Dos son los llamados giros disciplinares que ha consolidado el posmodernismo: el giro antropológico, que supuso un enriquecimiento mutuo entre la disciplina histórica y la antropología, y el giro lingüístico, al que dedicaré algunas líneas, las siguientes.
El giro lingüístico, que se produjo en el ámbito del conocimiento historiográfico de forma paralela al antropológico, es una expresión acuñada por el filósofo estadounidense de origen austriaco Gustav Bergman en 1964 y hecha célebre tres años más tarde por el pensador estadounidense Richard Rorty. La Historia asimilaría algunas de las nuevas propuestas provenientes de la lingüística, de tal manera que, a finales de la década de 1970, existía una triple relación en la renovación metodológica de las disciplinas histórica, lingüística y antropológica. Como apuntalan Aurell y Burke, hablando de ese giro lingüístico del oficio de los historiadores como ellos, “en su aplicación más estricta, la Historia pasaba a ser una red lingüística aplicada hacia el pasado”. De hecho, el filósofo alemán Hans-Georg Gadamer ya propuso en su Verdad y método, aparecida en 1960, entender “la naturaleza de la Historia en tanto que recuperación del espíritu humano, escrita en lenguaje del pasado, cuyo texto hemos de entender”.
El posmodernismo metió en un callejón sin salida a la
disciplina histórica a base de explicitar ambos giros historiográficos, el
antropológico y el lingüístico, pues ambos motivaron un cambio de orientación
historiográfico profundo a principios de la década de los 80 del siglo pasado
que dio en ser conocido como la crisis
de la Historia.
No obstante, gracias al posmodernismo, los historiadores hemos
aprendido la importancia de contextualizar los documentos —las fuentes que
atendemos para comprender el pasado—, pero sobre todo hemos aprendido que todos
los condicionamientos personales que nos afectan
pueden a su vez afectar nuestra objetividad a la hora de interpretar ese
pasado. Ya lo dijo Hilary Putnam:
“No existe un punto de vista como el del Ojo Divino que podamos conocer o
imaginar con provecho. Sólo existen diversos puntos de vista de personas
reales, que reflejan aquellos propósitos e intereses a los que se subordinan
sus descripciones y teorías”.
De hecho, precisamente, ambos
giros (que vinieron a traer a la antropología y a la lingüística como
disciplinas auxiliares de la Historia
que de alguna manera sustituían a las
antes preminentes economía y sociología), además del giro cultural (que añade la semiótica a ese elenco de ciencias
sociales tan útiles para los historiadores y supera por medio del estudio de la cultura, de alguna manera, a la
esfera socioeconómica hasta entonces predominante), han logrado una renovación
historiográfica de primer orden así como un enriquecimiento del panorama
cubierto por mi oficio al tiempo que incorporaban una pluralidad metodológica
más que necesaria.
De tal manera se está produciendo
una renovación en la disciplina histórica a raíz del zarandeo que los posmodernistas le han dado que, tal y como ha
dejado escrito Peter Burke, un tanto confuso ante el maremágnum que
resulta del ataque posmoderno…
“La
oposición tradicional entre acontecimientos y estructuras está siendo
sustituida por una preocupación por sus interrelaciones, y algunos
historiadores experimentan con formas narrativas de análisis o formas
analíticas de narración”.
Peter Burke, quien, por cierto,
considera que los tres aspectos esenciales que el posmodernismo, los
posmodernistas, por mejor decir, usan preferentemente en sus diatribas contra
la Historia antesqueellos, pueden
tener su respectiva réplica desde el otro
lado del posmodernismo, y así lo explicita en la obra que él mismo edita
titulada Formas de hacer Historia,
como verás a continuación.
De los historiadores tradicionales se ha dicho que la suya es
“una historiografía estrictamente triunfalista,
una Historia de Gran Narración o
Narrativa Magistral privilegiando
a Occidente y sus elites, las elites masculinas en particular, y centrando la
exposición en sus logros”. Por el contrario, en contra de esa Historia, lo que se propugna es “una Historia descentralizada en la que haya lugar
para otros grupos sociales: los oprimidos, los subordinados o subalternos con sus respectivos puntos
de vista”. Y de ahí a experimentar con narraciones con múltiples puntos de
vista ahí sólo un paso… Que se da. También “las explicaciones históricas
tradicionales están en tela de juicio, tanto en lo que respecta a los
propósitos de los individuos destacados (grandes
hombres) como en lo que atañe a las fuerzas sociales”. Y la nueva tendencia
historiográfica lleva al protagonismo a la gente corriente en tanto que agente
de su propia historia. Además, prosigue Burke, los críticos, “desde Michel
Foucault hasta Hayden White”, nos dicen que los escritos históricos son
“una especie de ficción y que los historiadores (a semejanza de los
científicos) construyen los hechos
objeto de su estudio y, por tanto, elaboran historias según tramas de ficción
clásicas como la tragedia o la tragicomedia. Por no olvidar aquello que dejó
dicho Derrida de que “la archivización produce el evento tanto como lo
registra”.
