Nada que decir es la tercera novela de la escritora española Silvia Hidalgo. Sería magnífica si no fuera porque en muchas ocasiones la desbordante narratividad ensimismada y ensimismante de Hidalgo puede dejar confusamente perplejo a quien la lea con un entusiasmo sensible, algo que afortunadamente queda compensado por un despliegue estilístico literariamente sobresaliente que supera con creces esas pequeñas y abundantes lagunas ininteligibles. A mí me importó menos que la protagonista me resultara incomprensible porque en ella vi (leí) un personaje literario con más certeza vital que la mayoría de los seres a menudo inanes que pueblan las novelas comunes.
De Nada que decir no tengo más que decir, salvo que esta poesía se escribió sola cuando acabé de enfrentarme a ella, de disfrutarla y agradecerla su medida extensión perfectamente abarcable. El poema que sigue es más de Hidalgo, claro, que mío:
Otra
huida de la felicidad
para
poder
ser infeliz junto a alguien:
la nube
negra no estaba a la altura de la tormenta.
Estar
condenada
a echar
de menos algo que nunca había tenido:
el
laberinto
y la
nostalgia de tener ganas
sintiéndose terriblemente sola.

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