El enfoque de la Historia con el que los posmodernistas se adueñaron de las reflexiones sobre la disciplina y el oficio del historiador ha llevado a otros autores a ejercer una réplica a sus ideas devastadoras, de entre las que cabe destacar la del historiador español Enrique Moradiellos, quien en su Las caras de Clío… aclara no estar dispuesto a “renegar y disolver la disciplina histórica cristalizada con Niebuhr y Ranke como tradición gremial necesaria para la existencia de la sociedad y la cultura humana en nuestro grado de civilización y desarrollo intelectual”, y llega a hablar de esa escuela historiográfica en estos términos:
“El desatino imposible que plantea el
proyecto historiográfico posmoderno es la razón principal de la alarma sembrada
en el gremio profesional y de las fuertes críticas vertidas contra sus
cultivadores y proponentes.”
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| Damián Flores Llanos: Radio Coro. |
Para Moradiellos, abandonar esa disciplina científica crítico-racionalista que es la Historia, verificable y “consustancial al principio de realidad exterior objetivada y metalingüística supondría permitir que campen a sus anchas quienes promuevan o viertan incluso “los necesarios sucedáneos de conciencia histórica destinados a mantener la cohesión y dinámica de los diversos grupos sociales y colectividades humanas”. El autor de Las caras de Clío… o de El oficio de historiador escoge un ejemplo de historiador posmodernista escribiendo un libro no sobre la Historia, sino un libro de Historia, para demostrar el acto suicida que es a juicio suyo (y de muchos historiadores absolutamente reacios a las tesis posmodernas sobre la disciplina histórica) el ejercicio de la profesión de historiador por parte de aquellos que llevan al extremo el escepticismo y el relativismo sobre nuestro oficio: el historiador es el británico Simon Schama, nacido en 1945, y el libro es Dead Certainties: Unwarranted Speculations (algo así como ‘Certezas muertas: especulaciones injustificadas, o sin garantía’), aparecido en 1991 y sin edición en lengua española. Schama, de quien Moradiellos no tiene empacho en decir que es “un magistral exponente de la mejor historiografía británica y anglófona”, catedrático de la Universidad de Harvard, “tiene en su rico haber obras de formato y contenido perfectamente académicos y clásicos, en los que siempre hubo buena narrativa”, pero quiso en Dead Certainties… poner en práctica las tesis posmodernistas entretejiendo ficción y verdad (“?”, se pregunta Moradiellos) sin distinción, exhibiendo distintos puntos de vista sobre lo que se cuenta o explica y renunciando a citar fuentes. En Dead Certainties, Schama “entreteje la documentación histórica y la ficción sin diferencias” y es capaz de dejar un final abierto en el que “el lector prácticamente puede escoger el tipo de muerte” del protagonista, el general británico del siglo XVIII James Wolfe. Dead Certainties es “un magnífico ejercicio de belleza narrativa, poder de evocación y entretenimiento estético y literario. ¿Pero cabe considerarla como un modelo orientativo para la práctica de la historiografía en su conjunto?” Sí, creo con Moradiellos que la Historia, aunque llegue a grados de estética literaria muy elevados, que a veces lo hace, seguirá estando “en franca desventaja frente a la literatura, la pintura y el cine para evocar sugestivas situaciones pretéritas”: difícilmente podrá derrotar al Rojo y negro de Stendhal, a Los fusilamientos del tres de mayo de Goya o a Salvar al soldado Ryan, de Steven Spielberg.
El filósofo de la Historia
neerlandés Chris Lorenz es otro de los que (en su libro Entre filosofía e Historia. Exploraciones en filosofía de la Historia)
han querido contradecir a los posmodernistas replicando su demoledora visión de
nuestro oficio.