Sí, los historiadores somos conscientes “de la dificultad de
definir hasta qué punto hay que aceptar las pruebas y en qué medida llenamos
con nuestra imaginación las lagunas documentales”, y es ahí en ese amplio
abanico de posturas donde nos movemos, posturas que van desde el más puro
tradicionalismo a la posmodernidad. Posturas que son tan diversas como diversas
son las modalidades en la actual historiografía, tales que la llamada Historia
desde abajo, la Historia de las mujeres (también llamada de la mujer), la
Historia intelectual, tan relacionada con la Historia cultural (de la que el
antropólogo estadounidense fallecido en 2006, Clifford Geertz, dijera
que evita “observar y analizar las acciones humanas en términos de sus efectos
causales a cambio de hacerlo en términos de sus significados”) pero más juvenil que la Historia de las ideas y
menos reduccionista que la Historia social, la microhistoria, la Historia oral…
Pero regresemos a la visión que tienen de la Historia los
posmodernistas, que cuestionan sus posibilidades de verdad, de objetividad y
de no ser usada instrumentalmente con fines legitimizantes.
En su obra Sobre el
futuro de la Historia. El desafío posmodernista y sus consecuencias, Ernst
Breisach, en quien voy a apoyarme en los siguientes párrafos, afirma lo
siguiente:
“El desafío posmodernista a la Historia
adquiere una dimensión dramática, porque sus aspiraciones chocan con
tradiciones occidentales de pensamiento y práctica histórica que han estado en
vigor durante mucho tiempo”.
Los posmodernistas rechazan “la visión modernista de la
Historia como progreso de la misma forma que rechazan su pretendida búsqueda de
la verdad”. Hablan del “fin de la Historia” e incluso del “fin del hombre”.
Hablan de posthistoria. Los tres
términos suponen que han “terminado la secuencia de la vida humana que la
Historia había afirmado poder explicar y comprender” La posthistoria también ha sido definida como el “final de la Historia
tal y como la habían practicado los historiadores hasta ese momento”.
Lo que los posmodernistas defienden es que “el giro hacia la
posmodernidad constituía no solo una ruptura en la Historia (las formas
tradicionales de hacer Historia) sino
con la historia (la dimensión histórica de la vida misma)”.
Mientras los modernistas, incluidos los historiadores
tradicionales —continúa Breisach iluminándonos—, “habían considerado que la
tarea de la Historia era levantar de los hombros de la gente la pesada carga de
la tradición [mediante la búsqueda de la verdad y la constitución de la línea
de progreso del pasado de la humanidad], los posmodernistas deseaban liberar a
la gente de la carga de la Historia”. Los posmodernistas niegan la inevitable
historicidad de la vida humana, para ellos la razón no es la mayor fuerza
motriz de los humanos, ni los registros del pasado sirven de guía para esa vida
humana. Lo que hacen es valorar de forma radicalmente diferente a como hace la
modernidad las dos experiencias básicas del tiempo (cambio y continuidad): así
“llegaron al corazón mismo de la historicidad de la vida humana y del
pensamiento histórico, el nexus
histórico”.
“El nexus
histórico enlazaba el pasado (accesible a través de la investigación de
pequeñas pruebas y la interpretación de los recuerdos), el presente (con su
necesidad de decisiones y acciones guiadas por un conocimiento, gran parte del
cual se derivaba del pasado, que hablaba a través de muchas voces) y el futuro
(como una expectativa más modelada por las imágenes del pasado y de las nuevas
característica del presente). Tener en cuenta el nexus suponía que la principal cuestión de los historiadores —la
descripción, la comprensión o la explicación del pasado— se convierten en algo
más que el simple esfuerzo por producir una imagen del pasado estática y
aislada”.
Para los posmodernistas, los nexus no son más que “construcciones pragmáticas y contextuales de
la cultura occidental para hacer frente a la vida”.
Antes de la Ilustración, la Historia había sido “un intento de
comprender la vida en su complejo tejido de cambio inestable y continuidad
estable”. Con la Ilustración, “se convirtió en una disciplina capaz de
explicarlo todo y de proporcionar una redención secular” al incorporar el
progreso como motor de la Historia y la razón como la guía del progreso.
