El primer libro de relatos del gran personaje de novela negra del escritor italiano Andrea Camilleri es el quinto de la saga, se titula Un mes con Montalbano (Un mese con Montalbano) y apareció en 1998. Cuatro años más tarde fue traducido a mi idioma por María Antonia Menini Pagès.
Treinta cuentos componen el volumen, relativamente cortos todos. Algunos
excelentes. El titulado ‘El yac’, por encima de todos.
“En el 68 el futuro comisario, que
tenía dieciocho años, hizo todo lo que se esperaba que hiciera un joven de su
edad: manifestó, ocupó, proclamó, arrasó, protestó, peleó. Contra la policía, naturalmente.
Durante un enfrentamiento muy duro se encontró al lado de un compañero con la
cara oculta, que reía a carcajadas y gruñía mientras encendía una bomba
molotov. Le pareció notar algo familiar en él.
– Yac -aventuró”.
Se abre el libro, la edición que yo he leído, quiero decir, con un
prólogo de alguien que tanto tiene que ver con la serie (libresca y
televisiva): Manuel Vázquez Montalbán (quien considera “un honor
inmerecido” que el escritor italiano nombrase a su principal personaje
literario homenajeándole a él). Un prólogo titulado ‘Treinta miradas del
comisario Montalbano’, donde leemos esta reivindicación de “la literatura
más artesana” (propia de escritores sin “la ansiedad del escritor con voluntad
de serlo y demostrarlo”), en realidad una defensa del poder de los lectores
frente al poder de los críticos:
“La literatura más artesana puede
ser ratificada por el gran público mediante el concurso de un nuevo sujeto del
cambio de gusto: la vanguardia de los lectores, hoy mucho más determinante que
la vanguardia de la crítica, por mal que les siente a algunos críticos
empeñados en identificar al público con el mercado para desacreditarlo como
juez”.
Porque, sí, Camilleri escribe para que le lean, no para que cada año haya
alguien lamentando que no se lleve el Nobel de Literatura (que ya nunca
alcanzará). El escritor español se pregunta ¿quién es Andrea Camilleri? Y se
responde a sí mismo así:
“Ante todo estamos ante una
personalidad excéntrica con respecto a la sociedad literaria en la que casi
todos tratamos de ganar el combate por KO recién cumplidos los veinte años:
Camilleri alcanza el irreversible éxito lector a los 73, después de una vida
profesional de la cultura, profesor de Arte Dramático, guionista y director
teatral y televisivo”
Dejo el prólogo del creador de Pepe Carvalho con estas palabras suyas sobre
la novela negra, sobre el “género policiaco”, que ha dejado de “ser un
sub género y un adjetivo”…:
“para devenir estrategia de
conocimiento narrativo, en el que Camilleri, a sus 73 años, se integra como una
de las aportaciones más rejuvenecedoras de la sociedad literaria europea de la
presente década” [la primera del siglo XXI].
Espléndido es el segundo de los cuentos, el titulado ‘Las siglas’. También lo son ‘La advertencia’, ‘Being there’ y ‘El pacto’.
“Los recuerdos, ya se sabe, son como
un ovillo: se va devanando el hilo, pero de vez en cuando se introducen algunos
recuerdos que no has llamado, que no son agradables, que te desvían del camino
principal y te introducen en callejuelas oscuras y sucias donde, como mínimo,
los zapatos se llenan de barro”.
En Un mes con Montalbano sabemos más cosas sobre el comisario
siciliano, como que cuando “llegó recién nombrado a la comisaría de Vigàta, su
colega saliente le hizo saber, entre otras cosas, que el territorio de Vigàta y
sus alrededores era objeto de contencioso entre dos "familias"
mafiosas, los Cuffaro y los Sinagra. Ambas intentaban poner fin a la larga
disputa recurriendo, no a las instancias con papel sellado, sino a mortíferos
disparos de lupara”, o que “entre los hombres de la comisaría, en Vigàta, Fazio
era con el que mejor se entendía; bastaba una mirada. Luego venía el
subcomisario Augello”.