El narrativismo metafórico o radical de Hayden White y Frank
Ankersmit considera que, en palabras de Lorenz, “la forma narrativa de la
Historia implica que la noción de verdad como correspondencia no puede ser
aplicada a los relatos históricos” pues las narraciones históricas son
“ficcionales y/o metafóricas”. Estamos ante el llamado giro metafórico, otro de los famosos giros posmodernos, no propiamente disciplinario como el lingüístico
y el antropológico que ya vimos, pero de una utilidad fabulosa para los
posmodernistas dedicados a incapacitar la Historia como vehículo de verdad
alguna. Ese giro metafórico constituye un ataque frontal a los fundamentos del
positivismo, incluso al de los hechos, al empirismo; no en vano White y
Ankersmit por completo pretensiones de verdad a la narración, pero es ahí donde
intervine Lorenz cuando considera que
“las narraciones históricas tienen la capacidad de ser verdaderas” porque la
Historia es una ciencia, no una forma de arte. Algo que no nos parece la mejor
defensa pues ya hemos tratado de sentar que es más un arte que una ciencia
aunque trate de equilibrarse entre lo mejor de lo uno y lo más aceptable, dado
su alcance, de la otra. “La primera consecuencia del giro metafórico desde un
punto de vista explicativo es la más importante, a saber, la narración surge
como una entidad lingüística independiente de los enunciados individuales que
contiene”, pero, en realidad, “en contraste con los autores de ficción, los
historiadores tratan con un objeto y con definiciones del objeto que están
abiertos al escrutinio y al debate públicos”. Para Lorenz, las narraciones
históricas no sólo son presentadas,
como las ficciones, “sino que tienen necesidad constante de apoyo tanto
empírico como lógico”.
[…]
Sí, las narraciones históricas
son relatos verdaderos y son más verdaderos
que relatos. No hay verdad ni
objetividad histórica para los posmodernistas, no la hay para White, Barthes,
De Certeau y Foucualt. Para Lorenz, ellos opinan que “debido a la diferencia
radical y el abismo infranqueable entre lenguaje y realidad es imposible
representar la realidad en el lenguaje de una manera fidedigna”. No hay relatos
verdaderos sobre el pasado, son relatos “ideológicos, míticos, ficcionales o
imaginativos del pasado”. No existe la verdad para los posmodernistas y su
“argumento notablemente escéptico”, sólo existen el mito, la ficción o la
ideología. Para Lorenz, que los posmodernistas caractericen a las narrativas
históricas de “metáforas extendidas” es como si se negara “la dimensión
metafórica que posee todo lenguaje, inclusive el descriptivo”. La dimensión
metafórica del lenguaje “no es una razón suficiente para sostener que sea
imposible dar una descripción verdadera” de cualquier acontecimiento. Las pretensiones de verdad, de las que ya
hemos hablado, han de poder ser defendidas y confrontadas con argumentos
contrarios: es estar cerca de la verdad, no es ser la no-verdad.
Los posmodernistas consideran que
el conocimiento, y por tanto la verdad, “no pueden reclamar validez universal
porque están siempre conectados a circunstancias o intereses particulares de
algún tipo, como la cultura, la clase o el género”. La verdad siempre es
ideológica para ellos: “culturas diferentes trabajan con concepciones de la
realidad diferentes”. Pero, según Lorenz, que sigue al filósofo británico de
origen austriaco Karl Popper, “el progreso en la calidad relativa del
conocimiento constituye toda la objetividad
que se puede tener, tanto en las ciencias naturales como en las humanas”.
En cualquier caso, visto lo
visto, soy de la opinión manifestada en torno a este asunto por Carlo
Ginzburg, contraria a dejarse vencer por el relativismo, pero sustituyo a
la lengua, que, en su analogía conscientemente dirigida hacia nuestro oficio de
historiadores, él usaba como sujeto, por nuestra común disciplina.
Ni los cambios pasados y futuros en la Historia que escribimos,
ni la existencia de otras formas de hacer
Historia, afectan nuestro compromiso con la Historia que escribimos o
su dominio sobre la realidad.
Este texto pertenece a mi artículo ‘Los
posmodernistas y la crisis de la Historia (tercera y última parte)’,
publicado el 4 de diciembre de 2023 en Nueva Tribuna, que puedes leer
completo EN ESTE ENLACE.

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