Nada puede aprenderse de un “pasado desvanecido” en estos
tiempos posthistóricos.
Para Breisach, los posmodernistas postestructuralistas desean
y creen en “la ruptura total con la condición humana del periodo histórico. Una
nueva visión de la historicidad imposibilitará la idealizada captura del pasado
real (la verdad de ese pasado), la conexión de ese pasado con el presente y las
esperanzas del futuro (el ‘nexus
histórico’) y los usos tradicionales de la Historia (el aspecto pragmático de
la Historia)”.
“Un mundo dominado por el cambio evitará el
surgimiento de ilusiones peligrosas”.
Regresemos a la contraposición entre lo que hacen los
novelistas y lo que hacen los historiadores. Es algo que les encanta a los posmodernistas, como sabemos.
Roland Barthes declaró que “el resultado de los
esfuerzos de los historiadores no era la representación de la realidad sino el
‘efecto de la realidad’, los relatos históricos no se diferenciaban en absoluto
de los de ficción”. Los historiadores que defienden la objetividad son “unos
falsificadores”.
Para Hyden White (de quien LaCapra ha dicho que “nadie
ha hecho más que él por despertar a los historiadores de su sueño dogmático”),
el texto histórico es un texto literario donde el pasado no instruye a los
historiadores porque “ellos crean el ‘pasado’”. White predijo el final de la
pretensión de la Historia de ocupar el territorio intermedio, neutral que
existe supuestamente entre el arte y la ciencia.
La historiadora estadounidense Nancy Partner (cuyo
nombre te pedí páginas atrás que retuvieras) considera, por su parte, que la
Historia es una “ficción regulada” por “elementos lingüísticos duraderos” con
los que los historiadores obtienen el “principio de realidad” necesario. Pronto
volveremos a saber de Partner y esta idea.
Paul Ricoeur afirmó que los relatos
históricos tienen una obligación con la verdad que los diferencia de los
relatos de ficción.
Y Foucault define un mundo fluido en el que cualquier cierre
(continuidad) está prohibido.
Así nos quiere explicar Breisach lo que Foucault quería decir
con ello:
“En este mundo fluido la verdad se convertía
en una construcción incesante de la verdad, la cual no legitimaba ninguna
autoridad y de ese modo no podía favorecer ninguna opresión. […] La nueva
verdad fluida no defendía nada consistente excepto el cambio incesante y sin
objetivo. […] El cambio era la verdad, la continuidad la no-verdad”.
Ahí está el meollo de todo este asunto: en lo que sobre la
verdad, sobre la objetividad, tiene que aportar el posmodernismo.
Pero, si no se puede lograr alcanzar una verdad fiable, y la
teoría posmodernista postestructuralista reduce toda experiencia temporal al
cambio, siempre en un mundo de flujo total: ¿qué es la verdad, por tanto?
Los pilares que mantenían la teoría de la verdad tradicional
eran por un lado las pruebas y por otro la objetividad. Pero las pruebas no
prueban: ninguna prueba es un resto del pasado, sino que eran construcciones
lingüísticas de y sobre el pasado. No había fuentes
primarias, sólo secundarias. Como Breisach nos explica, lo que los
posmodernistas piensan al respecto es que “las referencias directas al pasado
real a través de restos objetivos no eran más que una ilusión”.
Hasta la posmodernidad, “el objetivo real de los historiadores
había sido el de una objetividad óptima, más que perfecta, que contribuía a un
grado de correspondencia suficiente entre relato y realidad”. Para los
posmodernistas, los historiadores ni siquiera tienen una actitud objetiva.
Como sabemos, lo que desencadenó el pensamiento posmodernista
fue la decepción en torno a los metarrelatos de progreso, incluido el
marxista. Lo posmoderno es lo que rechaza el metarrelato, es, prosigue
Breisach, lo que defiende “exclusivamente el cambio incesante en un mundo
fluido”.
La Historia tiene para uno de los padres del posmodernismo, a
quien ya conocemos, Jean-François Lyotard, una estructura global divida
en tres estadios:
Primer estadio: inocente y natural, existe una armonía en la
unidad, el cambio y la unidad se equilibraban rutinariamente el uno al otro.
Segundo estadio: el histórico, el moderno en la práctica;
periodo histórico turbulento el del conocimiento científico legitimado por el
progreso y su metarrelato.
Tercer estadio: rechazo de todos los metarrelatos; armonía en
la diversidad, posmodernidad, prevalece el flujo sin dominio.
