En cierta ocasión hablé con Franco. Tendría yo unos diez años. Su Excelencia visitaba Burgos con asiduidad, supongo que le traía buenos recuerdos. Los niños agradecíamos mucho esta querencia. Las clases se suspendían, nos daban una banderita de papel pegada a un mástil y después nos colocaban en algún punto del recorrido para vitorear al Caudillo, llenos (por entonces se decía henchidos) de fervor patriótico.

El autor, en aquella época.
El día en cuestión escogieron un pequeño grupo entre
los alumnos de mi colegio para recibirle a las puertas del palacete de la Isla,
su residencia burgalesa. El criterio de selección era el de estar en el Cuadro
de Honor. Por si me lee algún millenial, los mejores estudiantes figuraban en
un tablón con nombre y foto para escarnio y ejemplo de zotes. A ese semillero
de inquinas pertenecían los elegidos. Gran error. El cura de recursos humanos
la cagó por no tener en cuenta que la mayor parte de los empollones son de
naturaleza friki. Recuerdo a Usabiaga, un silencioso vocacional; a Amadeo
Fournier, gran compañero pero inestable como la nitroglicerina; y así seis más.
Para dejaros claro el nivel del desastre, el más confiable era yo y me tocaba
hablar. Nos prepararon, mi sagrada misión consistía en agradecer su visita,
desearle salud y victorias sin cuento y preguntar por el viaje.
Un hora llevaba aguantando el pis en formación cuando
llegó el pájaro. Yo lo había memorizado todo pero siempre fui dado a
improvisar. Baja del coche, me adelanto y le digo:
Buenos días,
Generalísimo. Bienvenido a esta ilustre ciudad, crisol de españoles insignes.
Blablabla. ¿Qué tal el viaje,? Espero que bien porque necesito ir a mear.
Me miró con su cara de esfinge revenida. Después hizo
un amago de sonrisa y me tocó el pelo (a ese gesto achaco mi prematura
calvicie). Entonces dijo:
Ay, Señor, esta juventud.
Eso es todo. Así eché a perder mis cinco minutos de
gloria.
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