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Los recuerdos de vida de Juan Eduardo Zúñiga


El último libro publicado por el escritor español Juan Eduardo Zúñiga fue Recuerdos de vida, aparecido en 2019, cuando cumplía cien años, tres después de recibir el Premio Nacional de las Letras Españolas, uno antes de su muerte.

 

“Qué larga es la calle de la vida. Avanzamos por ella y atrás dejamos convertido en olvido cuanto hicimos. Sólo cuando sentimos que el final de la calle se acerca es posible repensar lo sucedido”.

 

Zúñiga sabe muy bien cuánto de verdad hay en la memoria y su “fabuloso depósito”, del que “surgen ahora fragmentos borrosos, con ese color sepia que es el color de las sombras”. También que “el tiempo marcha veloz e incontenible hacia su refugio que es el olvido”. Y que “se necesita fuerza para vivir”.

Es este un libro de sombras. Conviene decirlo.

 

“Estas escenas sueltas, desconectadas en su apariencia, tienen un hilo invisible que las cose, finos tendones y venas las vitalizan. Aunque lo más aceptable sería no intentar comprender la vida”.

 

Y es lo que hace el escritor madrileño en Recuerdos de vida: no intenta comprender ni que nosotros comprendamos. Únicamente contar. Nada más y nada menos.

Sus primeras lecturas, sus años de formación, el tiempo de la Guerra Civil, la posguerra…

De aquellas primeras lecturas suyas escribe Zúñiga:

 

“Fue una época de lecturas apropiadas a mi edad, límite los doce años, en la que son habituales dos nombres: Emilio Salgari, el escritor sedentario de portentosa imaginación viajera, que lanzaba a sus personajes a tierras exóticas que el lector buscaba en su mapa y así nacía el deseo de visitarlas; y Julio Verne, que además de novelas fundamentales como La isla misteriosa, 20.000 leguas de viaje submarino y Los hijos del capitán Grant, escribió otras sobre realidades de nuestro mundo a las que superponía apasionantes fantasías”.

 

Zúñiga, que con el “terrible libro Corazón” aprendió a sufrir y compadecer las desdichas de los niños”; si bien a su vez “guardaba una enseñanza de rectitud, de valentía en el carácter de los niños abandonados, explotados en el trabajo, obligados a emigrar”. Y es que el autor de la insustituible La trilogía de la guerra civil le debe a aquella primeriza lectura de la obra de Edmondo de Amicis “la conciencia de resistir a la contrariedad”.

Es en el Instituto Británico donde adquirió “una enseñanza eficaz”, la que impartían sus “excelentes profesores”, aquellos que le “encariñaron con las costumbres inglesas y los secretos de su idioma”, el lugar en el que conoció “a personas de ideas liberales y republicanas” que le descubrieron “otra visión de la realidad”.

La lectura de Nido de nobles, del escritor ruso del siglo XIX Iván Turguénev, fue una de sus “primeras lecturas importantes” capaz de dejar un rastro significativo en su “posterior vocación, aunque su problemática fuese tan distante” de la suya, de la de su/nuestro país y de la de su tiempo.

Me resultó extremadamente interesante al leer Recuerdos de vida (que su autor escribiera entre abril de 2011 y diciembre de 2018) las referencias que un escritor a quien admiro hace respecto de lo que es para él la literatura, cuyo gran poder considera que es “transmitir un mensaje velado y alusivo para que un receptor ignorado pueda entender su propia vida e identificarse. La puerta de acceso a una obra es sentir que algo de ella es nuestro”. Lo que debe perseguir la literatura es “el espíritu de la época” y lo que ha describir es “la frondosidad del alma de todos nosotros”.

 

“La literatura conlleva una rectificación del mundo”.

 

Estoy muy de acuerdo con Zúñiga, a este respecto, en que, “por descontado, no es un buen método conocer un país a través de libros de ficción”. Ni el pasado, ni casi nada. Aunque ayude.


Especial interés, no en vano Zúñiga es uno de los grandes literatos que han escrito fascinantes páginas con la Guerra Civil como ámbito temporal casi protagonista, tienen las páginas que se dedican aquí a aquel conflicto pleno de horror (cuya mejor manera de entenderlo y saber de él es leer a los historiadores, como él mismo defiende explícitamente).