“Lyotard, Foucault y Derrida criticaban los metarrelatos por
el crucial apoyo que estos le proporcionaban a la hegemonía y a la opresión”:
eran protestas morales no desconsideraciones epistemológicas. La visión del
progreso era para ellos “una legitimación de la explotación”.
Si para los posmodernistas postestructuralistas, “la
existencia humana no producía significados, los significados construían la
existencia humana”, el historiador británico Keith Jenkins —nacido en
1943 y uno de los máximos defensores del posmodernismo historiográfico a quien
daré en breve oportunidad de expresarse, para el cual “la Historia es siempre
para alguien”— abogará por la “sustitución de la Historia por las historias”
y, para la también historiadora británica posmodernista Elizabeth Deeds
Ermarth, “el tiempo histórico [lineal] es una cosa del pasado”. El tiempo
posmoderno es el tiempo rítmico.
Nos adelantamos con Breisach, siguiendo con su afilado
análisis de lo que los posmodernistas entienden por Historia, a la esencia de
esta obra: ¿podría la Historia ser útil todavía?
“La cuestión de la utilidad de la Historia
siempre estuvo relacionada con el grado en que el presente se podría beneficiar
del pasado para iluminar la existencia humana y sus problemas. El nexus histórico sugería que la Historia
podría reproducir respuestas útiles. A los posmodernistas lo que les importaba
en realidad es qué significaba en su mundo la utilidad de la Historia. […]
“La más importante de las lecciones de la
Historia, para los posmodernistas postestructuralistas quizá la única, no
derivaba de la búsqueda tradicional de los historiadores para conocer el orden
y el destino real de contextos pasados concretos [...]; las lecciones para la
creación de teorías o de esfuerzos por establecer el orden social y político
adecuado podían ahora deducirse del dominio del cambio sobre la continuidad y
de la futilidad y lo indeseable de cualquier lucha por un cierre”. [...]
En claro contraste con la rica cosecha de
escritos teóricos sobre lo que la historiografía debería de ser, la de relatos
históricos que plenamente se pudiesen clasificar como posmodernistas
postestructuralistas ha sido bastante pobre”.
(Veremos más adelante la utilidad que tienen la Historia para
Breisach, a quien despedimos momentáneamente.)
Keith Jenkins publicó en 1999 Por qué la historia? ética y posmodernidad (editada en castellano
siete años más tarde, aunque la edición que yo he leído es la de 2014). En ese
libro, el historiador británico llevaba a cabo una encendida defensa de la
visión que los pensadores posmodernos han querido trasladarnos de su concepción
de la disciplina histórica. Me detendré en ese decidido elogio.
Si nada cultural es
por definición natural, la Historia
no es natural ni eterna: no hay necesidad de expresar el tiempo históricamente.
Para Jenkins…
“La Historia ha sido tan fuerte en la
formación de nuestra cultura, tan central fue su lugar en el experimento de modernidad burgués y proletario que casi
parecería que la Historia es un fenómeno natural, pero no lo es”.
Defienden los posmodernistas, con Jenkins en este caso a la
cabeza, que del pasado podemos obtener cuanto queramos:
“El pasado, tal como se constituye mediante
sus huellas aún existentes, siempre es aprehendido y apropiado en forma textual
mediante las capas sedimentarias del trabajo interpretativo anterior [...] y
las categorías/conceptos de nuestras prácticas metodológicas
anteriores/presentes. […]
“En su disponibilidad y promiscuidad
incansables, el pasado histórico ha servido a todo el que ha querido,
cualquiera puede usarlo [...] Por consiguiente, en vista de que el pasado mismo
no tiene en sí nada de ‘intrínsecamente’ historicista entonces nuestras
diversas historizaciones pueden llegar a sostenerse como un testimonio más de
nuestro ingenio humano para ’crear algo de la nada’: ¡nada menos que nuestras
vidas!”
[…]
Y ahora… la ficción.
Regreso brevemente a la comparación entre la Historia y la
narrativa y a Nancy Partner, que apuntala lo que los posmodernistas tienen que
decirnos sobre la Historia y la ficción: “la Historia, para ser Historia, tiene
que recurrir a la capacidad de la mente para crear ficción”, de forma que la
historia no puede separarse de la ficción; pero distingue entre “ficción
inventada” y la Historia, que no posee esa “capacidad mayor” de la ficción
inventada. La Historia es una “ficción primaria o formal”.
Este texto pertenece a
mi artículo ‘Los posmodernistas y la crisis de la Historia (segunda parte)’,
publicado el 3 de noviembre de 2023 en Nueva Tribuna, que puedes leer
completo EN ESTE ENLACE.



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