La idea de Dios excede las posibilidades del lenguaje y la razón. De ahí que en la Antigüedad se adoptaran perspectivas rudimentarias e insuficientes para dotarla de contenido. Las civilizaciones del Mediterráneo atribuyeron a Dios las características de un sátrapa oriental, describiéndolo como omnipotente, perfecto, omnisciente y providente. Rey de reyes, había que arrodillarse ante él y nadie podía mirarle a la cara sin perder la vida. Esos gestos y temores eran habituales ante los reyes de Persia y Mesopotamia. La predicación de Jesús de Nazaret, un joven rabí de Galilea, intentó desmontar esa imagen de lo divino, enseñando que Dios no es un rey, sino un padre y reconoce la autonomía de la Naturaleza y la Historia. Jesús, que no fue engendrado por el Espíritu Santo, sino por el amor que unió a José y María, un humilde matrimonio de trabajadores, redujo la experiencia religiosa al amor a nuestros semejantes, la lucha contra la injusticia y la expectativa de que la muerte no fuera la última palabra.
El filósofo judío Emmanuel Lévinas sostiene que la “situación
originaria” del hombre es la inquietud por el otro, que se revela como prójimo,
como fragilidad que pide nuestra atención. El Bien está más allá del ser, como
señaló Platón, no porque se esconda o se muestre reacio a verificaciones, sino
porque siempre es lo que está por hacer, lo que está por venir. Cuando irrumpe
en la historia, el Bien se revela como una tarea infinita. Es la utopía de la
fraternidad universal, siempre incompleta, siempre necesaria. Cuando siento que
un hombre me urge a no dejarle solo, descubro –según Lévinas– que Dios ha
hablado. La gloria Dios es que el rostro mande, que la llamada del otro nunca
quede sin respuesta. La trascendencia es lo absolutamente Otro en mí. La huella
del “Infinito en mí” es la huella de la responsabilidad sin fin hacia el otro.
El Infinito se cuela en el Yo como un ladrón, ordenándole amar al prójimo. Es
una orden que surge de no se sabe dónde, pero que revela la trascendencia de la
ética. Es así como Dios “viene a la idea”. “Yo me acerco al Infinito en la
medida en la que me olvido de mí mismo en favor de mi prójimo que me mira”,
escribe Lévinas.
Para el teólogo católico Johann Baptist Metz, el desencantamiento
del mundo, que incluye el anuncio de la muerte de Dios, no es una calamidad,
sino una etapa en la revelación de esa realidad última a la que hemos asignado
simbólicamente el nombre de Dios. Para Metz, la fe nunca puede ser una
experiencia privada orientada a la salvación individual. Jesús no se quedó al
margen de la historia. Su enfrentamiento con el poder político y religioso le
costó la vida. No es posible resignarse a las injusticias, al menos desde un
punto de vista cristiano: “No existe dolor en el mundo que no nos afecte e
interpele a todos”. Pensar en la muerte propia como problema fundamental no se
compadece con la escatología cristiana: “La matriz de la esperanza cristiana no
es el tiempo de la propia vida sino también, e ineludiblemente, el tiempo de
los demás; […] la muerte de los demás mantiene despierta la inquietud del final
de los tiempos en nuestros corazones”. El mensaje cristiano produce “pasados
abiertos”.
Vattimo afirma que lo cristiano es “leer
los signos de los tiempos, sin más reserva que el mandamiento del amor”. El
teólogo protestante Dietrich Bonhoeffer se movió en esa misma línea,
pidiendo que nos olvidáramos del ‘Deus ex machina’ que resuelve todos los problemas.
Un Dios omnipotente produce perplejidad cuando se lo confronta con tragedias
como la Shoah. Parece más razonable hablar de un Dios que lucha y sufre con el
hombre, intentando contrarrestar los estragos del mal. El Dios omnipotente y
omnisciente propicia la idolatría y la superstición, abocando al hombre a una
permanente minoría de edad. Para Vattimo, Jesús vino a liberarnos de esa visión
terrorífica de Dios que refleja los prejuicios de las sociedades arcaicas.
Vattimo sostiene que el cristiano, “en lugar de presentarse como un defensor de
la sacralidad y la intangibilidad de los Valores, debería actuar, sobre todo,
como un anarquista no violento, como un deconstructor irónico de las
pretensiones de los órdenes históricos, guiado no por la búsqueda de una mayor
comodidad para él, sino por el principio del amor hacia los otros”.
Dios es un frágil absoluto, como apunta Žižek, pero eso no significa
que se halle sumido en la impotencia. Si fuera así, no habría esperanza para
las víctimas inocentes de la historia. Dios es la utopía de un mañana ético
para las víctimas de ayer y hoy. Para los que murieron en Auschwitz, Hiroshima,
el Gulag o el genocidio de Ruanda. Y para los que hoy se ahogan en el
Mediterráneo o pierden la vida en Gaza, Cisjordania, Ucrania o Sudán. Ese
mañana parece improbable, pero sin esa expectativa el mundo se hunde en el
absurdo.
Mark Horkheimer, marxista y fundador de la Escuela de Fráncfort, ya apuntó que la desaparición de la idea de Dios significaría la disolución definitiva de la noción de sentido. Sin el imperativo de la fraternidad y el sentimiento de esperanza, se cumpliría el temor de Pascal. Nuestra especie solo sería una desdichada y efímera explosión de conciencia en un universo vasto, frío y oscuro.

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