Nota previa aclaratoria: posmoderno se puede escribir también postmoderno, como posmodernista y postmodernista. Yo he elegido no usar el prefijo -post. Distinguiré, como habitualmente se hace, posmodernidad (el periodo) de posmodernismo (la forma de pensar y vivir en ese periodo), donde pos es después pero también anti o contra.
En la década de los años 70 del pasado siglo se produjo la ruptura posmoderna. ¿Qué es el
posmodernismo? Comienzo citando extensamente lo que el historiador español Jaume
Aurell y el historiador británico Peter Burke dejaron escrito en uno
de los capítulos de un libro magnífico titulado Comprender el pasado. Una historia de la escritura y el pensamiento
histórico, publicado en 2013:
“Las nuevas tendencias [de la segunda mitad
del siglo XX] enfatizaban el lenguaje sobre la propia realidad histórica, los
fenómenos culturales sobre las estructuras sociales y económicas, y la negociación
con la antropología sobre la economía, la sociología y la demografía. […]
El posmodernismo abandona el pensamiento
único de la modernidad y el progreso
y considera la Historia desde un punto de vista poliédrico, con la intención de
liberarla de los tradicionales moldes académicos y metodológicos que habían
confiado en la viabilidad de una Historia asimilada a los métodos científicos y
experimentales”.
El posmodernismo sería por tanto aquella confluencia de
corrientes de pensamiento nacidas para enfrentarse a lo moderno, entendido como lo propio de la cultura de las sociedades
industriales, aquello que admira con embeleso a la razón y que se sostiene con
total convicción gracias a su creencia indiscutible en que el progreso es la
línea que hila el pasado, el presente y el futuro de los seres humanos.
Para el historiador español Marc Baldó Lacomba, la gran
fisura de la Historia que tuvo lugar en la segunda mitad del siglo XX se
remonta a la década explosiva de los
años 60, cuando el debate sociológico micro-macro se trasladó a la
historiografía.
El debate micro-macro
es el que “hace aflorar una contradicción teórica siempre latente, una dualidad
que desde siempre ha coexistido y ha afectado a la Historia y a las demás
ciencias sociales: por un lado, el estudio del sujeto, de casos, y por otro el
estudio de grandes conjuntos, estructuras o sistemas. Lo micro y lo macro es
una vieja intensión interna del saber.”
Desde los años 70, y en la historiografía sobre todo a partir
de los 80, la persona, el individuo, empezó a ser considerado por algunos
pensadores nuevamente el sujeto histórico, en contra de lo defendido por las
triunfantes hasta entonces teorías de los funcional-estructuralistas de Annales o de los marxistas, para las
cuales las personas parecían estar ocultas.
Entre las tendencias posmodernas que influyeron directamente
en la historiografía destacan el postestructuralismo del pensador
francés Michel Foucault (que tachaba a los historiadores de ser los señores de la exactitud), el deconstruccionismo
del también pensador francés Jacques Derrida (para quien el pasado no
existe históricamente fuera de las
apropiaciones textuales y constructivas de los historiadores, y de él lo que
nos llega a nosotros nos llega “mediante dispositivos de ficción que lo dotan
de una gama de lecturas altamente selectivas y jerárquicas que siempre están al
servicio de poderes e intereses diversos”), la nueva hermenéutica de otros dos
filósofos franceses, Paul Ricoeur y Michel de Certeau, así como
las derivaciones del llamado giro
lingüístico (del que hablaré en la siguiente entrega).
El concepto de posmodernidad
se difundió en 1979, con la aparición de un libro del filósofo francés Jean-François
Lyotard titulado La condition
postmoderne: rapport sur le savoir (‘La condición posmoderna: informe sobre
el saber’), que anunciaba el fin de los metarrelatos, de las metanarrativas, es
decir, el fin de las grandes interpretaciones generales, como el marxismo, el
cristianismo o la idea de progreso.
De tal manera que cuando ese mismo año 79 el historiador
británico Lawrence Stone diagnostique el estado de la historiografía, describirá
la caída de los grandes paradigmas, entendiendo por tales al marxismo, a la
escuela de Annales y la cliometría.
La posmodernidad, que había puesto en solfa el mismísimo
sentido de un concepto capital de la disciplina histórica, el de verdad, parecía haber venido a demoler
el edificio de la Historia que venía fraguándose desde la Antigüedad en
Occidente y que era inherente a la propia modernidad
del ser humano desde que a partir del Renacimiento éste se considerara a sí
mismo el centro de todas las cosas.
Pero había un problema. Los posmodernistas habían creado un mundo que muchos
historiadores clásicos consideraron más
propio del postureo que de las posturas ciertas del pensamiento humano.
La defensa que los historiadores pata
negra hicieron de su oficio es que el posmodernismo ha degenerado, en
palabras de Aurell y Burke, “en un escepticismo paralizante o en un relativismo
con un fin incierto”. A eso hay que añadir que el posmodernismo historiográfico
prácticamente carecería, a decir de sus denostadores (para quienes los
posmodernistas expresan una mera actitud teórica), de referentes en la
práctica, carecería de auténticas obras de Historia no teórica, sino verdadera, en la que se estudie el
pasado.
[…]
La mayoría de los posmodernistas que escribieron sobre la
Historia, sobre la filosofía de la Historia, no eran historiadores. No lo eran
ninguno de los citados hasta ahora, como no lo eran los pensadores franceses Jean
Baudrillard, Roland Barthes, Gilles Deleuze, ni lo es la
pensadora también francesa de origen búlgaro Julia Kristeva … Pero sí lo
son Hayden White y Dominick LaCapra, o el estadounidense Robert
Rosenstone.
Este texto pertenece a
mi artículo ‘Los posmodernistas y la crisis de la Historia (primera parte)’,
publicado el 8 de septiembre de 2023 en Nueva Tribuna, que puedes
leer completo EN ESTE ENLACE.
[arte de Juan Cossío, obra Visions.]

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