Roma empezó a tomar conocimiento de la diversidad cultural de la península ibérica a partir, al menos, del 195 a. C., en que la llegada del cónsul Marco Porcio Catón con un ejército de 50.000 hombres y la fundación, el año anterior, de las provincias Vlterior y Citerior pusieron a la administración romana en condiciones de, vencido el rival cartaginés en la segunda Guerra Púnica, extender su dominio en el solar ibérico.
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| Foro de la ciudad romana y vascónica de Santa Criz de Eslava. |
Para Roma, la península ibérica constituía una suerte de far-west, de “lejano oeste” en el que al margen de los pueblos que sí habían tenido contacto con las poblaciones mediterráneas fenicia y griega, habitaban pueblos mayoritariamente indoeuropeos, casi desconocidos. Caracterizar la lengua, costumbres y rasgos determinantes de esos grupos fue una obsesión de los geógrafos e historiadores romanos por lo exótico de aquéllos. Esos escritores se esforzaron por transmitir la imagen de una península ibérica con regiones en manos de diversas tribus y etnias sin que, a ciencia cierta, sepamos el sentido de pertenencia y de identidad que aquéllas tenían de sí mismas.
Uno de esos pueblos,
individualizados por el geógrafo griego Estrabón pero, también, por el naturalista
Plinio el Viejo y por el historiador Tito Livio, entre otros
autores que se refirieron a ellos en los tiempos antiguos, fue el de los vascones.
Por el nombre que Roma les dio –cuyo origen se ignora– y la continuidad de éste
en los términos vasco y vascuence, los vascones han sido una de
las etnias antiguas que han generado más controversia en la investigación sobre
la Antigüedad peninsular. Y no sólo en la investigación. En parte también
porque el nacionalismo, aprovechando y manipulando un excluyente pasaje
de Estrabón en el que este geógrafo habla de los vascones y de los cántabros
como pueblos “montañeses” ubicados en el septentrión hispano, imaginó a unos
vascones tan levantiscos como los cántabros y que, como éstos, habrían plantado
cara a la romanización hasta bien entrado el siglo I a. C.
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| El Valle del Ebro en la Antigüedad, por Javier Larequi. |
Pero, una cosa son los mitos
políticos esencialistas y otra cosa bien distinta la investigación histórica.
Si hacemos caso a la verdadera piedra de toque de nuestro conocimiento de los
tiempos antiguos, la información de los autores griegos y romanos, los vascones
–de los que nada se dice en esos textos respecto de enfrentamiento alguno con
Roma– eran un pueblo que contaban con un ager
–un “territorio”– en las cercanías del Ebro, no lejos de la ciudad de Calagurris, la actual Calahorra, en La
Rioja; con un saltus, acaso un
distrito minero, no lejos de Oiasso,
hoy Irún; con –según Estrabón– una ciudad llamada Pompelo –“como si dijésemos, la ciudad de Pompeyo”, fundada por este
general romano, añade el autor griego– que sería la actual Pamplona (Navarra) y
una presencia también –que recoge Plinio– en el entorno pirenaico.
Más adelante, historiadores como Suetonio
o como la colección de biografías de emperadores conocida como Historia Augusta añadirían a la
caracterización de estos vascones, datos alusivos a su capacidad militar –probada
por la existencia entre los siglos I y II d. C. de una unidad de infantería
compuesta por vascones, la cohors
Vasconum– o a su devoción por las artes adivinatorias y mágicas.
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| Mano de Irulegi con inscripción en signario ibérico y lengua vascónica. |
Ptolomeo, en el segundo siglo de nuestra era, desde Alejandría, atribuiría a estos –seguramente sin demasiado rigor– una amplia nómina de ciudades comprendidas entre el Cantábrico –con Oiasso– y la comarca de Zaragoza –con Alaun (Alagón)–, y entre Iacca –la actual Jaca (Huesca)– y Calagurris, la actual Calahorra (La Rioja). Entre esas ciudades, varias –como Tarraca, acaso Los Bañales de Uncastillo (Zaragoza) y Segia, Ejea de los Caballeros– en el territorio de las Cinco Villas de Aragón, en la provincia de Zaragoza. Es en él precisamente en el que, junto con los espacios inmediatamente orientales a la Cuenca de Pamplona –de donde proceden evidencias epigráficas en la llamada lengua vascónica, como la mano de Irulegi o algunos antropónimos y teónimos atestiguados en las localidades navarras de Lerga o de Ujué, en el área de influencia de la monumental ciudad de Santa Criz de Eslava (Navarra)– se concentran, además, evidencias de nombres de lugar y de persona que remiten a un sustrato lingüístico vasco, vasco-aquitano deberíamos decir una vez que esas evidencias son escasas en esas regiones pero mucho más abundantes al norte del Pirineo, en el solar de los (también llamados por Roma, en concreto por César) galos aquitanos.
Sin embargo, en otras zonas donde
los textos dicen que habitaron vascones, como en el entorno de Calagurris o de Cascantum (Cascante, Navarra) lo predominante son las evidencias
en lengua celtibérica, muestra clara de que, acaso, lo que individualizó a
los vascones a los ojos de los observadores romanos no fue la unidad
lingüística o cultural sino la diversidad poblacional de su territorio, con
mezcla de poblaciones hablantes de esa “lengua vascónica” –que no vasco, aunque
se emparente con él– y hablantes de la mayoritaria en su entorno –y,
seguramente, propia también de la elite vascona, a juzgar por su presencia en
las monedas que algunas de las cecas de la zona acuñaron–, la celtibérica. Y en
zonas donde hoy se habla vasco –como en la actual comunidad autónoma de Euskadi–
el sustrato lingüístico más antiguo no tiene traza alguna de vasconicidad,
siendo, más bien, un territorio lingüísticamente céltico, como lo era,
excepción de hecha del centro del Valle, de carácter ibérico, el resto de la
cuenca media del Ebro, verdadera encrucijada cultural de la Hispania
prerromana.
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| Barskunes, una de las cecas monetales que operaron en territorio vascón. |
Al margen de tópicos, de presentismos y de intereses políticos, de identificaciones imposibles entre vascones, vascos y euskaldunes, lo que sabemos de los vascones es lo que es –y no otra cosa– por más que la ignorancia de algunos se empeñe en lo contrario. Sólo una sostenida investigación arqueológica y un mejor escrutinio de las fuentes antiguas contribuirá a desvelar más datos sobre esta apasionante etnia de la Antigüedad peninsular.
[Javier Andreu Pintado (Pamplona, 1973) es catedrático de Historia Antigua en la Universidad de Navarra y director, en la Facultad de Filosofía y Letras de dicha Universidad, del Diploma en Arqueología. Dirige dos importantes excavaciones en el territorio que las fuentes antiguas atribuyen a los vascones, Los Bañales de Uncastillo (Zaragoza) y Santa Criz de Eslava (Navarra). Es autor de un largo centenar de trabajos de investigación, varios de ellos dedicados a los vascones antiguos, sobre los que escribe a menudo en su blog sobre Antigüedad Oppida Imperii Romani]




Me fascina todo lo que concierne a ese pueblo, cómo ha conservado su identidad y no se ha asimilado al entorno.
ResponderEliminarFantástico trabajo
ResponderEliminarJavier Andreu Pintado es una eminencia en estos asuntos.
EliminarPodría comentar algo sobre las estelas con antroponimia vasco-aquitana de las tierras altas de Soria y sobre el trabajo de Eduardo Alfaro Peña.
EliminarGracias de antemano y un saludo