 

“Terribles años los que viví en Bravo Murillo, desde el otoño del 35, en que nos mudamos, hasta 1947. Allí pasé los tres años de guerra, más de uno encerrado en el piso sin poder salir por no tener documentación. […] Pasó el tiempo que duró el cerco de Madrid como si bruscamente la vida fuera algo ajeno, inesperado y hostil. Sobrevenían los conflictos inherentes a una guerra: la destrucción de viviendas, la falta de alimentos, los peligros por bombardeos y por la persecución política. […]

Todo cuanto en aquellos tres años de la guerra civil oí, vi con mis ojos y me contaron, pasó al gran almacén de la memoria y allí quedó en sus líneas fundamentales. Pero la maravillosa retentiva de los tejidos cerebrales guardó detalles insignificantes que de pronto se presentaban en la conciencia. Los impactos dolorosos en los sentimientos de un adolescente se fueron cerrando con el tiempo, su enjuiciamiento se hizo más sereno, ecuánime y pudieron asumirse como experiencias propias de la existencia.

Debieron transcurrir veinte o veinticinco años para que se presentasen como tema y materia literaria. Me interesaron aquellas circunstancias, haber sufrido el impulso de salvación y el perdurable amor. En la ciudad caótica imaginé relatos con su carga patética y así me entregué a esa tarea de resucitar historias a la par que invenciones, obviamente dedicadas a los habitantes de la capital sitiada. Constituyeron los tres volúmenes que forman La trilogía de la guerra civil con los títulos Largo noviembre de Madrid, La tierra será un paraíso y Capital de la gloria, que aparecieron en 1980, 1983 y 2003”.

 

Todo cuanto él vio, escuchó y sospechó en aquellos años de la guerra, aquella desgracia, quiso convertirlo “en amenidad, en habilidad literaria que a la par fuera verdad”, pues había comprendido “que habría de comenzar a sacar del olvido el oprobio y la dignidad”. Y, aunque él no había sufrido excesivamente los rigores bélicos, pese a habitar una ciudad brutalmente sitiada, se sintió obligado por el sufrimiento ajeno para transformarlo en literatura.

 

“Toda revelación literaria requiere que lo real se transfigure, y al cabo de veinte años yo pude escribir sobre la guerra. Y sin ninguna prisa, fui reuniendo los cuentos que llegaron a componer La trilogía de la guerra civil (escritos en la década de 1970)”.

 

No olvidemos que “la literatura conlleva una rectificación del mundo”.

Estremece de alguna manera leer a Zúñiga aquello de que, durante la igualmente horrenda posguerra… “Yo vivía en una ciudad provinciana, rota, pobre, empobrecida, vacía, seca, polvorienta”. Una ciudad habitada “por gente acobardada”, con “más ilusos que creadores”, en la que “sólo los que podían olvidar la fraternidad vencían”. Todo ello “en un escenario de hierro”. Unos tiempos en los que “nadie sonreía”, llenos de personas frustradas económicamente, con su “sociedad opresiva” y con sus “míseras rutinas”.

Gran escritor de cuentos, eso que algunos pretenden ensalzar llamándolos relatos, pero que Zúñiga llama así, cuentos, hace una defensa del cuento como categoría literaria explicando que “su longitud reproduce las secuencias y los episodios de que se compone la vida humana, que cortan en infinidad de fracciones la larga línea vital. El cuento, como el poema, expresa el brote de una tensión imaginativa, idéntico al arrebato de las pasiones. Y quizá de este desarrollo corto se origina la explosión que ha tenido en nuestra época el microrrelato”.


Despido estas reflexiones sobre estas breves memorias con la maravillosa reflexión de Juan Eduardo Zúñiga sobre los libros:

 

“Objetos mágicos los libros, fetiches para la incertidumbre en su sencillez física y en sus gigantescos posibles efectos: exaltan, entristecen, embriagan; todo ello en la sutil área de las ideas, de la mente. Y a la vez, alimento no perecedero, que permite múltiples digestiones”.

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