaba Cerrar los ojos con sus
mejores deseos. No en vano la propia web cinematográfica FilmAffinity
considera que ambos filmes están entre las veinte mejores películas españolas (El
sur la décima y El espíritu de la colmena la decimonovena) y, de
hecho, Cerrar los ojos se queda en una nada despreciable posición 95. Pero
Javicaysa nos avisa:
“Ocurre una desgracia: la película
atesora escenas brillantes que no llevan a ningún sitio. Uno no entiende por
qué Erice nos cuenta lo que nos cuenta. No porque sea difícil seguir lo que
sucede, al revés, es muy sencillo. Sino porque se acumulan momentos que ni
tienen cierre ni relevancia para la trama ni para los propios personajes. Hay
una falta de nervio absoluta, que deriva en indiferencia por parte del
espectador (ignoro cómo alguien ha podido emocionarse con esto). El 70 % del
film es gente hablando sin conflicto entre ellos; soltando información al
espectador. Información inútil. Solo sirve para que veamos cuán traumatizado
está el protagonista, que tampoco parece sufrir demasiado, y lo buena gente que
son quienes le rodean. Cosa asombrosa: no hay ni una sola persona conflictiva
en todo el reparto. Ya no digo conflictiva, sino siquiera que obstaculice nada
de cuanto sucede. En resumen: un pequeño culebrón de tres horas”.
Así es. Firmo cada palabra de Javicaysa, también cuando dice que “no se hace pesada y está bien dirigida”, pero admite que “si no la hubiera dirigido Erice ni se hablaría de ella ni yo estaría escribiendo esta crítica”. Ni yo tampoco esto.
Eso no quita para que los profesionales de la crítica cinematográfica alaben
el film, así, Elsa Fernández-Santos escribió en El País que “Erice
conmueve con su canto al cine como identidad y memoria”, o leímos a Luis
Martínez en El Mundo que es un “prodigio enigmático y perfecto” y a Oti
Rodríguez Marchante en ABC decir de ella que es la obra maestra de un
cineasta que ya había rodado dos anteriormente”. Menos mal que nos queda Carlos
Boyero, quien en El País dejó escrito que él es “inmune a esta poética
de Víctor Erice” (como yo) y que es “incapaz de sentir nada grato”, aunque,
como yo, tampoco se irrita demasiado:
“No sé qué es peor, si la indiferencia o el encabronamiento”.


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