“Cuando era joven, Salvo Montalbano
pasó uno de los inviernos más amargos de su vida en Carlòsimo. Tenía treinta y
dos años entonces, y lo utilizaban como una especie de viajante de comercio:
cada estación lo enviaban de un pueblo a otro, ora para hacer una sustitución,
ora para tapar un agujero, ora para echar una mano en una situación de
emergencia. Pero los cuatro meses de Carlòsimo fueron los peores de todos”.
También ratificamos con Un mes con Montalbano otros conocimientos
adquiridos tras leer las primeras novelas sobre el policía italiano, tal que el
humor de Montalbano únicamente está “en paz consigo mismo y con el universo
cuando podía tostarse al sol”, que “lo primero que hacía por la mañana en
cuanto se levantaba era asomarse a la ventana a mirar el cielo y el mar que
tenía a dos pasos de su casa: si los colores eran vivos y claros, así era su
comportamiento durante el día; en caso contrario, las cosas iban mal para él y
para todo aquel que se le ponía a tiro”, o el hecho de que “se puede ser
policía de nacimiento, llevar en la sangre el instinto de la caza, como lo
llama Dashiell Hammett, y al mismo tiempo cultivar buenas y hasta refinadas
lecturas”. Salvo Montalbano lo es. Por eso puede decir, en un momento dado, en
ese mismo cuento (‘Milagros de Triste’):
“Si Leonardo Sciascia, en lugar
de ser maestro de escuela, hubiera hecho oposiciones en la policía, habría sido
mejor que Maigret y Pepe Carvalho juntos”.
Una pequeña muestra de la prosa de Camilleri es la siguiente, perteneciente
al cuento ‘Cincuenta pares de zapatos claveteados’:
“La mañana era de una nitidez de
cristal recién lavado. El azul del cielo parecía gritar al universo que era dos
veces más azul, mientras que los árboles y las plantas oponían su verde más
verde con toda la fuerza de que eran capaces. Había que mantener los párpados
entrecerrados porque los colores herían con violencia, así como el aire sutil
aguijoneaba las narices”.
Otra demostración de la pericia literaria de Camilleri, que le hace decir a uno de sus personajes en el mismo relato esto:
“Las palabras que se dicen vibran de
una manera particular, las palabras que dicen la verdad tienen una vibración
distinta de las demás”.
El humor Camilleri que no falte (Montalbano “aseguraba que si en el
momento de morir se acordara de las comidas que preparaba la señora Assuntina,
el tránsito sería más doloroso”):
“Recordó que una vez, cuando era
pequeño, durante una estada en Turín, vio un cartel que colgaba en la entrada
de un gran edificio: ¡NO ABUSEN DE LOS LUGARES COMUNES! Se precipitó a la
garita y le expresó al portero su completa solidaridad. El hombre, perplejo, le
dijo que lo habían obligado a poner el cartel porque los inquilinos abandonaban
en los lugares comunes, como rellano y escaleras, cochecitos de niño, bicicletas
y motocicletas que impedían el paso. Su desilusión fue enorme”.
Y el oficio policial, por supuesto, tan protagonista como siempre en
estas narraciones:
“En eso consistía el privilegio y la
maldición del policía nato: captar a ras de piel, olfatear la anomalía, el
detalle en ocasiones imperceptible que no cuadraba con el conjunto, la mínima
falla con respecto al orden establecido y previsible”.
Camilleri explica el volumen en sus últimas páginas:
“Los relatos aquí reunidos son
treinta. Si se lee uno cada día, se tarda un mes: esto es lo que significa
el título. Se escribieron entre ello de diciembre de 1996 y el 30 de enero
de 1998. Veintisiete de ellos son inéditos”.
La imaginación, la fantasía, la realidad:
“Resulta útil (e inútil al mismo tiempo) repetir que lugares y nombres son pura imaginación. Y a quien pudiera quejarse de alguna coincidencia, le recuerdo que la vida misma (muy superior, en cuanto a imaginación, a la fantasía) no es más que una pura coincidencia”.



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